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La Cuarta Guerra Carlista

Paciencia, pues, Código Penal y tiempo al tiempo.

José García Domínguez
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Unió de Pagesos

Hay un Madrid, el que no conoce España, que aún sigue pensando que el problema catalán se podría haber resuelto en un plis plas con un 155 duro y echándole el candado a TV3. Como si toda una mentalidad colectiva fermentada y cristalizada a lo largo de centurias se pudiera modificar de la noche a la mañana por decreto-ley. El problema catalán, que en su raíz última esconde una forma encubierta y sublimada de rechazo de la modernidad, no tendrá ningún atisbo viable de solución hasta que el paso del tiempo acabe erosionando, poco a poco, muy poco a poco, esa estructura de carácter, la propia del indigenismo identitario del que participa la comunión catalanista toda. Y para que eso ocurra hará falta que transcurran, como mínimo, un par de generaciones. Quizá tres. La Cuarta Guerra Carlista, que no otra cosa es la querella que ahora mismo enfrenta a la mitad de los catalanes contra la otra mitad, está resultando, como las tres anteriores, una revuelta agreste e integrista del campo contra la ciudad. De ahí que Barcelona, hoy más que nunca, sea el Álamo de los leales. Una fortaleza urbana, ilustrada, mestiza y cosmopolita, permanentemente sometida al cerco de las partidas rurales del somatén separatista, esas mismas que infectaron con el pestilente hedor a estiércol de sus tractores las avenidas principales del Ensanche durante los instantes más críticos de la asonada. Pero los barceloneses, y yo lo soy hasta el tuétano, tendemos a olvidar que esa aldea moral, la del universo garrulo y autorreferencial del indigenismo catalanista, también mora entre nosotros. Porque las grandes ciudades, gracias a Dios, remodelan sin que nadie lo pueda evitar las mentes de sus moradores. Pero también ellas necesitan tiempo para consumar su labor benemérita.

Barcelona, no se olvide, atrajo en su día a tanta inmigración interna de Cataluña como externa del resto del país. Cuando el desarrollismo de los sesenta, llegaron, es sabido, decenas de miles de familias procedentes, sobre todo, de Andalucía. Pero también, y en eso no se suele reparar tanto, otra multitud autóctona, la oriunda de la Cataluña deprimida del interior. En gran medida, el voto urbano a Esquerra (ocurre de forma muy acentuada con ERC) tiene su origen en esa cohorte poblacional, la que vive de antiguo en la ciudad pero sigue conservando (y admirando) la mentalidad de sus ancestros del agro profundo. Junqueras es eso. Una de las paradojas terminales a que ha dado lugar esta revuelta de rústicos contra España es que el catalanismo político, un movimiento que siempre había alardeado de su pretendida condición avanzada, modernizadora y europeizante, se está viendo cada día más circunscrito a solo conservar la hegemonía en las comarcas de la Cataluña periférica, menos poblada y más silvestre, amén de la atrasada y más refractaria a toda innovación. En Cataluña, y desde el pasado jueves, allí donde hay semáforos y farolas en las calles gana Ciudadanos las elecciones. Paciencia, pues, Código Penal y tiempo al tiempo.

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