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Astérix el abertzale

Luego habrá quien se sorprenda de que, de aquí a unos pocos años, el porcentaje de separatistas vascos y catalanes sea abrumador.

Jesús Laínz
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'Astérix en Hispania'

Las urnas han evidenciado por enésima vez la aplastante hegemonía separatista en el País Vasco. Y dicha hegemonía, lo mismo en tierras vascas que en catalanas, sigue y seguirá agrandándose simplemente por el fallecimiento de las personas de más edad y la llegada de nuevas generaciones. Porque las encuestas son claras: el voto separatista aumenta según se baja en la pirámide de edad. Curioso fenómeno. ¿Lo dará la tierra? No lo parece, pues en ese caso afectaría por igual a todas las edades. ¿Echarán algo en el Cola Cao? Pero como los niños de Murcia y Burgos desayunan lo mismo que los de Gerona y Guipúzcoa, también en aquellas dos provincias tendría que haber un notable porcentaje de separatistas con pantalón corto. Parece que, por eliminación, no queda otro remedio que suponer que se trata más bien de algo relacionado con las ideas recibidas.

Vayamos, pues, a los emisores de ideas en el mundo actual, especialmente los más directamente relacionados con la infancia y la juventud. El primero, naturalmente, la escuela. Pero ¿qué podría añadirse sobre la evidentísima y denunciadísima utilización de las aulas para la formación del espíritu nacionalista de los niños? Simplemente recuérdese el informe de la Real Academia de la Historia de junio de 2000 sobre "la ignorancia y la tergiversación de la historia que padecen los alumnos" y sobre "la contradicción de haber criticado en el pasado el carácter nacionalista de la historia que se enseñaba en España y de reproducir ahora ese planteamiento en las diversas Comunidades Autónomas". A causa de dicho informe poco faltó para que los separatistas –y la izquierda, no se olvide– pidieran la guillotina para los académicos.

Pero no todo se recibe en el colegio. Pues desde hace medio siglo la principal influencia, para niños y para todos, proviene del televisor, ese incansable predicador que desparrama su omnisciencia desde el altar de todas las casas. Llevan ya muchas décadas lloviendo denuncias de utilización partidista de los medios públicos por parte de todo tipo de personas, asociaciones, sindicatos y partidos sin que los gobernantes españoles hayan movido un dedo jamás. Añadir cualquier dato sería superfluo.

También está, naturalmente, el ordenador. Pues, obsoletos los pesados tomazos que ocuparon durante siglos nuestras estanterías, el ciberespacio se ha convertido en la gran enciclopedia de enciclopedias, enorme adelanto que no carece de inconvenientes. El más evidente de ellos, la manipulación de una información que puede haber sido aportada por cualquiera. Este fenómeno se manifiesta de manera especial en la Wikipedia, esa gran enciclopedia universal que presume de modélico democratismo, ya que cualquiera puede colaborar en su redacción. Pero, dada la dificultad de supervisar los millones de artículos redactados en docenas de lenguas, abundan las inexactitudes, los disparates y las mentiras. Los españoles hemos aportado un caos descomunal mediante la diferencia entre artículos dependiendo de la lengua española en la que hayan sido redactados. Pues las manipulaciones históricas que se pueden encontrar en las versiones catalana y eusquérica demuestran que muchos de sus artículos han sido redactados –lo que no puede ser casualidad– por unos colaboradores cuya ideología política les impide reflejar la realidad objetivamente.

Un ejemplo entre mil: en la versión eusquérica de la biografía de Juan Sebastián Elcano se define su nacionalidad con la ikurriña; y en la lista de los navegantes que llegaron con él a Sanlúcar de Barrameda se señala el país de procedencia de cada uno de ellos. Con los italianos, griegos y alemanes no hay problema, pero lo interesante es que mientras que a los procedentes de Andalucía y Galicia les corresponde España como su país, a los de Guetaria, Bermeo y Baracaldo se les adjudica Euskal Herría (y a Juan de Santander, por cierto, nada menos que Kantabria, para vahído de este impresionable escribidor). Lo mismo sucede con la nacionalidad de Enrique Granados, española según la versión en la lengua de Cervantes y catalana según la versión en la de Verdaguer. El infortunado autor de las Danzas españolas habría alucinado.

Pero a nuestros voluntariosos separatistas no se les escapa nada en su misión de crear su nación virtual. Y si uno de sus objetivos esenciales es la captación de los niños para garantizar el triunfo electoral en la siguiente generación, no se puede olvidar el poder de atracción de la literatura especialmente diseñada para ellos: las historietas ilustradas.

Una de las clásicas es Astérix, el célebre guerrero galo, sobre el que también ha operado la falsificación nacionalista. En la historieta Astérix en Hispania, un guía fronterizo, tras llegar a las cumbres pirenaicas, les dice a sus clientes: "Ya estáis en España. Sólo os resta bajar en línea recta y llegaréis a Pompaelo (Pamplona)". Ésa es la frase que aparece en el original francés...

asterix-frances.jpg

... en la traducción española:

asterix-espanol.jpg

Pues bien: en la edición en eusquera el guía les dice que descendiendo por territorio hispano llegarán a Caesaraugusta (Zaragoza).

asterix-eusquera.jpg

¿Cómo es que en esta traducción ha cambiado repentinamente la ciudad a la que han de dirigirse los guerreros galos? Muy sencillo: desde una óptica nacionalista es inadmisible que la primera ciudad española que han de encontrar al bajar de los Pirineos sea Pamplona. Pues, como todo el mundo sabe, Pamplona no es España.

Y como estos ejemplos, otros mil. Luego habrá quien se sorprenda de que, de aquí a unos pocos años, el porcentaje de separatistas vascos y catalanes sea abrumador. ¿Acaso, desde la cuna hasta la tumba, han tenido posibilidad de recibir otro mensaje que no sea el separatista?

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