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El inteligente es Puigdemont, no Rajoy

Rajoy critica al jefe de los golpistas que con su conducta entorpece el interés superior de los golpistas.

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Carles Puigdemont con Elsa Artadi | EFE

Indicio del aturdimiento crepuscular que el problema catalanista está provocando en el partido de la derecha, el presidente Rajoy acaba de afear en público al prófugo de la Justicia Carles Puigdemont i Casamajó que anteponga sus muy egoístas intereses personales a los del movimiento secesionista. Rajoy critica al jefe de los golpistas que con su conducta entorpece el interés superior de los golpistas. Cosas de los boxeadores sonados cuando ya empiezan a intentar noquear a su propia sombra lanzando puñetazos erráticos contra el aire. Pero algo más que un alarde de torpeza impropio de un profesional del poder que lleva 26 años ocupando cargos públicos. Porque lo que yace tras esa incapacidad que viene demostrando la Moncloa para leer el pensamiento del Payés es el desconocimiento de la naturaleza camaleónica de las distintas siglas que confluyen dentro del movimiento nacionalista catalán. Siguen sin saber a quién se enfrentan. De ahí que los estrategas del Partido Popular lleven trabajando con una premisa errada desde que se implantó el 155.

La equivocación de quienes asesoran a Rajoy radica en suponer que Puigdemont correría un riesgo enorme, tan enorme que devendría inasumible en la práctica, en el supuesto de forzar el adelanto electoral. Tras ese razonamiento axiomático, la piedra Rosetta que dirige la acción política toda del PP, lo que yace es el error de presumir que las urnas dictaminaron un empate efectivo entre el bloque llamado "constitucional" y las tres siglas separatistas que ahora ostentan una mayoría pírrica en el Parlament. Punto de partida argumental del que Rajoy infiere inviable cualquier otra salida que no pase por la formación de un Gobierno antes del 22 de mayo a las 12 de la noche. Un razonamiento al que nada procedería objetar si no fuese por el pequeño detalle de que Domènech, el jefe de filas de los travestidos de Colau, resulta ser un separatista en la intimidad que todavía no se ha atrevido a salir del armario. Pero, más pronto que tarde, lo hará. Nadie lo dude. Incluir, tal como implícitamente viene haciendo la Moncloa, a los comunes dentro del bloque constitucional es un ejercicio de voluntarismo que en nada se compadece con la realidad.

Basta ver hoy mismo ese espectáculo indigno, el de Rafael Ribó, en tiempos secretario general del PSUC y ahora Síndico de Agravios vitalicio -el Defensor del Pueblo catalán-, apoyando con uñas y dientes a los maestros que acosaron en clase a los niños hijos de guardias civiles. Puigdemont está jugando muy fuerte con el aborto de la investidura no porque esté loco, que también, sino porque conoce mucho mejor a esos falsarios bueyes equidistantes con los que hay que arar. Y no se equivoca. Él no. Como ya ocurriera con el PSC, los diputados y demás cargos electos de los comunes poseen un sesgo personal muchísimo más nacionalista que los votantes y las bases del partido. Porque Domènech no es el único. Bien al contrario, el grueso de los diputados de Catalunya en Comú participa de idéntica adscripción criptosecesionista. Llegada la hora de la verdad, los comunesnunca osarían desalojar de la Generalitat a la comunión separatista para sustituirla por un Gobierno alternativo leal a la legalidad constitucional. Nunca. Puigdemont lo sabe. Por eso juega tan fuerte. Y Rajoy, en el limbo.

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