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Nuestro especial lugar en el mundo

El proceso de demolición de España ya es una realidad por culpa de la dejación de los poderes del Estado del deber constitucional de preservar la unidad.

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En aquellos tiempos en los que no se ponía el sol en el Imperio, la época de los Austrias, no se permitiría que a unos pescadores les destruyeran su hábitat natural de faena con esa arrogancia de la que hace gala Gran Bretaña en sus múltiples y rentables colonias, ni tampoco se aceptaría que una casta privilegiada, sectaria y corrupta como la nacionalista catalana, lanzase un órdago independentista tan falso y antidemocrático que produce sonrojo intelectual y vergüenza ajena. Pero vivimos en un país-nación-estado tan indefinido, regido por un desorientado Borbón y gobernado por un primer ministro cuya insoportable levedad se ve acuciada ahora por su extesorero, que no hay arrestos para interpretar la realidad política y social con determinación; haciendo ver al planeta y a los mismos españoles que son herederos de una historia tan digna o más que la de cualquier potencia europea.

Gestas como la de Blas de Lezo en Cartagena de Indias o la de Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico -que se conmemoran este otoño- confirman nuestro especial lugar en el mundo. (Nietzsche definió a los españoles como "esos hombres que querían ser demasiado", una frase genial que retrata el genio hispánico).

Afortunadamente ya no es tiempo de cañones, aunque siguen los corsarios de guante blanco. La actual clase política española, heredera de la patrañera Transición, no ha querido ni ha sabido mantener ni solemnizar los referentes históricos que servirían de base emocional para afrontar con rigor los desafíos del presente, conjurando así los actuales complejos y supercherías que sufre este Estado de taifas, dominado en todos sus resortes por la ideología frentista de la izquierda y amparada ésta por unos nacionalismos periféricos paranoicos.

Así está configurada hoy la nación más antigua de Europa, cuyo proceso de demolición ya es una realidad de hecho por culpa de la dejación de los poderes del Estado del deber constitucional de preservar la unidad, razón última de la prosperidad económica, igualdad social y libertades civiles.

Ya es tarde para todo porque la traición y la frivolidad política de la izquierda, cada vez más asilvestrada debido a sus compañías nacionalistas, ansiosa de poder a toda costa (conserva intacta la infame tradición leninista) no tiene retorno. Desde los años sesenta, los movimientos de izquierda, es decir, los socialistas, los comunistas, el nacionalismo vasco proetarra y "el de las nueces" además del pancatalanismo transversal inspirador de los movimientos pedagógicos liberticidas en todo el Estado, han modelado una sociedad sumisa a sus proyectos totalitarios, cada vez más próximos al socialismo chandalero castrista.

Su batalla por lo "público" es una reacción a cualquier planteamiento de progreso en las libertades y la riqueza de la nación. Están instalados en la estructura del Estado, controlando la educación, la sanidad, la seguridad, la comunicación y todos los estamentos imaginables para dar muy pronto el paso definitivo a través de las urnas e instaurar el racionamiento soviético en todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos: tanto en lo emocional como en lo económico. Eso sí, toda la casta político-funcionarial adicta vivirá con privilegios “a lo Siboney”.

Los nacionalistas vascos y catalanes, por su parte, diseñarán un modelo muy similar pero en vez de colocar en las escuelas fotos del sicópata Che Guevara colgarán al racista Sabino Arana o a cualquier reyezuelo inventado por la imaginería del "Omnium Cultural". (En Galicia, aún se practica el "sentidiño” pero el furor nacionalista en la educación conseguirá cotas idénticas al paisaje definido más arriba. Feijóo, mientras, se conforma con ponerse de perfil, un rasgo muy propio de todo el PP, un partido en el que la mayoría de los españoles había depositado sus esperanzas para que los valores liberales de la civilización occidental fueran preservados. Un craso error, sólo preservan su estatus).

Todo este nuevo paganismo, es decir, la corrección política izquierdosa y la carcundia progre que todo lo invade con sus promesas de vivir todos de "lo público", amenaza lo poco que queda de la libertad, la propiedad y el trabajo. Sólo nos queda el optimismo de Chesterton, quien decía refiriéndose a la izquierda: “estos estoicos paganos siempre fracasan debido a su fortaleza”. Son fuertes por su frialdad ante los sentimientos de sus semejantes y de ahí puede venir su derrota. Los españoles deben demostrar en estos tiempos tan delirantes que son “esa gente que quiere ser demasiado”. Por eso descubrimos el Pacífico y derrotamos en Cartagena de Indias a la mayor Armada que vieron los siglos.

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