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FONDOS CATÓLICOS

Inversiones morales

La mayor parte de la ciencia económica que se enseña en las universidades españolas suele basarse en axiomas ridículos, o cuando menos discutibles, sobre la naturaleza humana. Uno de ellos es la celebre concepción del individuo como mero maximizador del beneficio monetario. La economía neoclásica ha denominado a esta caracterización deformada de la persona homo economicus, esto es, el hombre que sólo se preocupa de la economía en su acepción más reducida y crematística.

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Como ya hemos dicho, el homo economicus se limita a maximizar sus beneficios a partir de unas restricciones vitales que le están dadas. Carece de escapatorias y de alternativas: su decisión está tomada incluso antes de que él mismo lo sepa. El homo economicus no puede renunciar a un mayor beneficio a cambio de otras consideraciones como la moral, la caridad o la empatía; se trata de un usurero egoísta despreocupado por su entorno que tan sólo pretende acrecer su patrimonio.
 
Por supuesto, el ser humano no está sometido al dinero, sino más bien al contrario. El dinero es un instrumento del individuo para satisfacer sus fines, de modo que si sus fines entran en contradicción con la rentabilidad puede perfectamente renunciar a ésta.
 
El ser humano real puede tener objetivos distintos al mero enriquecimiento. La moral, el amor, la amistad o las actividades no monetarias son elementos que forman parte del individuo y que pueden, en su caso, alejarlo del dinero. El individuo puede compartir con su prójimo, puede rechazar proyectos rentables por inmorales, puede olvidarse de sí mismo y dedicar su vida a ayudar a los demás.
 
En puridad, el homo economicus es una superchería insostenible que embrutece el buen nombre de la ciencia económica. La Escuela Austriaca, a diferencia de la disciplina aberrante que controla nuestras universidades, ha sabido rechazar desde un comienzo este supuesto irreal e inconsistente reconociendo en todo momento la diversidad de los fines del individuo.
 
Mises.Para economistas de la talla de Ludwig von Mises, Friedrich Hayek o Murray Rothbard, el ser humano se caracteriza no por la búsqueda del beneficio crematístico, sino por la acción deliberada que se dirige hacia la consecución de los fines personales. Entre éstos tiene cabida tanto la sed por el dinero como la caridad más intensa. Lo que caracteriza al individuo es que actúa, no la maximización del beneficio.
 
La universidad española, sin embargo, arrincona a la Escuela Austriaca, ya sea por mala fe o por profunda ignorancia. Todo ello, a pesar de que su cosmovisión es mucho más rica y realista que la predominante en el circuito académico.
 
Por ejemplo, durante estas últimas semanas asistimos a la creación de un fondo de inversión que se comprometía a respetar en sus operaciones financieras los principios y valores católicos. De este modo, se ofrece a los ahorradores la posibilidad de obtener una rentabilidad a través de empresas que observen el código moral católico; se rechazan de esta manera las compañías armamentísticas o las productoras de instrumentos abortivos.
 
El paradigma del homo economicus es incapaz de explicar la creación de un fondo que conscientemente renuncie a un mayor beneficio a cambio de un recto comportamiento moral. Esto a buen seguro es cierto en el caso de ciertos hipócritas socialistas como Noam Chomsky, que no dudan en invertir en compañías petrolíferas o militares aun cuando diariamente aborrezcan de ellas.
 
Sin embargo, es evidente que muchas personas sí están dispuestas a renunciar a una mayor rentabilidad por mantenerse firmes en sus convicciones morales. Algo que la ciencia económica predominante es incapaz de interiorizar y comprender porque se niega a rechazar y denunciar sus paradigmas fundacionales.
 
Con todo, a pesar de esta estrechez académica, podemos comprobar nuevamente cómo la grandeza del capitalismo y de la libertad de empresa permite ofrecer a los consumidores y pequeños ahorradores –en este caso católicos– innovadores productos que incrementan su bienestar sin necesidad de coaccionar al prójimo.
 
El católico no tiene por qué defender la prohibición de tales compañías, ya que puede decidir libremente no invertir en ellas y hacer proselitismo para que el resto de la gente lo imite; otros sujetos, no obstante, a riesgo de comportarse de forma inmoral, pueden tomar una decisión distinta. Cada cual es libre de perseguir sus fines sin necesidad de reprimir al prójimo.
 
Los católicos tienen la puerta abierta para introducirse en el mundo de la inversión sin problemas de conciencia. Apostando por estos fondos, pueden combinar una rentabilidad económica con la tranquilidad de dirigir su dinero a actividades moralmente correctas.
 
Y es importante que los católicos entiendan la importancia de la inversión y la creación de riqueza. La caridad es un acto de entrega al prójimo que en muchos casos requiere de la asistencia de medios materiales para su éxito efectivo, tal y como nos recuerda Benedicto XVI en la Deus Caritas Est: "Los hambrientos han de ser saciados, los desnudos vestidos, los enfermos atendidos para que se recuperen, los prisioneros visitados, etcétera".
 
Según las circunstancias, la caridad puede requerir de comida, ropa o medicinas para ser eficaz. Por ello, el católico no puede despreocuparse de la riqueza: tiene que promoverla y multiplicarla para que la comida, la ropa o las medicinas sean cada vez más abundantes. Si el católico ha de dar al prójimo, primero deberá poseer; y antes de poseer deberá producir. Sólo se puede dar aquello que se tiene, y sólo se puede tener aquello que existe.
 
A través de la inversión, el ahorrador se enriquece a sí mismo y a la sociedad. Las empresas pueden acometer un mayor número de proyectos con los que servir a los consumidores incrementando la producción y el inversor católico puede obtener una cierta rentabilidad que le permitirá en el futuro multiplicar sus actividades caritativas.
 
El católico no debe rehuir los mercados financieros, tiene que participar en ellos de manera activa pero siempre de acuerdo con sus valores morales; de ahí que estos novedosos fondos de inversión supongan una importante oportunidad para familiarizar a una gran masa de ahorradores con el capitalismo. Mayor producción y mayor riqueza significan unas mayores oportunidades para practicar la caridad.
 
Los fondos de inversión morales sirven para recordarnos una vez más que la ciencia económica universitaria está podrida por la base y que los católicos tienen ante sí un maravilloso instrumento para participar de lleno en los beneficios del capitalismo.
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