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Javier Somalo

Madrugada de balcones

Javier Somalo

Después de lo sucedido en las elecciones generales de abril, el resultado que ha salido de las urnas municipales y autonómicas en Madrid era más que necesario. Como decía Héctor Quiroga en las narraciones de baloncesto la noche no fue "apta para cardiacos".

Basta repasar las notificaciones de Libertad Digital para darse cuenta de lo vivido desde que se publicaron las encuestas a pie de urna hasta que los resultados fueron definitivos. Sin duda, un vuelco electoral. Por esa razón, de madrugada fueron razonables las expresiones de júbilo entre los candidatos y líderes políticos. Pero a partir de hoy las celebraciones deben reducirse a lo mínimo aconsejable por la prudencia porque hay demasiadas cosas por hacer y decidir y Madrid es el mejor sitio para empezar.

Hoy es el día en el que cada uno de los partidos que han conseguido sumar para repeler a la izquierda no puede justificar su discurso contra el otro. La relación entre PP, Ciudadanos y Vox ha sido la peor posible y esta victoria tan ajustada no servirá de nada si se obcecan en preservar su minifundio con la escopeta en ristre. De momento, algunos ciudadanos pueden respirar más tranquilos y quitarse la mano de la cartera si se cumplen los programas electorales en materia de impuestos porque es en este asunto, y sobre todo en Madrid, donde suele demostrarse que el centro derecha es mejor gobernante pese a los lamentables –y esperemos que enterrados– episodios de corrupción. Pero suponer que la panacea contra la izquierda radicalizada de Sánchez dependerá de una suma de tres no es realista ni puede sostenerse en el tiempo. Madrid, puerta necesaria para entrar en La Moncloa, se ha salvado por los pelos y es una gran noticia pero construir la verdadera alternativa exigirá, con total seguridad, algún sacrificio.

A bote pronto, pese a la hemorragia de votos, Pablo Casado es el que sale mejor parado; lo peor es que crea que ha sido por la repentina apuesta por diluir su fuerza inicial, la que le convirtió en líder del PP y la que le habría dado muchos más escaños en las generales si hubiera capeado mejor a la competencia por difícil que se lo pusieran, que lo hicieron. Tal y como estaba el PP de Rajoy y con el tiempo que ha tenido para hacerse con el partido, todo estaba –y está de nuevo, si no se equivoca– por conquistar.

Ciudadanos se vio hace muchos años ante la oportunidad de crear un partido con UPyD y creo que ya no está por la labor de repetir la experiencia. El mérito de su irrupción inicial en Cataluña acudiendo a rescatar supervivientes bajo los escombros del PP es indudable. Cubrieron el abandono regional y se lanzaron por el nacional. Por eso, su animadversión hacia Vox habría requerido de un análisis autobiográfico que quizá habría estropeado menos el resultado de las generales.

En cuanto a Vox, es evidente que ha sufrido la falta de estructura que obliga a fichar candidatos sin tiempo para hacer una correcta selección. Si además, el primer mensaje de Santiago Abascal –más allá de las alegrías por cada escaño– es hacia "la derechita cobarde" se equivoca de plano. Una cosa es la primera ebullición, que fue necesaria y muy injustamente tratada por los medios, y otra, la responsabilidad de trabajar por el bien común que dice defender. Por repetitivo que parezca, Andalucía es la primera prueba. Otra cosa es que esta alianza forzada sea la alternativa real a la izquierda. Sinceramente, creo que no.

No cabe duda de que la desgracia de las elecciones generales sería aún mayor si el centro derecha hubiera sido desalojado de la capital de España pero no debe perderse de vista que la demolición del modelo democrático que inauguró Zapatero sigue en pie, legado a Pedro Sánchez y con el golpe de la Generalidad en curso. La sentencia del juicio puede aclarar muchas cosas pero si los partidos que han resistido en Madrid no miran de frente al enemigo de una vez por todas, esta madrugada de balcones no habrá servido de mucho. Es de esperar que estén a la altura desde el primer día porque es un asunto de urgencia. Pero tres partidos –no es nuevo, ya sucedió en la Transición– son multitud. Lo malo es que no sean las decisiones personales sino los votos en próximas elecciones los que hagan el trabajo sucio de la selección natural. Eso sería perder demasiado tiempo.

La pasada madrugada tocaba salir al balcón, pero no a celebrar sino a respirar con algo de alivio. Ahora viene lo duro, pero España lo merece.

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