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¿Quién teme a UPyD?

UPyD está llamada a constituirse en la bisagra crónica que complemente las mayorías, cada vez más precarias, de PSOE y PP.

José García Domínguez
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Un partido a la izquierda del PSOE al que votan los que están a la derecha del PP. Si un turista australiano de paso por Barcelona me preguntase qué es Unión, Progreso y Democracia, creo que le respondería eso. Y no andaría lejos de la verdad. De muy antiguo es sabido que la política hace extraños compañeros de cama. Pero uno nunca hubiera imaginado, ni siquiera en la más febril y perversa de sus fantasías, a tantas señoras de misa diaria compartiendo lecho electoral con Fernando Savater. Cosas veredes, que decía el otro. A mí, si algo me hastía en política es la demagogia. Y Rosa Díez personifica la demagogia con faldas. Aunque reconozco que también me echa para atrás el olor del vinagre y, sin embargo, creo que es ingrediente imprescindible en toda ensalada que se precie.

Descartada por completo Izquierda Unida (nadie que habite extramuros de Maastricht puede formar parte hoy de una coalición de gobierno en Europa), UPyD está llamada a constituirse en la bisagra crónica que complemente las mayorías, cada vez más precarias, de PSOE y PP. Un mérito que, en puridad, corresponde más al extravío separatista del establishment catalán que al etéreo discurso programático de Díez, amalgama de vaguedades retóricas y moralina regeneracionista que únicamente se sostiene en pie gracias a su firmeza en la cuestión nacional. Durante las tres décadas que CiU representó idéntico papel, las reglas del juego en Madrid fueron simples hasta las mismas lindes de lo obsceno.

Por un lado, los grandes lobbies económicos podían meter cuchara en el BOE a placer utilizando como amanuenses a los siempre solícitos diputados de la Minoría Catalana. Por otro, socialistas y populares disponían de una cómoda coartada para hacer tragar aceite de ricino a sus respectivas bases sociológicas siempre que fuese menester. A cambio, CiU apenas exigía un salvoconducto de impunidad al presidente de turno, llamárase González, Aznar o Zapatero, a fin de ir deshilachando poco a poco las costuras de la Constitución dentro de su ínsula Barataria. He ahí la genuina ley no escrita por la que se vino rigiendo el país desde la transición, la que la torpe miopía estratégica de Artur Mas ha terminado por derogar. Y es que, aunque solo fuera por elemental instinto de supervivencia, UPyD no va a seguir jugando con esa vieja baraja trucada. El coro de loritos mediáticos que recita el mantra de que urge modificar la Carta Magna aún no se enterado, pero la verdadera Constitución fáctica ya ha sido reformada en las urnas. Y para bien.  

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