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José García Domínguez

Ante la muerte de CiU

La partida sigue. Pero la estamos ganando.

El único proceso que todavía quedaba en marcha en Cataluña tras el fiasco del 9-N, el de divorcio entre Convergència y su eterna rémora Unió, acaba de concluir sin excesiva pena ni demasiada gloria. CiU, aquel camaleónico banderín de enganche ingeniado por Pujol para pastorear un abigarrado consorcio de intereses que agruparía desde el franquismo sociológico local, pasando por los lobbies empresariales y financieros, hasta la sala de máquinas del independentismo menestral más atribulado, yace en estos instantes de cuerpo presente. Sic transit. Nada extraño si se repara en que nunca dejó de un ser matrimonio de conveniencia asentado sobre la muy calculada ambigüedad congénita que definió desde su mismo instante germinal al catalanismo histórico.

Y es que su genuina patria nunca fue Cataluña ni tampoco España, sino el Limbo, un territorio retórico, el de la metafísica identitaria y sus brumas bizantinas, donde siempre se sintieron a gusto Duran y los de su cuerda, que aquí constituyen legión. Lo suyo era –y es– el derecho a no decidir. A nuestros democristianos les pasa como a Drácula: la claridad los ofusca al punto de devolverlos raudos a la tumba. Y en esto llegó Mas estaca en mano. Pero no es asunto baladí lo que acaba de ocurrir. Bien al contrario, presagia una fractura de largo alcance en el statu quo. Lo que viene es un rediseño a la italiana de la correlación de fuerzas. Igual que el cura don Camilo y el rudo alcalde Peppone, la viejo democracia cristiana y el no menos vetusto PCI, acabaron con el tiempo compartiendo mesa y mantel en el Partido Democrático, Unió, o lo que a estas horas quede de ella, está abocaba a confluir con el PSC en una alternativa posibilista al laberinto donde anda extraviado el grueso del catalanismo con mando en plaza.

Una tercera vía que, de consumarse, podría constituir una amenaza cierta para Ciudadanos y su pretensión de ocupar el espacio de la centralidad en el escenario catalán. De la habilidad que muestren los de Rivera para atraer a parte de esa disidencia hacia sus propias filas puede depender su futuro como partido de gobierno, ya no como mera fuerza llamada al resistencialismo testimonial. El aggiornamento de Ciudadanos se antoja perentorio con ese nuevo eje de coordenadas a la vista. Más aún si se pondera lo muy arriesgado de ese triple mortal sin red que se apresta a ejecutar Mas, el personalísimo Forza Artur con que piensa acudir a las urnas en detrimento de la organización formal de CDC. Si se estrella, será un sálvese quien pueda. La partida sigue. Pero la estamos ganando.

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