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José García Domínguez

Dios tampoco es catalán

Lo del cardenal Omella solo ha sido el primer paso. El siguiente será alumbrar su propio Palmar de Troya.

José García Domínguez
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Durante algún tiempo corrió el rumor, recuérdese, de que Él era argentino, pero vista la cotización más bien deplorable del peso en todas las casas de cambio del planeta, parece como que no. En cualquier caso, tampoco es catalán. Y de ahí el problema. Porque, para verse al fin independiente, el País Petit necesitaría disponer de una religión privativa y, a ser posible, también de un dios con denominación de origen local; un dios que sintiera como propio el hecho diferencial. El Creador, pues, debería ser catalán o, en su defecto, hacer un esfuerzo para integrarse plenamente en la cultura catalana. No es, por lo demás, ninguna boutade de charnego irreverente. Bien al contrario, los catalanistas han acreditado dos aficiones obsesivas, casi patológicas, a lo largo de los últimos ciento cincuenta años. La primera consiste, como resulta universalmente sabido, en llegar al éxtasis, cuando no al orgasmo multiorgánico, tras la contemplación gozosa de su propio ombligo. Pero la segunda, no menos compulsiva que la anterior, remite a la búsqueda constante de modelos de construcción nacional a imitar del exterior.

Así, no tardaron en acusar recibo de que muchos de sus héroes particulares, como Escocia, Irlanda, los balcánicos o Israel, además de una lengua vernácula para andar por casa, una culturita tambíen doméstica y algún primo de Zumosol entre las grandes potencias que no mire con malos ojos su causa, poseen una religión nacional tan personal e intransferible como el carnet de identidad. El problema es que Cataluña y el resto de España, qué le vamos a hacer, gastan la misma iglesia romana desde hace una temporada que abarca algo así como veinte siglos y pico. En Cataluña tenemos monaguillos, feligreses, ex seminaristas, ex curas y curitas laicos en los partidos nacionalistas para llenar varios campos de fútbol. El más célebre de todos, San Junqueras, el meapilas mayor del proceso, un orondo saco de bondad pastoral tan, tan, tan inmenso, que casi da asco verlo. Pero hay muchísimos más. Aquí levantas una piedra y debajo te aparece un mosén envuelto en la estelada. Pero, ¡ay!, nos falta un dios que sea de casa nostra, un dios arrelat. Un dios como Dios manda. Y en ello andan. Lo del cardenal Omella solo ha sido el primer paso. El siguiente será alumbrar su propio Palmar de Troya. ¿O alguien piensa que Puigdemont va a ser menos que Enrique VIII?

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