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José García Domínguez

Gana Rivera. Pierde la Derecha

En apariencia, su objetivo expreso era Sánchez. Pero en su mente cada vez más acelerada solo había lugar para el octavo pasajero: Vox.

José García Domínguez
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EFE

El primer debate, el de Televisión Española, lo ganó Rivera y lo perdió la Derecha. Y en el segundo, el de Atresmedia, ha vuelto a ocurrir lo mismo: también lo ha ganado Rivera y también lo ha perdido la Derecha. Salpicándose y salpicando a los demás de barro hasta las cejas desde el primer segundo, cierto, pero nadie dijo que esto fuera un concurso de buenos modales y exquisita urbanidad. Un asunto, el del canibalismo sobrevenido del CEO de Ciudadanos, que tampoco habría que tomarse muy a la tremenda. Y es que jamás debate alguno entre los candidatos ha determinado el resultado final de unas elecciones. Jamás. Y si nunca antes ha pasado tal cosa, no hay demasiados motivos para suponer que esta vaya a ser la primera vez. De hecho no hay ninguno. El problema de los debates es que, en falsa apariencia, se parecen mucho a las tertulias, pero en realidad no tienen nada que ver con las tertulias. Nada. Y de ahí lo muy errado de esa costumbre periodística consistente en analizar los resultados de los primeros tomando como criterio el que habitualmente sirve para medir la eficacia en las segundas.

En las tertulias siempre se impone el partícipe que ejecuta con más gracia y salero el salto de la rana. Prima en ellas por encima de cualquier argumentación persuasiva la capacidad para generar espectáculo. Y es así porque no se trata de convencer a nadie, sino de reafirmar en sus propios prejuicios a un público que ya viene convencido de antemano. En las tertulias lo sustancial no es la mayor o menor discrepancia entre las opiniones de los que participan, sino la definitiva homogeneidad ideológica de sus respectivas audiencias. Justo lo contrario de cuanto ocurre en los debates electorales, una pugna a varias bandas en la que el objetivo último casi nunca consiste en retener o conciliarse con los propios, sino en atraer al mayor número posible de los que aún eran hostiles, o si acaso neutrales, antes de comenzar la reyerta dialéctica. Casi nunca. Pues, a diferencia de lo que sucede por norma en las tertulias, la verdadera heterogeneidad presente en los debates es la que se da entre sus oyentes y espectadores mudos.

Así las reglas del juego, Rivera en las últimas 48 horas habrá conseguido exasperar en su fuero interno a sus tutores mediáticos al empecinarse en desoír la principal lección que se le había impartido, a saber: que su misión primera consistía en hurtar votos al PSOE para tratar de romper el maleficio fatal de los juegos de suma cero que ahora tanto amenazan a las tres derechas. Alumno díscolo, todo su empeño en las dos tenidas televisivas se ha centrado en proceder justo de modo contrario. Fue Sánchez, sí, quien estuvo sacando a colación a Vox sin venir a cuento y sin cesar, pero fue Rivera quien tuvo presente a Abascal en absolutamente todas sus intervenciones pese a guardarse muy mucho de mencionarlo en ningún momento. De modo deliberado, Rivera decidió jugar la partida del debate con las reglas del tertuliano. Una apuesta cainita que tal vez le reporte algún beneficio personal en las urnas el próximo domingo, pero que habrá resultado estéril para el bloque ideológico del que, le guste o no, forma parte. Ni un solo voto de la izquierda tibia habrá cambiado de bando tras la tangana con algún tinte tabernario que el de Ciudadanos quiso buscar con y contra el presidente del Gobierno ya desde el primer instante. En apariencia, su objetivo expreso era Sánchez. Pero en su mente cada vez más acelerada solo había lugar para el octavo pasajero: Vox.

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