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Refugiados: la consternación de los fariseos

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Portadas de periódicos, aperturas en los informativos de televisión, enviados especiales a Grecia, Macedonia, Hungría o Italia... Europa está siendo el escenario en los últimos meses de una crisis humanitaria sin precedentes. Ninguna organización internacional es capaz de cuantificar con exactitud el número de personas que se están jugando la vida para llegar al paraíso europeo. No se recuerda nada similar desde la Segunda Guerra Mundial.

La consternación es unánime. Nadie con un poco de empatía es capaz de mirar hacia otro lado ante las imágenes de cadáveres flotando en el Mar Mediterráneo, las de decenas de miles de personas agolpadas con sus pocas pertenencias a cuestas en la frontera de Macedonia, los campos de refugiados improvisados en que se están convirtiendo las estaciones de trenes de media Serbia y media Hungría... O el drama de casi un centenar de muertos por asfixia en un camión en mitad de Austria.

Los editoriales, los artículos de opinión y las conversaciones de bar tienen una conclusión casi unánime: hay que hacer algo para ayudar a esta gente, esta situación no puede continuar. Algún análisis profundiza en las causas que han provocado este drama: el régimen de terror que Estado Islámico está provocando en los territorios que están bajo su control en Siria, Irak e, incluso, Libia, una país en descomposición con dos gobiernos enfrentados donde los yihadistas han encontrado un excelente caldo de cultivo para sus aspiraciones expansionistas.

Sin embargo, es en este último punto, en el análisis de las causas de esta crisis humanitaria, donde se frena cualquier tipo de análisis. Hasta ahí es hasta donde llega la consternación de los fariseos. Analizar seriamente cómo se puede poner punto y final a esta crisis humanitaria significa plantearse la necesidad de tomarse en serio de una vez por todas la existencia de Estado Islámico, significa tomarse en serio la necesidad de acabar con el califato de la locura. Y eso tiene unas implicaciones que el ciudadano medio europeo, perfectamente cómodo en el sofá de su casa, no quiere hacer.

Acabar con Estado Islámico de forma efectiva pasa por hacer mucho más de lo que se está haciendo. Destruir el micro-estado yihadista supone dar un paso adelante y superar la actual misión internacional de bombardeos selectivos y de formación del ejército iraquí, que se está demostrando poco eficaz y con la que se podría tardar demasiados años en acabar con el problema. Supondría, casi con toda probabilidad, que la comunidad internacional tuviese que apostar por una invasión terrestre, en la que los países musulmanes que participan en la alianza tendrían que tener un protagonismo especial para evitar que los yihadistas lo pudiesen vender como una nueva cruzada.

Y al ciudadano medio europeo, el mismo que pide ayudar a los refugiados y clama al cielo por la 'injusticia' que supone tener que huir de tu casa para tener un futuro mejor, eso de apoyar una guerra nunca le viene bien. Y no le viene no porque no sea lo suficientemente lejana, sino porque entonces se podría sentir culpable por los muertos que cause cuando los vea por televisión.

O incluso peor, porque entonces la amenaza terrorista en su país aumentaría varios escalones en su percepción (pese a que el nivel de alerta de España está ya en el 4 de los 5 que hay) y entonces es cuando entra el miedo. El miedo a sufrir en tu país una masacre indiscriminada. El miedo a sufrir ataques selectivos como los últimos ocurridos en Francia. El miedo a que la fácil vida europea cambie drásticamente. Y es entonces cuando la solidaridad se acaba y el miedo pone el freno al análisis y a la disposición a hacer algo real para frenar el drama humanitario.

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