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José García Domínguez

La mesa de las trolas

Los separatistas afirman sin soporte probatorio alguno que el 80% de los catalanes desea fervientemente ser consultado en un referéndum de autodeterminación.

José García Domínguez
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Es sabido que el principio básico de cualquier propaganda política que se quiera eficaz consiste en la repetición constante, machacona, obsesiva, interminable y ubicua de un mensaje muy simple y muy básico; cuanto más simple y más básico, mejor. De ahí que los catalanistas todos, pese a haber regurgitado ya varios cientos de millones de veces esa falacia perfectamente gratuita, la invención consistente en afirmar sin soporte probatorio alguno que el ochenta por ciento de los catalanes desea fervientemente ser consultado en un referéndum de autodeterminación, persistan en continuar todos los días con su infundio favorito. Añeja y cansina trola, la del ochenta por ciento célebre, que acaba de ocupar un lugar de honor preferente en el argumentario de la delegación separatista, esa que se reunirá a merendar con el Gobierno de España en torno a una mesa camilla, dicen que con frecuencia mensual.

Y es que el ochenta por ciento resulta ser un porcentaje en verdad impresionante. Tan impresionante que si uno se entrega a un ejercito de aritmética escolar muy elemental, el de calcular cuántas almas en pena suponen el ochenta por ciento de los 7.500.000 habitantes empadronados en la demarcación que ahora mismo posee Cataluña, llega a la estupefaciente conclusión de que, menores incluidos, aquí, en el país petit, hay seis millones de soberanistas vergonzosos. Seis millones de los cuales la muy inmensa mayoría permanecería escondida de modo permanente en algún armario XXL. Y es que si aquí hay seis millones que quieren eso, tal como repiten sin cesar los loritos y loritas nacionalistas, la pregunta es por qué no los ha visto nadie nunca. Pues lo único seguro y cierto al respecto es que nadie los ha visto jamás. Ya de por sí se antoja un poco rarito que, siendo proclives a una consulta de autodeterminación ocho de cada diez catalanes, el partido ganador en las elecciones de ámbito doméstico resulte ser uno, Ciudadanos por más señas, que se opone a esa eventual consulta. Rarito, ratito.

Aunque no tan ratito como otro hecho empírico igualmente contrastado que nunca mencionan los publicistas oficiales de la trola. Me refiero a los datos de participación popular elaborados por los propios separatistas en aquella primera consulta ilegal organizada en su día por Artur Mas, el recordado luego como 9-N. Simulacro germinal dotado de toda la apariencia formal externa de un verdadero referéndum, incluida su preceptiva campaña de propaganda institucional en todos los medios de comunicación animando a la participación de los ciudadanos, en el que sucedió que un porcentaje bastante próximo al mítico ochenta por ciento, en concreto un setenta por ciento del censo, decidió abstenerse de acudir a los colegios electorales. Apenas un 30% de los catalanes reales, los de carne y hueso, se acercó a los puntos de votación aquel día. Únicamente un pírrico 30%. Y no se puede apelar al argumento de la intimidación policial, dado que el Estado, tal como se convertiría en costumbre durante los tiempos de Rajoy, ni estuvo ni se le esperaba durante la jornada de autos. Son una soberana máquina de mentir.

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