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Cayetana versus Inés

Álvarez de Toledo es mucho más culta e inteligente, pero Arrimadas es mucho más popular.

José García Domínguez
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Inés Arrimadas, en el acto de Ciudadanos en Las Rozas. | EFE

Llegado un instante, el nuestro presente por más señas, en el que ya absolutamente nadie se toma en serio ni las muy solemnes promesas electorales de los partidos ni las tan cansinas – por rutinarias– soflamas apocalípticas de sus distintos jefes de filas, una de las escasas disputas periféricas que logra liberarnos del bostezo, al menos por un instante, a los espectadores ocasionales es esa que contrapone en el país petit a Cayetana Álvarez de Toledo con la cesante Inés Arrimadas. En una campaña tan plana, previsible y anodinamente ruidosa como la que nos espera, el enfrentamiento casi personal entre las postulantes de PP y Ciudadanos por Barcelona, reyerta provincial en la que con gran probabilidad el vencedor final resulte ser un ignoto dentista de Vox, da pie, al menos, a una paradoja que rompe en pedazos el libreto del guión habitual en estos casos. Porque lo habitual es que el PP, un partido de probos funcionarios del poder y en extremo alérgico desde siempre a todo cuanto huela a intelectual, presente por la plaza a algún disciplinado, gris y aburrido recitador de argumentarios.

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Por algo el PP era la antítesis misma, y utilizo bien el tiempo verbal, de Ciudadanos, unas siglas concebidas entre alcoholes generosos y con las farolas de la Ciudad de los Prodigios ya iluminadas por escritores, periodistas, poetas locales y otras gentes de mal vivir. Ciudadanos nació siendo el partido de cierta bohemia socialdemócrata, otoñal, leída, periférica, algo frívola y bastante liante. Mientras que lo serio, lo de los trajes bien planchados, las corbatas impecables y los abogados del Estao, era el PP. De ahí lo chocante de ver hoy que la enviada de Génova es quien inopinadamente responde al perfil adicto a la letra impresa que en otro tiempo, y no tan lejano, cualquiera hubiese esperado del cabeza de cartel de Ciudadanos. Álvarez de Toledo, que lo va a tener difícil en una ciudad como Barcelona que nunca ha llevado demasiado bien eso de los apellidos compuestos, es muy superior intelectualmente a Arrimadas. Una superioridad manifiesta e imposible de disimular que no me extrañaría que igual acabase operando en su contra. Porque también en eso de no tolerar que nadie sea sea más que nadie Cataluña resulta ser muy española.

Álvarez de Toledo es mucho más culta e inteligente, pero Arrimadas es mucho más popular. La España de los balcones necesitaba una Agustina de Aragón y ha querido verla en esa chica que entró en política casi por casualidad y que casi por casualidad acabaría convirtiéndose en la estampa televisiva del constitucionalismo en Cataluña. Pero esa Inés, y más allá de la desquiciante emoción catalana, supone la encarnación misma de todo lo que no quería ser Ciudadanos en su instante germinal. Arrimadas, como el mismo Rivera, constituye el paradigma de la política definitivamente desideologizada, el paradigma de la ideología de la no ideología, el paradigma de un partido político cuyo mayor afán es quererse apolítico. Nadie se extrañe ni un pelo, pues, de que los genuinos padres biológicos de la criatura, fundadores de Ciudadanos como el marxista Félix Ovejero que acaba de presentar en público a Álvarez de Toledo en Barcelona, se hayan alineado ahora en torno a la candidata del PP. Cosas veredes, que dijo el otro.

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