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El Gran Cobarde no se arriesgará

Si Puigdemont se aventurase a poner un pie fuera de Bélgica sería solo desde la certeza absoluta de que no correría riesgo alguno de ser entregado a España.

José García Domínguez
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Carles Puigdemont | EFE

"Me llamo Ninet y hace cuatro generaciones mi bisabuelo proclamó la independencia de Cataluña desde el balcón del Ayuntamiento de Sabadell. Posteriormente, lo fusilaron. Emociona que cuatro generaciones después un Ninet vuelva a estar aquí hablando de eso mismo". Así, con tales palabras y al teatral modo, se presentó ante el Parlament, allá por 2016, un conferenciante invitado por la Cámara que respondía por Antoni Abad Ninet, de profesión catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Copenhague. Por lo demás, el tal Abad Ninet mintió a los presentes con la enternecedora historia de su bisabuelo fusilado. Y es que Jaume Ninet Vallhonrat, el bisabuelo de marras, no estaba en Sabadell el 6 de octubre de 1934, día de la asonada de Companys contra la República, sino en Teruel, provincia de la que en aquel preciso instante era gobernador civil en representación del Partido Radical de don Alejandro Lerroux García, el mismo que había declarado el estado de guerra en Cataluña y suspendido y encarcelado al Gobierno de la Generalitat en pleno. De ahí que, en rastrera venganza por su colaboración leal y patriótica con España y sus autoridades legítimas, dos años más tarde, en julio de 1936, los separatistas catalanes en cuyas filas milita ahora su muy trolero bisnieto fusilaran al lerrouxista sabadellense Jaume Ninet Vallhonrat.

Un asunto, el de cómo reescriben la historia los catalanistas, que no vendría a cuento si no fuese porque precisamente ese pequeño embustero hoy expatriado en Dinamarca, el tal Antoni Abad, es quien le ha organizado la célebre conferencia a Puigdemont en Copenhague. Una provocación en toda regla al Gobierno de España, sí, pero una provocación calculada, muy calculada. Calculadísima. No se olvide que, por encima de cualquier otra consideración, Puigdemont es un cobarde superlativo que dejó tirados en la estacada a Junqueras y al resto de sus cómplices más estrechos en la dirección de la revuelta para salir corriendo a fin de salvarse de la cárcel. ¿Alguien puede creer que un tipo tan indigno va a cambiar ahora de actitud, prestándose de grado a ser detenido extramuros de su madriguera belga para que las autoridades danesas lo entreguen a España? Puigdemont no es ningún héroe ni ningún mártir, sino un vulgar histrión. Alguien capaz de deslumbrar con sus números escénicos a todos esos pobres ingenuos que le votan, pero nada más que un comediante de baja estofa. No hay en él ni un átomo de genuina grandeza. Ni uno.

Si Puigdemont se aventurase a poner un pie fuera de Bélgica sería solo desde la certeza absoluta de que no correría riesgo alguno de ser entregado a España por el país tercero en el que fuese a recalar. No se olvide al respecto que fueron los escandinavos, muy especialmente Dinamarca y Noruega, quienes más proclives se mostraron en su momento a acoger los argumentos de la propaganda separatista, en especial tras la difusión internacional de las imágenes de los altercados callejeros durante el conato de referéndum ilegal. Dinamarca, que no pertenece al euro y que negoció –al igual que el Reino Unido– un estatus singular y diferenciado antes de integrarse en la Unión Europea, tiene interiorizado el mito nórdico que les hace percibirse como sociedades en extremo hiperdemocráticas y garantistas. Un mito que, llegado el caso, podría pesar más que la esperable cooperación y solidaridad con otro país miembro de la Unión Europea, en este caso España. No habría que dar por segura, pues, una entrega inmediata de Puigdemont a España en caso de que se produzca el viaje. Más bien todo lo contrario. Y seguro que el trolero Ninet ya se habrá encargado de averiguarlo antes de que el Gran Cobarde prepare la maleta.

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