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Iván Vélez

Sánchez, por el triunfo de la Confederación

Sépalo o no el architornadizo Sánchez, la célebre “nación de naciones” es un imposible.

Iván Vélez
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Sépalo o no el architornadizo Sánchez, la célebre “nación de naciones” es un imposible.
Pedro Sánchez | Europa Press

Mientras los diputados nacionales electos que se dieron cita este jueves en la Carrera de San Jerónimo para participar en la primera sesión de investidura se replegaban, en el Parlamento catalán una votación tan efectista como carente efectos prácticos sirvió para mostrar el apoyo de las fuerzas sediciosas al presidente autonómico, Joaquim Torra. La farsa, una más de las escenificadas en ese corral de tragicomedias hispanófobas, ofreció la apariencia de una desobediencia a la reciente inhabilitación del más alto representante del Estado en esas tierras, emitida por la Junta Electoral Central. En pleno éxtasis voluntarista, los representantes políticos de las diversas sectas catalanistas reivindicaron, en un inconsciente homenaje al barón de Barón de Münchhausen, el derecho a la autodeterminación y exigieron la amnistía de los presos golpistas, "presos políticos" según la jerigonza lazi.

Todo ello ocurría mientras en Madrid todavía flotaban en el aire las palabras proferidas por Gabriel Rufián, a las que Sánchez respondió con unos dulces susurros en los que agradecía las intolerables exigencias planteadas por quienes pueden garantizarle, con una calculada abstención, su estancia en la Moncloa a cambio de aceptar condiciones intolerables para el presidente de una nación, obligado a negociar de tú a tú con una de sus partes. En efecto, aunque la enumeración de las medidas "sociales" era obligada, el debate tuvo como cuestión central el por Sánchez llamado "contencioso territorial", fórmula con la que se tratan de encubrir momentáneamente las aspiraciones secesionistas de la amplia mayoría de sus apoyos, aquellos que reclaman, no ya el emponzoñamiento de las togas, sino su desaparición, que no otra cosa sino la impunidad es lo que quiere decirse cuando se pide que el "contencioso" se mantenga en la estricta esfera de "la política". Frente a las aspiraciones nacionales, identitarias y sentimentales, todas ellas asumibles e integrables dentro de un Gobierno "progresista", según la clasificación sanchista, se alza la zona en sombra, hábitat de "la derecha", cuya existencia sólo es tolerable si ofrece incondicionalmente su apoyo al madrileño y permanece en una suerte de estado estacionario al que no poco ha contribuido ella misma durante unos años de mandato continuista de las principales directrices del zapaterato. En lo más recóndito de esta zona oscura, en la manida caverna, habita un partido cuyo nombre no se sostiene en los labios de Sánchez, Vox, al que el doctor se refiere como una "ultraderecha" a la que adivina sus verdaderas intenciones: la vuelta a un franquismo todavía agazapado dentro de un colectivo que, movido por extraños resortes, concita cada vez más apoyos electorales.

Autoproclamado parteluz de la política española, el maniqueo Sánchez divide en dos el hemiciclo desde su tribuna y, confiado en los poderes taumatúrgicos de la palabra diálogo, aquella que frotaba a diario su predecesor y mentor, Zapatero, se cree capaz mantener mínimamente embridados a quienes han planteado sin tapujos unas aspiraciones imposibles de alcanzar sin hacer saltar por los aires la soberanía, única por más fórmulas plurinacionales que se balbuceen de la nación española. Sépalo o no el architornadizo Sánchez, la célebre "nación de naciones" es un imposible, razón por la cual lo más parecido a esa estructura sobre la que pretende mantener el control, forzando la legalidad con consultas destinadas a expropiar parte del territorio nacional a la amplia mayoría de los españoles, deberá adoptar un perfil llamado federal que, en el fondo, es confederal. Radica ahí la principal diferencia con Unidas Podemos, mucho más clara, que no menos voluntarista, en sus planteamientos. Mientras el PSOE mantiene la reliquia nominal de un comité federal totalmente desactivado, eco lejano de aquella financiación alemana al Clan de la Tortilla, Unidas Podemos opera en el Congreso con una variedad de rostros con los que trata de hacer visible, añadiendo algún guiño regional, su orden confederal, mucho más acorde con su proyecto. Sin embargo, dentro de la pretendida isocefalia del partido morado destaca la testa de Iglesias, irradiadora, al parecer, de unos poderes de seducción capaces de hacer regresar al redil estatal a aquellas naciones liberadas de su prisión. En consonancia con su confesada fe bolivariana, el vecino de Galapagar, solemne caballo de Troya del secesionismo, se ofrece, en la sede de la soberanía nacional, para asesinar, urnas mediante, a la madrastra España, para luego hacer coincidir a las naciones liberadas en el viejo proyecto alemán: la Europa de las regiones. Este, y no otro, es el inestable proyecto sobre el que pretende sostenerse, sobre un fondo de pluripalmeros, medios mercenarios e intereses europeístas, Pedro Sánchez a partir del día 7, fecha en la que, previsiblemente, al compás de una política cautiva de los intereses particularistas, aumentará la tensión en las calles, pues el poder no sólo se ejerce de un modo descendente.

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