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LA ALIANZA DE CIVILIZACIONES: CENSURA Y REEDUCACIÓN

La reforma identitaria de Europa

Nuestro ministro de Exteriores (dejo lo de "Relaciones" para mejor oportunidad) se ha superado a sí mismo y, como en una suerte de homenaje póstumo a su amigo Arafat, ha propuesto un congreso mundial de medios de comunicación para "analizar la crisis provocada por la publicación de las viñetas de Mahoma", según El Mundo, que, como todos los demás periódicos, se expresa como si Mahoma fuese el autor de los dibujos.

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Naturalmente, la iniciativa de Moratinos se inscribe en el marco de la alianza de civilizaciones, es decir, en la política general de Eurabia, que acaba de conceder 120 millones de euros a la Autoridad Nacional Palestina sin que ésta haya dicho nada de abandonar el terrorismo ni haya reconocido el derecho de Israel a existir, y cuenta con la bendición del padre de Kojo Annan.
 
La nota de El Mundo, firmada por Antonio Rodríguez y de responsabilidad compartida con Europa Press, dice a propósito de lo sucedido en el mundo musulmán tras la publicación de las viñetas, "que muchos fieles de esta religión consideraron insultantes", que "se han producido movilizaciones en países que van desde Indonesia hasta Marruecos", y que, "pese al carácter pacífico de la mayoría de ellas, los brotes de violencia se han saldado con decenas de muertos".
 
Las movilizaciones se han producido, subrayo, como si no hubiesen nacido de una decisión de los gobiernos de los países de la Conferencia Islámica, reunidos en diciembre pasado en La Meca, según el New York Times del 9 de febrero de 2006. La misma Conferencia Islámica cuyo secretario general, Ekmeledin Ihsanoglu, puso su firma al pie del comunicado final del Grupo de Alto Nivel de la Alianza de Civilizaciones, reunido en Qatar, junto al de la Liga Árabe, el de la ONU, el ministro turco de Asuntos Exteriores y, cómo no, el inefable Moratinos, vicario del presidente de la sonrisa en el encuentro.
 
¿Y a qué se han orientado la reunión y el comunicado, a los que Kofi Annan legitima y universaliza, pero que son el producto de un acuerdo, como muestran las firmas, entre dirigentes de países musulmanes y uno de sus colaboradores predilectos en nuestra parte del mundo? Pues, lisa y llanamente, a la censura. Un broche de oro para la desgraciada semana que se inició con la evocación del abuelo del presidente ante la madre de Irene Villa, continuó con la declaración de españolidad de Pérez Carod y se cerró en territorio español con la falsa cuenta de ciento diez mil asistentes a la manifestación de la AVT: un auténtico catálogo de desvergüenzas en el que sólo faltaba el apartado de internacional, que ahora ya está.
 
Nadie pronunció la palabra censura, desde luego. Annan padre puntualizó que el derecho a la libertad de expresión no debe ser utilizado para "degradar, humillar o insultar". "Por el contrario, deberíamos ejercer entre todos una gran sensibilidad cuando estamos tratando con símbolos y tradiciones que son sagrados para otras personas" (¿Será realmente la sensibilidad algo que se ejerce?). Y después da vuelta a la tortilla y traslada la responsabilidad de la violencia a Europa, sin ambages: "Sin entrar en que (sic) la persona que publicó las caricaturas lo hizo o no deliberadamente para provocar, no hay duda de que algunas de las violentas reacciones las han animado grupos extremistas del seno de las sociedades europeas, en cuya agenda está demonizar a los musulmanes o, incluso, expulsarlos". O sea, que la violencia no se planificó en La Meca en diciembre, sino aquí, en Europa, con el propósito de demonizar o expulsar a los musulmanes, como si por su demonización no hubiesen hecho bastante ellos mismos en Nueva York, Madrid, Londres, Buenos Aires, Taba y otros lugares de ocio y lujuria. Poco le faltó para decir que todo se había montado en casa de Theo Van Gogh o de Pym Fortuyn.
 
Pero, con ser notable lo dicho por el secretario de la ONU, fue estrepitosamente superado por la intervención de Moratinos. No fueron los señores la Liga Árabe ni los de la Conferencia Islámica los que hicieron el gasto verbal, porque, como en la reunión todos eran iguales pero algunos eran más iguales que otros, los discursos principales quedaron a cargo de los aliados y promotores de la alianza, Annan y Moratinos, éste por delegación del genial inventor de la fórmula, quien a su vez tiene una deuda intelectual impagable con el ex presidente iraní Jatamí, creador del "diálogo de civilizaciones", sentado en la ceremonia de Doha precisamente a la diestra del dizque diplomático español. Jatamí lo enunció, Zapatero lo perfeccionó y ahora disfrutan todos del éxito obtenido.
 
Celestino Corbacho.Moratinos se lanzó a la arena con una proposición que, según cómo se la mire, podría calificarse de deshonesta: la de un Código de Conducta, así, con mayúsculas, para la redacción de libros de texto y la creación de un "módulo educacional inspirado en los principios de la Alianza" de civilizaciones. Primera cuestión, pues: una vez suprimidos de los programas escolares el griego, el latín, la religión católica y, según cuándo y dónde, el español y la historia de toda la vida, ahora vamos a incorporar un poco de islam, ya no como cosa de los escolares de ese origen sino como cosa de todos; como si no bastara con financiar de nuestro bolsillo la enseñanza islámica para los hijos de musulmanes, ahora hemos de financiar la formación islámica de nuestros propios hijos. Lo que el ilustre Celestino Corbacho, presidente de la Diputación de Barcelona, ha llamado sin cargos de conciencia "reforma identitaria". Vía inmersión lingüística multicultural.
 
El ministro pretende, además, promover la iniciativa del Gobierno de España para la creación de unas becas, las "erasmus de la Alianza", que fomenten el "intercambio masivo" de estudiantes de diferentes países y religiones, así como la creación de una Organización de Solidaridad Juvenil. Mientras Erasmo se revuelve en la tumba ante la tropelía que se va a cometer en su nombre, definamos la segunda cuestión: a los inmigrantes en general, de acuerdo con la pesadilla de Moratinos, hemos de agregar, a nuestro coste, la manutención de una masiva inmigración estudiantil musulmana, que no volverá a sus países, sino que conformará en menos de veinte años una casta profesional bien instalada y, por tanto, influyente y decisiva en la organización de su comunidad, mientras unos pocos estudiantes occidentales varones pasan un tiempo en la marginalidad de unas universidades confesionales de tercer nivel, también a nuestro coste, y regresan a una Europa en proceso de transformación acelerada, hablando árabe; a la vez, todo ese movimiento es controlado por una organización juvenil de estilo soviético en la que, como es lógico, dominan los oprimidos de la tierra. ¿Recuerdan ustedes la Asociación Nacional de Amigos del Pueblo Palestino de Fernando Huarte?
 
Pero el proyecto censor para la prensa y la educación no es lo único que ocupa a nuestro ministro. También le inquieta la inmigración, y por eso "subrayó la importancia de elaborar un código de buenas prácticas para la integración de la comunidades occidentales y musulmanas en los países en que son minoría". Tengo noticias de varios países en los que hay minorías cristianas que no lo pasan del todo bien, pero no sé de ninguno que tenga minoría occidental, como no sea de elite. Y me llama la atención que el ministro, o el colega de El Mundo, que a él corresponde el entrecomillado, hable de occidentales y musulmanes, aceptando que no hay otro conflicto que ése. Por una vez se dice una verdad, aunque se la oriente en el sentido de la tercera cuestión: las buenas prácticas ya existen, no hay duda de que los musulmanes (y las musulmanas) son mejor recibidos en Europa que los europeos (y no digamos las europeas) en los países islámicos, y lo único que puede pretender Moratinos con su código es poner por escrito el deber de poner la otra mejilla para una sola de las partes, porque si no la otra parte se ofende y empieza a asaltar embajadas.
 
Lo curioso es que ni a ellos, los Moratinos del mundo, en el islam o a su servicio, ni a nosotros, los que nos dolemos de esta situación, de este cínico palabrerío con el que se aspira a disimular una invasión en toda regla, de hecho la más numerosa y la mejor organizada de la historia, se nos ocurra mencionar siquiera la posibilidad de sentirnos ofendidos. Y lo estamos.
 
 
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