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Nuestra revolución cultural pendiente

Alfabetizar financieramente a la población es, hoy por hoy, una de las grandes tareas pendientes de la democracia española.

Acaba de anunciar aquel ministro de Migraciones que siempre andaba encantado de que España se llenase de más y más millones de extranjeros no cualificados, el mismo Escrivá que ahora gobierna el Banco de España, que piensa fijar límites estrictos a la concesión de hipotecas por parte de la banca ante el nivel de desastre bíblico que ha alcanzado el problema del acceso a la vivienda. Una medida, esa, que pondrá al descubierto otra tara colectiva mucho más profunda todavía: la de la atroz incultura financiera del pequeño inversor español, que sigue asociando la seguridad y la rentabilidad para su ahorro de forma exclusiva al ladrillo embadurnado en cemento.

Alfabetizar financieramente a la población es, hoy por hoy, una de las grandes tareas pendientes de la democracia española para evitar que el ahorro popular, por pura falta de alternativas en su radar, siga ayudando a colapsar el mercado de la vivienda. En España, el ahorro sufre un sesgo atávico hacia lo tangible. Es un rasgo cultural profundamente arcaico, primitivo y precapitalista. Ante la falta de formación en mercados de capitales desde la escuela, el ciudadano medio percibe la compra de un inmueble como la única opción de inversión comprensible. Es, la de los españoles corrientes, una limitación cognitiva con un altísimo coste social.

El pequeño ahorrador se endeuda a largo plazo simplemente porque desconoce que existen herramientas más eficientes que no compiten por el acceso a un bien de primera necesidad con el resto de la población. Un fondo cotizado (ETF) que replique de forma indexada –y equiponderada– un índice global como el S&P 500 ofrece históricamente rendimientos muy superiores a los de cualquier piso. Además, aporta dos ventajas críticas: la liquidez inmediata y la adicional de la seguridad jurídica. Un ETF se vende con un solo clic y el dinero está en la cuenta en segundos, algo que jamás compartirá una estructura de hormigón de tres habitaciones y un pasillo. Limitar el acceso al crédito puede ser una medida macroprudencial necesaria ante el desastre actual, pero la enfermedad sólo se curaría educando de una vez a la gente.

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