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La última purga de Colau

En el fondo y en la forma, ella, Colau, es la imagen del fracaso histórico del catalanismo y su mantra del "un sol poble".

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Inmaculada Colau y Joaquim Torra | EFE

Tras la defenestración por la vía de urgencia de aquel anodino y efímero Domènech, el del morreo célebre con Iglesias en el Congreso, Colau acaba de deshacerse ahora de Elisenda Alemany, la que fuera portavoz de lo suyo en el Parlament luego de otro despido disciplinario, el del inefable Fachín, ese buscavidas argentino sin oficio ni beneficio que, viendo que la dirección nacional del partido lo tenía en el punto de mira, entregó en bandeja la sucursal catalana de Podemos a Puigdemont a cambio de una propina personal en forma de algunas tertulias en TV3 y otras pequeñas dádivas para ir tirando y llegar a fin de mes. A Alemany, esa última caída en desgracia, se le había ocurrido alumbrar una corriente interna abiertamente separatista, separatista sin anestesias retóricas ni los enrevesados cantinflismos dialécticos tan marca de la casa. Rapto de sinceridad política que le ha costado el cargo. Porque, por encima de cualquier otra consideración, lo que no se puede permitir Colau en materia de lealtades nacionales es la verdad. De ahí lo fulminante de su reacción contra la vocera indiscreta.

Colau, que como la gran mayoría de los dirigentes de su partido es separatista en su fuero interno, sabe, sin embargo, que hacer expresa esa querencia íntima desnuda de la carga de ambigüedad calculada que preside todos sus pronunciamientos al respecto le costaría su futuro político. Colau es siempre ambigua no porque quiera sino porque no le queda más remedio que serlo. Cualquier pronunciamiento claro y sin ambages por su parte, ya fuese a favor del separatismo, ya contrario a él, llevaría a la ruptura del partido. Y ello porque los comunes resultan ser la fuerza política que más se parece a la Cataluña real. Y la Cataluña real, como nadie ignora a estas alturas del divorcio, está hoy formada por dos grandes compartimentos estancos que nada quieren saber ya el uno del otro. No se dice en voz alta porque eso todavía no puede decir en voz muy alta, pero la desoladora evidencia demoscópica certifica sin lugar a dudas que, aquí y ahora, el 90% de los catalanohablantes de origen vota a los partidos separatistas que patrocinaron el golpe de Estado de octubre pasado. Sensu contrario, el 90% de los catalanes de lengua materna castellana apoya, y con la misma determinación que los otros, a los partidos leales a España.

La única fuerza política donde esa fractura determinada por el idioma no se manifiesta (todavía) es precisamente el grupo de Colau. Grosso modo, en torno al 40% de sus electores son catalanohablantes nativos y, con diversos grados de visceralidad, independentistas. En cambio, el otro 60% de su base electoral es la formada por antiguos votantes socialistas y comunistas de las zonas metropolitanas del cinturón de Barcelona, donde, tras cuatro décadas de inmersión escolar compulsiva, el castellano continúa siendo absolutamente hegemónico. Una preponderancia social, la del español, que se traduce de forma casi mecánica en la adhesión sin fisuras al constitucionalismo. Y Colau lo sabe mejor que nadie. Por eso la indefinición crónica de la alcaldesa sobre el particular. En el fondo y en la forma, ella, Colau, es la imagen del fracaso histórico del catalanismo y su mantra del "un sol poble".

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