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ADELANTO EDITORIAL

Los nacionalismos y el caso español: lo cultural y lo natural

Libertad Digital prosigue con esta segunda entrega la publicación de un adelanto editorial del nuevo libro que prepara Pío Moa. Su título es Los nacionalismos catalán y vasco en la historia de España, y aparecerá en Ediciones Encuentro, la misma casa que publicó su trilogía sobre la segunda república y los orígenes de la guerra civil española.

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Durante las campañas del Gran Capitán en Italia, a principios del siglo XVI, un tal “Guerri”, probablemente Aguirre, militar al servicio de Francia, desafió a aquel con esta jactancia: “Acuérdese de que todos somos españoles, y que no la ha [la batalla] con franceses, sino con español, y no castellano, sino vizcaíno”. Años más tarde, en su célebre carta a Felipe II, el tirano Lope de Aguirre anuncia su decisión de “desnaturarse de nuestras tierras, que es España”. Estos ejemplos, entre tantos como pudieran ponerse, indican que, durante siglos, los vascos peninsulares se identificaban como españoles, a veces como castellanos o cántabros. Incluso como los españoles más auténticos, al no haber sido, presuntamente, colonizados por Roma. Algo así cabe decir de los catalanes.
 
En el siglo XIX, por influjo del romanticismo alemán, surgieron en España corrientes regionalistas, pero no antiespañolas, por lo común, y vistas con simpatía o sin antipatía en el conjunto del país (1). Se aceptaba como cosa natural la comunidad de nación, y el castellano como idioma común. La importancia del castellano se debía a obvias razones geográficas (su posición central), demográficas (el idioma más hablado, con mucho, aun sin contar América y otros puntos del planeta), culturales (por su prestigio desde finales del siglo XV, cuando España se convirtió en una potencia cultural, si bien decaída desde el siglo XVII), y políticas (idioma de la Corte). Era también el idioma más cultivado literariamente en todas las regiones desde siglos atrás. En el XIX, los políticos e intelectuales de esas regiones, de Zumalacárregui a Prim, de Balmes a Unamuno, al igual que el pueblo llano, habrían mostrado extrañeza o irritación si alguien les negase su carácter de españoles. El regionalista catalán Joan Maragall dedicó una sentida “Oda a Espanya” inspirada por el “desastre” del 98 (aunque termina con un ambiguo “Adeu Espanya”), y el bardo vasco Iparraguirre, vuelto de un destierro, compuso en vascuence unos célebres versos: “Ahí están los campos y montes queridos, los bellos caseríos, fuentes y ríos. Estoy en Hendaya con los ojos bien abiertos: ahí está España, no hay en Europa mejor tierra”.
 
La composición de Iparraguirre tiene interés, en primer lugar, porque el poeta se sentía muy vasco —compuso el himno Gernikako Arbola, convertido en pieza tradicional—, pero no encontraba ese sentimiento contradictorio con el español. Vale la pena constatar cómo sus versos están escritos desde la frontera francesa, tierra vasca también, pero con la que él no se sentía tan identificado. Si le preguntaran, diría probablemente que su nación era España y su región la vasca. El propio Sabino Arana, fundador del separatismo vasco, cuenta las dificultades de un seguidor suyo para convencer de su idea a un aristócrata inglés, conocedor de Guipúzcoa, donde la gente le decía que estaba en España y que ellos eran españoles.
 
Este sentimiento corriente ha ido cambiando desde hace unos cien años, hasta el punto de que un sector importante de catalanes y vascos, entre una sexta y una cuarta parte, según encuestas, encuentran hoy oposición entre ser españoles y ser vascos o catalanes (2). Ello ha generado un conflicto persistente a lo largo del siglo XX y que es ahora mismo el de mayor gravedad para el futuro del país. Lo cual nos conduce a la cuestión básica de qué puede entenderse por nación y por nacionalismo, y nos ofrece de paso algunas claves para interpretar esos conceptos.
 
Las naciones y los nacionalismos tienen peso primordial en la historia, pero su evidencia, como ocurre con otras como la propia naturaleza humana, no ha impedido interminables discusiones sobre su definición. El enfoque del problema ha dado un giro desde hace 30 años, como resume Álvarez Junco en Mater Dolorosa. Antes pasaba la nación por un hecho “natural”, objetivo, constituido por rasgos como el idioma, el territorio, tradiciones, creencias, etc. del cual derivaba una subjetiva voluntad de autogobierno: el nacionalismo sería la consecuencia política de la nación. Pero el caso de los vascos y catalanes indica que no tiene por qué ser así, pues esos nacionalismos surgen en tiempos muy recientes, mientras que datan de muy atrás las particularidades en que se apoyan o dicen apoyarse. A partir de hechos como éstos, hoy muchos tratadistas invierten la relación: es el elemento político subjetivo, el nacionalismo, el creador de la nación, la cual se convierte también en subjetiva. Diversas elites, utilizando la propaganda, la enseñanza o la acción política, inventarían los elementos “nacionales”: creencias sobre el pasado, tradiciones, costumbres, etc.
 
En alguna medida ese enfoque venía prefigurado en el marxismo, para el cual los nacionalismos obedecían a necesidades de las burguesías de asegurarse unos mercados, y constituían una ideología en el mismo sentido que pudiera serlo la religión: una seudo explicación del mundo movida subterráneamente por intereses económicos. El historiador marxista británico Hobsbawm considera las naciones puros inventos de las clases explotadoras para compensar y desviar el malestar de las clases populares. Esta visión, con matices diversos, ha cundido mucho en ámbitos intelectuales no marxistas, aunque ya casi nadie contraponga al nacionalismo el “internacionalismo proletario” (3).
 
Sin embargo la explicación no es convincente. Se hace difícil creer, por ejemplo, que el dominio de la enseñanza y de la propaganda estatal desde Londres lograra convencer a los escoceses de ser ingleses, o, por poner un caso menos especulativo, esa teoría no explica el brusco resurgir de los nacionalismos en la Europa del este, tras varias generaciones de férreo adoctrinamiento en el “internacionalismo proletario”. Podríamos ver a Cataluña y Vasconia como una pura invención de ciertos burgueses de finales del siglo XIX, destinada a crear un sentir popular favorable a sus intereses, y ya veremos que en parte así fue; pero difícilmente habrían tenido éxito esos burgueses si no se apoyaran en realidades históricas y sociales preexistentes.
 
Desde un punto de vista presuntamente racional, han sido fuertemente criticados los sentimientos de identidad comunitaria, de los que el nacionalismo sería una forma peculiar. Esos sentimiento suelen ser, además, muy intensos, de los pocos capaces de arrastrar a los hombres, en ciertos momentos, a dar la vida o a quitarla a otros. Pues bien, pese a tal intensidad, se trataría de ilusiones arbitrarias, autoengaños guiados, en última instancia, por el ansia de “ser” más de lo que realmente se es: “Al ser humano le resulta difícil resistir la tentación de anclar su pobre y finita vida en una identidad que la trascienda”, señala Álvarez Junco, para citar de Gregory Jordanis cómo el nacionalismo permite a los individuos “olvidar su contingencia, olvidar que son parte del flujo de la historia, que su vida personal es sólo una entre muchas, y ciertamente no la más grandiosa, y que su cultura, la más intrínseca experiencia de sí mismos como seres sociales, no es natural, sino inventada” (17).
 
Expresiones confusas y menos racionales de lo supuesto. Anclar la “pobre y finita vida” en una trascendencia es quizá una tentación, pero también una evidencia primaria. La vida de cada individuo trasciende largamente en el pasado por la serie interminable de sus ancestros, y en el futuro por la de su descendencia, tanto biológica como culturalmente. Nadie nace por propia elección, ni decide sobre el tiempo o lugar de su vida, la cual será para siempre inseparable de esos datos. El individuo absorbe desde la cuna un bagaje cultural variadísimo —lengua, utensilios, creencias, costumbres, arte, actitudes…— tan esencial como la misma leche materna para su supervivencia. Esa cultura, creada alegre o penosamente a lo largo de generaciones, no le debe nada cuando es niño, y le deberá muy poco cuando crezca; él, en cambio, le debe casi todo. No son difíciles de entender racionalmente los profundos afectos que, de modo más o menos consciente y elaborado, suscita el entorno sociocultural en las personas: el entorno que Iparraguirre proyecta poéticamente en el paisaje.
 
Si evitamos el error de considerar la vida individual como un todo aislado y autosuficiente, salta a la vista la racionalidad del “sentimiento patriótico”. Los elementos culturales, tanto como los naturales, conforman el medio de la vida humana. Suele decirse que ellos nos condicionan o moldean, como si se tratase de algo externo, pero en realidad forman parte constitucional, íntima, de nuestra vida personal. El individuo puede renegar de su cultura —y también de su propia vida— pues sus efectos son a menudo contradictorios y dolorosos, pero más comúnmente se identificará con ella, con su “patria”, como se identifica con sus padres, que le trascienden en el pasado, y con sus hijos, que lo hacen en el futuro, y en quienes siente una básica continuidad histórica, cultural y biológica cuya perduración normalmente desea, y cuya posible ruina percibe como un trauma, a menudo como un trauma insufrible.
 
Así, en general nos sentiremos más identificados con los afines por lengua, creencias, costumbres, etc., y valoraremos éstas sobre las ajenas. Y aunque ese sentimiento, como todos, puede volverse enfermizo, cursi, arrogante o criminal, tacharlo de “irracional” es tan absurdo como exigir a un niño que ame igualmente a su madre y a las de sus amigos, invocando la “razón” de que todas, “objetivamente”, son madres.
 
Por otra parte, ¿qué debe entenderse por “inventada” como opuesta a “natural”? ¿Quizá que la cultura inspiradora del sentimiento nacional es arbitraria, fundada en la imaginación o la voluntad más o menos caprichosa de algunos personajes? A lo largo del siglo XX ha habido una tendencia a sostener esta oposición en unos términos peculiares. La cultura sería básicamente “invención ideológica”, formas de conducta, organización social y representación del mundo sin base real más allá de los intereses de algunos grupos privilegiados; o bien fantasmagorías nacidas de una necesidad psicológica de autoengaño o de represión de la sexualidad por razones dudosas, etc. Algunos posmodernos llegan a negarle el basamento último en el estómago o en el sexo que les atribuían Marx o Freud, y reducen la cultura, incluida la ciencia, a modas o convenciones aceptadas por la gente o por los medios académicos. Bajo tales convenciones no habría nada, y su valor comparativo dependería de su capacidad adaptativa en clave darwinista, carente de sentido o de finalidad.
 
Pero si tenemos las construcciones del nacionalismo por un “invento” sin más, valdría lo mismo —muy poco— acusarlo de contrario a la libertad que exaltarlo como liberador, llamarlo revolucionario o reaccionario, etc. Y deberíamos calificar también como invento las ideas antinacionalistas: ¿sería más “natural” el internacionalismo proletario, el ideal mundialista o globalista, o el cosmopolitismo, etc., cargados de supuesta lógica o racionalidad, pero muy vulnerables a la misma crítica? Sólo podríamos enjuiciar unas u otras ideas desde el punto de vista de su triunfo o fracaso político en la “lucha por la vida”. Que es como no enjuiciarlas.
 
Por otra parte, considerar la cultura un “invento” no natural suena un poco extraño. Al surgir de, o más bien expresar, la naturaleza humana, la cultura resulta tan natural como el comportamiento instintivo de un mono o el de una pulga, aunque infinitamente más complejo, variado y variable. Esa complejidad nace, probablemente, tanto de la extrema individuación del ser humano como de su esencial socialización. Sin lo primero sería difícil de concebir la inmensa variación cultural, y sin lo segundo, simplemente no existiría la cultura. Dos factores en parte contradictorios, pero necesarios. Esa duplicidad nos deja insatisfechos, pues cierta necesidad psicológica de simplificación nos impulsa a reducir sucesivamente lo complejo hasta un solo factor capaz de explicarlo todo, al menos en origen. Pero, fuera de la idea de Dios, siempre encontramos más de un factor inicial al analizar las complejidades del mundo.
 
La enorme variabilidad de la cultura en el tiempo y en el espacio nos crea la ilusión de que ella es arbitraria o “inventada”. Todas las manifestaciones culturales tendrían el mismo valor, por discrepantes u opuestas que fueran entre sí. En tal caso, el ser humano estaría al margen de la naturaleza, pues sería capaz de sobrevivir fueran cuales fueren sus ideas y conductas, al contrario que los animales, condenados a perecer si su comportamiento instintivo les falla o resulta inadecuado. Esto es claramente imposible, y debemos admitir que bajo las diferencias culturales ha de haber un sentido o una lógica común, y que no todas pueden valer lo mismo. Hay algo misterioso u oscuro en todo ello, pero misterioso u oscuro no equivale a arbitrario.
 
 

(1) Pero asoman,  como en la poetisa  gallega Rosalía de Castro, algunos dejes ocasionales, incitando a Galicia a “no llamarse española, que España de ti se olvida”, de lo que resultaría un tradicional tono lastimero en el nacionalismo gallego De todas maneras llamar nacionalista a Rosalía es exagerar muchísimo. El nacionalismo gallego no ha tenido verdadera importancia política —sí literaria, aunque de tono más bien regionalista—  hasta muy recientemente, por lo que apenas lo abordo en este estudio. 
 
(2) Según una encuesta publicada en El Mundo el 2 de enero de 2004, un 16% de los catalanes y un 25% de los vascos dicen sentirse únicamente catalanes o vascos. Estas encuestas ofrecen un indicio del éxito  nacionalista, aunque sean discutibles su validez científica o la estabilidad del  retrato social que dibujan.
 
(3) Por otra parte, en el marxismo también se encuentra la aceptación de la nación como un hecho “natural” u “objetivo”, definido por diversos rasgos de los que derivarían unos “derechos” políticos, sobre todo el llamado de autodeterminación. Con su habilidad dialéctica, las revoluciones comunistas utilizaron mucho más el sentimiento nacionalista que el “internacionalismo proletario”, invocado éste un tanto retóricamente, y poco movilizador en la práctica.
 
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