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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

No era Irak

Escribía hace poco Gregorio Morán, en su columna habitual en La Vanguardia, sobre los periodistas que habían apoyado la intervención española en Irak (la verdad es que no fueron muchos) y que ahora se manifiestan retrospectivamente en contra. Yo la apoyé entonces y sigo apoyándola ahora, cuando hasta los informativos de televisión más cutres afirman lo que consideran una novedad: que los atentados del 11-M no están relacionados con la guerra de la que Zapatero nos sacó sin que hubiéramos entrado.

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Por los mismos días, José Blanco afirmó que la guerra de Irak no era un tema del pasado, sino "lo más odioso del presente"; "porque sólo hay un partido político en el mundo que siga defendiendo la guerra de Irak: el PP, y sólo una persona que vaya por el mundo alardeando de aquella infamia: José María Aznar".
 
De las muchas virtudes que adornan al secretario del PSOE, la ignorancia es una de las que más brillan. En su cargo, debería saber que no sólo hay más partidos que defienden la guerra de Irak, sino que hasta hay países que continúan en la brecha. En cuanto a las personas, somos al menos dos; podría nombrar a unos cuantos más, pero, tal como están las cosas, eso sería delación.
 
Esta constatación viene de la mano del reconocimiento, y la consecuente asunción como noticia, de otra obviedad: resulta que la prensa acaba de enterarse, con los atentados de Argelia y Marruecos, de que Ben Laden y sus muchachos tienen entre sus objetivos principales la recuperación de Al Ándalus, es decir nosotros, para Dar al Islam, la Casa del Islam, lo que alguna vez estuvo bajo dominio musulmán. Cosa que todo aquel que haya seguido la política internacional sabe desde el momento en que Al Zauahiri bautizó a la suma de organizaciones coordinadas de más de veinte países como Frente Islámico para la Lucha contra los Judíos y los Cruzados y promulgó el manifiesto de rigor; o, al menos, desde setiembre de 2001, cuando toda la información relativa al caso fue reciclada por los medios. Yo mismo he contado esa historia en un libro de 2002.
 
Ahora bien: el hecho de que el 11-M no haya tenido que ver con Irak, ni con la foto de las Azores, tiene consecuencias.
 
Si la finalidad de los atentados de Atocha no era imponer a España la salida de Irak, habrá que buscar otra explicación, más próxima a la pregunta de aquel implicado que, tras varios días de incomunicación, no quiso sino saber si había cambiado el Gobierno. Y si Al Ándalus era una reivindicación de Al Qaeda muy anterior a la llegada al poder del Partido Popular, poca responsabilidad le cabe a éste en la acción terrorista. Claro que a Zapatero y a los suyos les interesa tanto desvincularse por entero del 11-M, aunque les haya llevado a ganar las elecciones, como acusar a Aznar de todos los males de la creación. Y para eso han preparado una nueva ofensiva de cara a las inminentes elecciones municipales y autonómicas, que mucho tienen de plebiscitarias.
 
Han acelerado el funcionamiento perpetuo de la maquinaria del descrédito, el inmenso ventilador con el que a diario esparcen porquería sobre el Partido Popular y, de modo muy especial, sobre la persona pública de José María Aznar. No importa que esté retirado, que no figure en las listas de su partido, que sólo de tanto en tanto opine sobre el devenir político de España: Aznar sigue siendo el enemigo a batir, la única obsesión que, en la cabeza del presidente de la sonrisa, compite con la del legado psicopolítico del capitán Lozano (espléndidamente analizado por Isabel Durán y Carlos Dávila en un libro reciente).
 
La prueba más contundente de esa aceleración ha sido la "declaración institucional" (denominación pomposa para aludir a sus diarias majaderías) de Pepiño Blanco a propósito los atentados de Argelia y Marruecos, que se puede resumir diciendo que José María Aznar es responsable de los actos de la recién bautizada Al Qaeda del Magreb. Argelia y Marruecos han dado la ocasión para algo largamente preparado y dispuesto en varios movimientos.
 
El primero lo hizo el juez amigo de Míster X, Baltasar Garzón, respaldado por el juez filomontonero colocado en La Haya por Néstor Kirchner: la insostenible propuesta de procesar en el Tribunal Internacional a José María Aznar por la declaración de una guerra "ilegítima e ilegal", como no se cansa de repetir el aparato de agit-prop socialista.
 
¿Es necesario recordar al lector que la intervención en Irak no fue una declaración de guerra, sino el segundo capítulo de una guerra declarada contra Sadam Husein por un Occidente unido contra la invasión de Kuwait, en tiempos de Felipe González? ¿Es necesario recordarle que la participación española en la intervención en Irak se limitaba a las tareas de reconstrucción posbélica? ¿Es necesario recordarle que las armas de destrucción masiva existieron, que de ello dieron fe inspectores de las Naciones Unidas y que, posteriormente, otros inspectores de la misma organización marearon la perdiz para dar tiempo a Sadam de librarse de ellas? ¿Es necesario invitarle a reflexionar sobre la necesidad objetiva de entrar en Irak por razones que excedían con mucho a las ADM: la propia dictadura iraquí, el equilibrio de fuerzas en un Oriente Medio minado por Hezbolá? Prometo hacerlo en un artículo próximo.
 
El dictador de Libia, Muamar el Gadafi.Entretanto, permítaseme señalar otras cosas: la justicia extraterritorial que encarna en el Tribunal Penal Internacional es un atentado contra el derecho de asilo. La acción de ese mismo TPI en el caso Milosevic es todo un modelo de falta de transparencia jurídica: se pasó de la emisión televisiva del juicio a un silencio informativo escandaloso, y de ahí a la oscura muerte del acusado en prisión. El TPI sólo puede existir como producto de la existencia de la ONU, donde más de la mitad de los países representados son dictaduras o seudodemocracias, como Venezuela, lo que permite que Libia se convierta en vigilante universal de los Derechos Humanos con idéntica autoridad, por poner un caso, que Suecia.
 
De la ONU ha dependido, y depende, la calificación de las guerras. Y del TPI se quiere hacer depender la legitimidad de los actos de gobierno de España, Portugal, el Reino Unido y los Estados Unidos.
 
Ahí volvemos a Aznar. Ellos, los de la alianza de civilizaciones, consideran adecuado volver a Aznar. Y no parecen dispuestos a cejar en su empeño, aunque un procesamiento de ese tipo acerque más que nunca la posibilidad de un enfrentamiento entre españoles.
 
Lo trágico no es que mientan, que conviertan el cinismo en un ejercicio virtuoso, que hagan oposición a la oposición desde el Gobierno y desde el partido: lo trágico es que estén teniendo éxito. Ya son dos los diputados del PP que se han desmarcado explícitamente de la intervención en Irak. Y hay inquietantes conductas "independientes" en el PP, en un momento en que la unidad férrea es más importante que nunca: desde un artículo publicado en El País por el diputado Joaquín Calomarde ("El Partido Popular necesario", glosado con felicidad por Pepiño Blanco) hasta la postura de Celia Villalobos sobre la creación de nuevos cuerpos y puestos de altos cargos de las Cortes, caso en el que votó de acuerdo con Manuel Marín y en contra de su propio bloque, pasando por el concejal defeccionario de Ermua que se sumó a la postura de Totorica a propósito del nombre del Foro Ermua.
 
¿Cómo no va a surtir efecto la propaganda socialista sobre el ciudadano medio, si está dando frutos entre destacados militantes del PP?
 
No puedo dejar de preguntarme si la postura a este respecto de la dirección del PP, cuyos miembros, sin excepción, formaban parte del Gobierno cuando se decidió ir a Irak, no es demasiado blanda. Si es así, convendría tener en cuenta que los diez millones de votantes de 2004 ratificaron globalmente la gestión de Aznar. Los cambios de actitud de algunos, influidos por la ineludible obra publicitaria de los socialistas, no permiten pensar que ese electorado haya cambiado en lo esencial; y no se ganarán más ciudadanos difuminando la obra de gobierno de 1996-2004. Al contrario: se trata de reivindicarla, en su conjunto.
 
Atocha no se debió a Irak. La pérdida de las elecciones, tampoco. Y Aznar es un patrimonio demasiado valioso como para sacrificarlo por concesiones oportunistas.
 
 
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