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Javier Gómez de Liaño

En la muerte de Eduardo Fungairiño

A Eduardo Fungairiño, maestro del Derecho y un verdadero hombre de ley, la muerte le ha llegado creyendo en la Justicia, a la que dedicó su vida por completo.

Javier Gómez de Liaño
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Javier Gómez de Liaño - En la muerte de Eduardo Fungairiño
Eduardo Fungairiño. | LD

Sí. Eduardo Fungairiño ha muerto. Por eso este obituario que no me será fácil escribir, pues siempre que un gran hombre muere siento un inmenso vacío. Quizá sea porque piense que la muerte se lleva a los mejores para dejarnos vivos a los malos. De todos modos, no aspiro a decir la última palabra sobre él, ni creo que hubiera de conseguirlo por muchas veces que lo intentare.

Si un hombre es el soporte de una biografía, alguien de quien se dice que nació un día, que murió otro y que, entre tanto, hizo cosas, los datos de la vida pública de Eduardo Fungairiño son, aproximadamente, estos:

Eduardo nació en 1946. Para ser más precisos, el 30 de mayo, festividad de san Fernando. En 1972 ingresó en la carrera fiscal, comenzando sus primeros pasos en la Audiencia Provincial de Barcelona, en cuya Fiscalía sirvió hasta 1980, año que fue destinado a la Fiscalía de la Audiencia Nacional. En 1997 ascendió a la categoría de fiscal de Sala y nombrado fiscal jefe de ese tribunal, cargo que ejerció hasta 2006. Desde entonces hasta su jubilación el año pasado, fue fiscal de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo.

A Eduardo Fungairiño, maestro del Derecho y un verdadero hombre de ley, la muerte le ha llegado creyendo en la Justicia, a la que dedicó su vida por completo. Algún día habría que escribir con hermosa letra de cuaderno de caligrafía que en la nómina de sus cualidades destacaba el compromiso de no traicionar jamás los dictados de su conciencia. Para él, como para muchos jueces, fiscales y abogados, lo decente, con la toga puesta, no era triunfar, lo cual no pasa de ser una efímera flor de estufa, sino tratar de hacer justicia con la razón de la ley, que es dura como el diamante. Como quería el prudente Séneca, el hombre más poderoso es aquél que es dueño de sí mismo, o, por el camino contrario, nadie tan esclavo como el que se tiene por libre sin serlo.

Trabajador en constante vena creativa, había elaborado una obra a la que se aplicaba con esfuerzo para mantenerla al día y que rotuló El Paco, un prontuario actualizado de convenios de extradición y otros de cooperación judicial internacional. Siempre atento a todos los aconteceres, curioso de cuanto escuchaba y veía, sagaz en lo que decía, Eduardo Fungairiño parecía un hombre de la Ilustración. Sus conocimientos eran de los que yo llamo "múltiples", y, por ejemplo, ahí estaba el Fungairiño historiador o escritor. De su trabajo como articulista, El Español y Libertad Digital son fieles testigos.

"Me parece que la tragedia me llegó demasiado pronto", me dijo Eduardo en cierta ocasión, abriéndome su corazón. Tenía 19 años, estaba en tercero de Derecho, era un magnífico deportista, destacaba de portero de hockey sobre patines y tenía novia. De pronto, la fatalidad tiraba por la borda ese tesoro y un furioso golpe de mar lo dejó náufrago, tetrapléjico, agarrado a la tabla salvadora de su voluntad. Luego, día a día, minuto a minuto, Eduardo, como diría el poeta, se aferró a la dura tierra y con espíritu luchador fue amasando el dulce y noble barro de su nueva vida.

En este momento de tristeza en el que procuro huir de la estéril adulación, tan ajena a su talante y al mío, hay una faceta en la vida de Eduardo que quiero resaltar. Me refiero al culto que dispensaba a la amistad, ese sentimiento ilustre que muy pocos saben distinguir. Para él, contra lo que suele entenderse, la amistad no era un medio sino un fin. Decía que a la amistad se llega desde la generosidad y sabía que toda amistad interesada destruye su mayor encanto. La amistad es necesaria y hermosa.

Con la muerte de Eduardo Fungairiño, en el mundo del Derecho y la Justicia hay un amigo menos a quien admirar. Quienes conocimos y quisimos a Eduardo lo haremos vivir mientras vivamos, porque los muertos viven en la memoria de los vivos. Vivimos en el espacio, pero morimos en el tiempo. De Eduardo ya hablamos en pretérito, aunque, para mí, siempre perfecto. Si no lo recordáramos como se merece, él estaría más muerto y quienes presumimos de haber sido sus amigos, no lo seríamos tanto ni tampoco justos, lo cual me lleva a pensar que el hombre sólo es inmortal si después de dejar este valle de lágrimas, los suyos, su familia y sus amigos, le recuerdan incesantemente. La vida es, ante todo, recuerdo, nostalgia y tristeza ante la ausencia del ser querido. Tres esencias que se destilan en el alambique del alma.

Sí; Eduardo Fungairiño ha muerto. De brevitae vitae. Es fugitiva la vida. La muerte es el reverso, la cruz de la moneda, el saldo de los gozos y de las amarguras. La muerte es ese pozo sin fondo en el que los hombres nos desbaratamos sin remisión posible. Cierto. También lo es que las cenizas nos emparentan a todos. O sea, que nacemos iguales pero morimos iguales, aunque no lo es menos que no todos los muertos son iguales.

Sí; Eduardo Fungairiño ha muerto. Se ha ido dichoso porque la muerte solamente le ha quitado la vida. La muerte sólo llega con el olvido. Son muchos a quienes tras la muerte de Eduardo Fungairiño el dolor nos baila en el corazón, en la garganta y en la mirada. Descanse en paz Eduardo Fungairiño, el Ironside del Ministerio Fiscal, como le llamaban en Barcelona cuando llegó en su silla de ruedas. También aquellos que en esta hora de su muerte sientan algún que otro remordimiento de conciencia.

Aquí pongo punto y final a esta oración fúnebre por la muerte de Eduardo en la que he tratado de ser tan sincero como objetivo. No obstante, confieso que en tres ocasiones he tenido que dejar de escribir y levantarme. Vosotras, queridas Trini, Pilar y María Dolores, seguro que me entendéis.

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