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Jorge Alcalde

La coña de Garoña

El Gobierno de un partido que llevaba en su programa la defensa de la energía atómica va camino de ejecutar la orden de cierre que dio Zapatero.

Jorge Alcalde
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El Gobierno de un partido que llevaba en su programa la defensa de la energía atómica va camino de ejecutar la orden de cierre que dio Zapatero.

¿Es Garoña una central nuclear insegura? Si hacemos caso a quien hay que hacérselo, es decir, a los informes del Consejo de Seguridad Nuclear, no. Esta entidad reguladora se ha mostrado reiteradamente favorable a que la central extienda su vida hasta 2019, una vez cumplidos ciertos requisitos técnicos y constatado que no existen riesgos en el mantenimiento de la actividad.

¿Es Garoña una central ruinosa? Al tratarse de una central inaugurada en 1971, buena parte de la inversión inicial está más que amortizada, de manera que la prolongación de su vida útil sólo puede generar beneficios. De hecho, en los años previos a su actual situación de parada fría los beneficios se contabilizaban en decenas de millones anuales. Sirva de constatación la insistente petición de los opositores a la central (el PSOE de Castilla y León, la plataforma Araba sin Garoña...) de que la empresa que la gestiona "reinvierta en la zona los ingentes beneficios obtenidos".

¿Es Garoña una central obsoleta? Tampoco. Es, sí, la más antigua en funcionamiento en España, tras el cierre de José Cabrera. Inició su andadura en marzo de 1971, con reactores BWR-3 de General Electric, pero desde entonces ha sido sometida a varias oleadas de actualización y puesta al día, que permitieron al CSN resolver favorablemente la continuidad de su existencia.

¿Es Garoña una central odiada por todos? A tenor de las opiniones que concita, no. Es cierto que el Gobierno de Zapatero propuso su cierre, pero la propuesta provocó reacciones muy significativas. Muchas entidades científicas apoyaron la continuidad de la instalación. Junto a ellas, la mayoría de los representantes sociales y sindicales de la zona de España donde asienta sus predios, incluyendo partidos políticos como PP y UPyD, sindicatos como UGT, asociaciones vecinales, ayuntamientos, cámaras de comercio...

¿Es Garoña como Fukushima? Ningún informe técnico podrá justificar que se hermanen las dos centrales, aunque compartan la misma tecnología base de General Electric. Ni la evolución de las dos centrales, ni las remodelaciones ni las medidas de seguridad complementarias ni la gestión se parecen. Ni, por supuesto, Santa María de Garoña (Burgos) está a pie de mar en uno de los lugares más sismológicamente activos del planeta.

Entonces, ¿por qué Garoña está parada? ¡Ah, amigos! Esa pregunta deberá responderla, más que un técnico en energías, un experto en los procelosos laberintos del intelecto humano, sus miserias, sus egos, sus miedos, sus complacencias...

La situación de la central nuclear burgalesa es el mejor ejemplo de una partida de póquer en la que nadie gana. A día de hoy, según la última declaración del Ministerio de Industria, Energía y Turismo, está más cerca que nunca de su cierre definitivo, ante "la imposibilidad legal de cumplir los plazos para su renovación". Pero "se está analizando la situación de su cese definitivo porque no se produce por motivos de seguridad, sino por causas exclusivamente económicas". Traduciendo al ministro Soria: "Garoña no está ni cerrada ni abierta... sino todo lo contrario".

La central es la víctima de una guerra a mamporros entre el Gobierno de la nación y Nuclenor (la empresa gestora, participada a partes iguales por Endesa e Iberdrola). De fondo, la reforma energética que Soria ha prometido para julio y que ya hay más de uno que teme como a un nublao.

Los hechos son los siguientes. La central, que lleva en parada fría desde diciembre de 2012, tiene licencia a nombre de Nuclenor hasta el 6 de julio de 2013. Esto es así gracias a que el Ministerio de Soria revocó las pretensiones de cierre del anterior Ejecutivo. Entre tanto, Nuclenor elevó su petición de mantener la actividad hasta 2019 y el Consejo de Seguridad Nuclear (CNS) dio el visto bueno a la prolongación de su vida útil. Por el camino, el accidente de Fukushima obligó a realizar nuevos tests de estrés a las centrales europeas. Como resultado, el CSN impuso una serie de medidas adicionales que Garoña debería cumplir si quiere que se mantenga el visto bueno a su petición de seguir en marcha hasta 2019.

Hasta ahí las cosas parecen claras. Pero en el asunto ha aparecido un toro que nadie quiere torear... la famosa reforma energética que esperamos conocer en julio. El ministro Soria parece dispuesto a resolver el nudo gordiano de la energía eléctrica en España, sobre todo el terrible lastre del déficit tarifario que seguimos pagando todos los españoles. Y entre sus grandes líneas de actuación ha aparecido, cómo no, un impuesto. Bueno, en realidad son siete nuevos impuestos, pero uno de ellos afecta especialmente a la generación nuclear. El ministerio pretende cobrar una tasa por megawatio hora a los productores en concepto de gestión de residuos. Nuclenor asegura que Garoña, sometida a esa nueva tasa, obligada a actualizar sus instalaciones y con la previsión de que se actualicen también los cánones de explotación para cobrar más a aquellas industrias ya amortizadas que a las de nueva generación, no solo dejará de dar beneficios, sino que produciría unas pérdidas de más de 30 millones de euros al año.

Así las cosas, los responsables de Garoña decidieron no solicitar la renovación hasta 2019, pedir una prórroga de un año (hasta 2014) en parada fría para pensárselo y estudiar cómo afectaría a su gestión la nueva ley de Soria.

Pero el ministro, ante el farol de su oponente en la partida de póquer, ha decidido sacarse un as de la manga. Es decir, hacer trampas. Ha olvidado la petición de prórroga de Nuclenor el tiempo suficiente como para justificar, ahora, que "han pasado los plazos para poder concederla". Soria no quiere que Nuclenor condicione su apuesta reformista. Nuclenor no quiere que la amenaza de una nueva ley le obligue a decidir sobre Garoña. Como resultado, dos faroles encima de la mesa. El Ministerio anuncia el cierre de la central (aunque con la boca pequeña, porque deja la puerta abierta a volver a estudiar el tema en 2014). Nuclenor no se apea y envía la documentación necesaria para el desmantelamiento (aunque emite una nota de prensa en la que asegura que está dispuesta a volver a pedir una prórroga). Y el Consejo de Seguridad Nuclear, testigo torpón de la partida, no tiene más remedio que activar los protocolos informativos para cerrar Garoña.

La película está en ese punto en el que no se sabe si uno de los dos tahúres va a terminar hartándose y va a desenfundar el Colt o si llegará a última hora el sheriff (que para los efectos no puede ser otro que Rajoy) y pondrá paz en el saloon. De momento, el camarero y las chicas de alterne ya se están escondiendo detrás de la barra. Somos nosotros, los ciudadanos que seguimos sin saber cuál es la apuesta energética de este Gobierno, los trabajadores de Garoña que tienen su empleo en vilo, los miles de trabajadores indirectos que la central proporciona, las autoridades europeas que no terminan de creerse el circo de la energía en España... Todos miramos de soslayo la escena, incrédulos ante el espectáculo de una empresa nuclear que no renueva sus licencias y un Gobierno de un partido que lleva en su programa la defensa de la energía atómica que va camino de ejecutar la orden de cierre que dio Zapatero.

En los 13 años que llevo escribiendo para este diario no creo haber utilizado una sola palabra malsonante por respeto al lector. Pero no me dirán que la película de Garoña justifica el título de esta columna... Ustedes me disculpen.

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