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CANDIDATA A LOS OSCAR

Los lunes al sol, en tinieblas

Nuestro país estará representado en Hollywood por una película que es una exaltación de la mentira histórica, de los tópicos más manidos del pensamiento único izquierdista y de esa “cultura de la subvención”.

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Después de conseguir la Concha de Oro en el festival de San Sebastián y las mejores críticas, Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa, ha sido nominada como candidata española a los Oscar. Nuestro país estará por tanto representado por una película que es una exaltación de la mentira histórica, de los tópicos más manidos del pensamiento único izquierdista y de esa “cultura de la subvención” tan arraigada en Galicia como nos recordaba hace poco Cristina Losada a propósito del desastre del Prestige. Para quien no la haya visto, la película narra, casi a modo de documental, la vida de un grupo de “camaradas” en paro como consecuencia de la reconversión de la industria naval de los años ochenta y sitúa la historia en Vigo y, parte de ella, en el ferry que cruza la ría y que termina, como la vida de los protagonistas, a la deriva. Pero al margen de la historia y de los personajes, bien contada la primera y mejor interpretados los segundos, la película pretende ser una tesis sobre el paro y sobre el maligno sistema que lo provoca, lo que la convierte en una patraña porque no tiene más remedio que falsificar los hechos y los razonamientos para sostener el argumento.

Así, la reconversión de una economía industrial escasamente competitiva a otra con mayor peso del sector servicios, condición necesaria para el desarrollo de los países avanzados y, especialmente, de los más atrasados al aprovechar sus ventajas comparativas en costes, se presenta en la película como la fuente de todos los males. No se hace, por supuesto, la más mínima referencia a que este proceso genera empleo a más largo plazo en los países que desmantelan su industria y riqueza en los que la reciben, y se presenta por el contrario como el origen de los dramas individuales y colectivos: infidelidades, alcoholismo, suicidio y soledad, y todo ello en un contexto de miseria que podría ser creíble en un país tercermundista pero que resulta inconcebible en el nuestro y en los años ochenta. La trama presenta a unos parados casi indigentes, cuando en realidad la reconversión de la industria naval se llevó a cabo con condiciones laborales especialmente generosas en indemnizaciones, prestaciones por desempleo y jubilaciones anticipadas, como estableció la normativa aprobada (Real Decreto 1271/1984) por el Gobierno socialista de entonces y pactada con los sindicatos.

No quedan en mejor lugar los “argumentos” supuestamente progresistas que el protagonista (Santa-Javier Bardem) utiliza para criticar las razones que le han llevado a él y a sus compañeros a esta terrible situación. Los guionistas, haciendo un alarde de ignorancia en teoría económica, no sólo desconocen que el mercado premia a quien mejor satisface las necesidades, a la industria naval coreana en este caso, sino que echan mano de la siniestra especulación para explicar la reconversión y, de paso, la intrínseca maldad del capitalismo. Muy al contrario, la especulación beneficia a todos porque, como señalaron Cantillon, Bastiat o Hayek, suaviza las fluctuaciones bruscas de los precios y estabiliza el sistema. Mises aseguró incluso que la especulación en busca del lucro es la fuerza que mueve al mercado y la que impulsa la producción.

Lo que más parece gustar a los “progres” es, sin embargo, la cruzada antisistema que el héroe-Bardem protagoniza contra el trabajo alienante. Critica primero a los compañeros del sindicato domesticado que traicionaron a la clase obrera firmando el convenio que dio pie a la reconversión, se enfrenta luego a un camarada que ha caído en la vergüenza de aceptar un trabajo tan denigrante como el de vigilante jurado y censura al que se integra en el sistema poniendo un bar con el dinero de la indemnización. Sólo él se mantiene puro y rebelde porque vive a costa de los demás, es decir, sableando a sus compañeros y al Estado benefactor. Y para cerrar esta visión tan progresista, la película presenta como ridículo y patético al personaje que no se conforma con esta situación y, a pesar de su edad, se empeña en aprender informática y encontrar un empleo.

A la vista de esta aberración que nos va a representar en los Oscar, no es extraño que el último secretario general de empleo del gobierno socialista publicara en El País un entusiasta artículo sobre la película. No podía ser de otra manera, basta recordar que consiguieron que casi cuatro millones de personas tomaran el sol no sólo los lunes, sino toda la semana.
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