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Jesús Laínz

Aplausos amargos

Sería conveniente que esos millones de españoles que hoy se creen tan solidarios y generosos hicieran un poco de examen de conciencia.

Jesús Laínz
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Sería conveniente que esos millones de españoles que hoy se creen tan solidarios y generosos hicieran un poco de examen de conciencia.
EFE

Efectivamente, se merecen todos los aplausos. Quien haya pasado por un quirófano o haya tenido que asistir a un familiar operado lo sabe muy bien. Si la labor de los profesionales de la medicina es valiosísisima en cualquier circunstancia, mucho más lo es en estos momentos por el riesgo de contagio, por el elevado número de fallecimientos que tienen que presenciar, por la sobrecarga de trabajo y por las circunstancias en las que se ven obligados a efectuarlo.

Pero el contraste con la situación anterior a esta maldita pandemia no es precisamente para aplaudir. Porque los profesionales de la medicina llevan muchos años denunciando el aumento constante de la violencia por parte de pacientes y familiares. Las agresiones verbales y físicas se cuentan por miles cada año. Pero el asunto no termina ahí, pues continúa con la indefensión que les provoca la pasividad de la Administración. Y el problema está tan extendido que hasta da para que se celebre, como el Día del Libro o el de la Constitución, un sorprendente Día Nacional Contra las Agresiones en el Ámbito Sanitario, establecido por la Organización Médica Colegial para homenajear a los profesionales afectados desde que en 2009 fuese asesinado un médico de familia en Murcia. Y a todo ello hay que añadir unos sueldos en muchas ocasiones ridículos en comparación con la cantidad y la calidad del trabajo desarrollado. Todo esto pasa desapercibido y nunca ha merecido aplauso alguno, a diferencia de las cataratas de ellos que reciben los multimillonarios que ganan en noventa minutos dando patadas a un balón lo que los médicos, los científicos, los abogados, los pescadores o los camareros en toda su vida. Por no hablar de la legión de payasos, inútiles y parásitos que ingresan cantidades escandalosas a cambio de mostrarse en las pantallas para que millones de cotillas gocen de la mierda ajena.

Además, los aplausos, por sinceros y entusiastas que sean, no sirven más que para sentirse a gusto con uno mismo si no van acompañados de la reivindicación que los justifica. Porque el motivo de esos aplausos no es otro que las penosas circunstancias laborales e higiénicas en las que se están viendo obligados a trabajar nuestros sanitarios, campeones mundiales en contagio durante esta pandemia. ¿Y por qué son los campeones mundiales? ¿Porque son los más tontos? ¿Porque son los menos preparados? ¿Porque las instalaciones españolas son peores que las de los demás países? ¿Porque la sanidad española es la peor del mundo? ¿O porque, tres meses después de la alarma de la OMS sobre la peste que había empezado a venírsenos encima desde China, en España seguimos sin análisis, sin mascarillas, sin guantes y sin otros muchos elementos necesarios? El único culpable de ello es un Gobierno de incapaces que, en vez de dedicarse a salvar las vidas de los españoles, sigue centrado en la propaganda, en la manipulación de la información, en la transferencia de culpas a Rajoy, Franco y los Reyes Católicos, en el acallamiento de la oposición y en la burla televisiva a catorce mil fallecidos. Sin la actuación catastrófica de este Gobierno infame, ¿habría necesidad de tantos aplausos? Están muy bien los aplausos, sí, y son más que merecidos, pero se quedan en nada si no van acompañados de la denuncia a unos gobernantes responsables del caos.

También están recibiendo muchos aplausos los policías, guardias civiles y militares encargados de salvaguardar el orden, de desinfectar instalaciones y de levantar hospitales de emergencia para atender la avalancha de enfermos, a veces en localidades en las que, debido al virus separatista, hace pocos meses eran recibidos con insultos, escupitajos y pedradas. ¿Cuántos de los que hoy, ante la enfermedad y la muerte, les reciben con aplausos y lágrimas de agradecimiento fueron escupidores durante muchos años y hasta hace muy poco?

Y, echando la vista atrás, ¿cuántos aplausos recibieron los centenares de policías, guardias civiles y militares asesinados durante cuarenta años? ¿Cuántos aplausos recibieron sus padres, hermanos, viudas y huérfanos? Porque durante todo ese tiempo sólo recibieron insultos y risas por parte de los cómplices ideológicos de los terroristas, muchos de ellos vecinos, compañeros, amigos e incluso familiares. Y no aplausos, sino el más repugnante rechazo recibieron por parte de una Iglesia repleta de hijos de Satanás. Y no aplausos, sino el más desolador olvido recibieron por parte de unos gobernantes que ordenaron que sus ataúdes salieran por la puerta de atrás para no llamar la atención. Y lo mismo por parte de cuarenta millones de españoles a los que, en bloque y con poquísimas excepciones, les importó un bledo su tragedia mientras no les tocara a ellos.

Sí, los aplausos a médicos, enfermeros, policías, guardias civiles y militares son más que merecidos. Todos ellos y muchos más. Pero sería conveniente que esos millones de españoles que hoy se creen tan solidarios y generosos hicieran un poco de examen de conciencia. Y que no se olviden de ellos cuando todo esto haya pasado.

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