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José García Domínguez

¿Quién teme a la izquierda feroz?

Pese al mucho ruido interesado de las plañideras de turno, el PSOE no va a pasar a mejor vida tras el 'sorpasso' coyuntural de Podemos.

Pese al mucho ruido interesado de las plañideras de turno, el PSOE no va a pasar a mejor vida tras el 'sorpasso' coyuntural de Podemos.
Pedro Sánchez, en un mitin en el País Vasco | EFE

La izquierda ganará las elecciones. Salvo sorpresa de última hora, es lo que va a pasar, a tenor de lo que indica la tendencia dominante en todas las encuestas. Algo, el más que previsible predominio de Podemos en el flanco zurdo del Hemiciclo y la nueva posición subordinada del PSOE dentro de ese mismo bloque mayoritario, que, sin embargo, no debería permitir que se continúe abusando de las comparaciones con el caso griego. Entre otras razones, porque ni España es Grecia ni el PSOE un calco milimétrico del Pasok. A diferencia de su homólogo en el Egeo, el PSOE sufrirá un duro castigo, sobre todo en su maltrecho orgullo histórico, pero no morirá en el lance del próximo domingo. Como tampoco ha muerto, por cierto, el otro gran partido socialista ibérico, el portugués, pese a la muy humillante intervención del país a cargo de la Troika. Lleno de golpes y magulladuras, sí, pero sobrevivirá.

Al cabo, el Pasok ha desaparecido del mapa, engullido por Syriza, no por su obediente asentimiento ante la consabida receta de la austeridad prescrita por Bruselas, algo que hicieron con idéntica aplicación los socialdemócratas españoles, sino por los crónicos vicios populistas de la política griega. Porque el Pasok, al igual que Nueva Democracia, sí era un partido populista, esto es, una gran repartidora que se mantenía en el poder merced a premiar con miles y miles de pequeñas dádivas y favores personales a su clientela electoral. De ahí que en cuanto se acabó el dinero se acabase el Pasok. Vicio institucionalizado, la compra masiva, directa y apenas encubierta del voto con recursos estatales, que, por ventura, ni en Portugal ni en España ha prendido nunca con fuerza. Por eso, y pese al mucho ruido interesado de las plañideras de turno, el PSOE no va a pasar a mejor vida tras el sorpasso coyuntural de Podemos.

En similar orden de contrariedades, lo que el domingo se acabará de certificar ante las urnas es la profunda brecha generacional, que no de clases, que se ha llevado por delante al neoturnismo reinstalado en España cuando la Transición. Muy a su pesar, PSOE y PP son a día de hoy los partidos de los viejos, de los rurales, de los pasivos, de los menos formados y, por ende, de los menos informados. Triste circunstancia que debería invitar a las elites del establishment hispano a reflexionar acerca de lo inteligente y de lo inevitable en política. Porque lo inteligente hubiera sido dejar gobernar a PSOE y Ciudadanos, dos siglas completamente inofensivas para los intereses que se supone debería representar el Partido Popular, cuando aún era posible. ¿O acaso alguien lo duda a estas horas? En cuanto a lo inevitable, guste o no, habrá que ir contemplando ya la hipótesis de que, más pronto que tarde, Podemos gobernará en España. Tal vez ahora o tal vez dentro de cuatro años, pero gobernará. Y subirse a un barril de cerveza para imitar el gruñido del cerdo no hará que ello deje de ocurrir. Por tanto, antes de empezar a gritar convendría discernir si lo más lúcido es vedarles el paso de entrada, dejándoles en exclusiva el monopolio de la ira social, o por el contrario permitir que Iglesias se reencarne dentro de un mes en otro vulgar Tsipras. He ahí el dilema.

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