Menú

La guerra de Rivera contra VOX

La lista de Valls tiene más de operación de Estado que de simple maniobra partidista al uso.

0
EFE

Inés Arrimadas, la hoy indiscutible líder de Ciudadanos en Cataluña, nunca fue la primera opción de Albert Rivera para encabezar la candidatura del partido a la presidencia de la Generalitat cuando él optó por desplazarse de modo permanente a Madrid. La persona en quien pensaba el muy reducido sanedrín que controla con mano de hierro todos los hilos de la organización para ocupar la silla vacante del líder en Cataluña era un militante histórico del PSC que, tras mucho pensarlo, declinó en aquel instante el ofrecimiento. Se trataba de Joaquim Coll, historiador del catalanismo e intelectual orgánico de los socialistas catalanes con más de treinta años de militancia en el partido. Coll, en su juventud (fue secretario general de las Juventudes Socialistas en Barcelona en los ochenta) muy próximo a las tesis del sector más nacionalista del partido, iría evolucionando con el tiempo hasta acabar recalando en la dirección de Sociedad Civil Catalana, la plataforma desde la que ha llevado a cabo una vasta labor de publicista del constitucionalismo durante el procés.

Hace pocos días, Manuel Valls convocó a la prensa local para anunciar a bombo y platillo el nombre del que va a ser su mano derecha y número dos de la candidatura al Ayuntamiento de Barcelona. Un compañero de viaje de quien recalcó en términos particularmente elogiosos su vínculo tanto con la tradición socialdemócrata de Barcelona como con el viejo PSOE de Felipe González. No podía ser otro que Joaquim Coll. A la segunda fue la vencida. Ciudadanos se ha planteado como uno de sus más prioritarios objetivos estratégicos llegar a gobernar el Ayuntamiento de Barcelona. Un proyecto, el de alumbrar una genuina Tabarnia institucional como efectivo contrapoder cotidiano de la Generalitat, en cuya consumación están muy interesados importantes sectores de la vida económica barcelonesa, empresarios y altos directivos que quisieran ver un horizonte de salida al enroque fundamentalista de la vieja Convergencia, hoy en manos de agitadores fanáticos y diletantes cerriles. Porque la lista de Valls tiene más de operación de Estado que de simple maniobra partidista al uso. Y de ahí que la inopinada irrupción en la escena nacional de VOX haya trastocado todo el muy estudiado diseño de esa operación por parte de la dirección de Ciudadanos.

Porque si algo tiene claro cualquiera que conozca la plaza es que en Barcelona solo se puede ganar al independentismo desde la izquierda. La segmentación ideológica catalana, y más en concreto la barcelonesa, no se parece en casi nada a la madrileña. Ciudadanos puede ser en Madrid una formación que compita de igual a igual con el Partido Popular por la hegemonía en el espacio sociológico de la derecha clásica, pero ese mismo posicionamiento los relegaría a la más estricta marginalidad testimonial en Barcelona. Y lo saben. Apelar, como hace a diario Valls, al maragallismo no es una opción o una querencia personal del candidato, sino una necesidad política insoslayable para cualquiera que aspire a ganar en esa ciudad. Por eso la virulencia, que será creciente a partir de ahora, de los ataques de Ciudadanos, que no sólo de Valls, contra VOX. El problema de Valls y Rivera es que necesitan ser percibidos por el electorado barcelonés como una suerte de revival de algo así como el PSC auténtico. Todo el trabajo marketiniano de los gestores de la candidatura está diseñado con ese objetivo. Y la sombra de la menor connivencia con VOX podría resultar fatal a esos efectos. La guerra de Rivera contra VOX solo acaba de empezar.

En España

    Lo más popular

    0
    comentarios

    Servicios