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José García Domínguez

Rivera no puede dimitir

La buena noticia para el sistema –y para los que creemos en él– es que Ciudadanos no va a desaparecer.

José García Domínguez
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La buena noticia para el sistema –y para los que creemos en él– es que Ciudadanos no va a desaparecer.
EFE

La buena noticia para el sistema –y para los que creemos en él– es que Ciudadanos no va a desaparecer. Perderá muchas actas de diputado el próximo 10 de noviembre, sin duda, pero el súbito derrumbe apocalíptico, ese que tantas voces interesadas vienen anunciando de un tiempo a esta parte con machacona insistencia, no se va a producir. El CIS acaba de mostrarse categórico al respecto. De hecho, y en el supuesto de que se acabara certificando en las urnas la estimación de resultados que les atribuye el Centro, objetivamente, el de los de Rivera sería un buen resultado. Un buen resultado, sí, pues lo en puridad extraño y disonante fue que una fuerza de esas características llegase en algún momento a coronar unos apoyos que casi la igualaran en representación y votos populares con la referencia tradicional de la derecha sociológica española, el PP. Algo que nunca hubiera sucedido si a los catalanistas con mando en plaza y ya en fase asilvestrada no les hubiera dado en el último minuto por cruzar el Rubicón del Código Penal cuando el 1 de Octubre.

Eso fue lo definitivamente anormal, que escalaran hasta esos 57 diputados que llevaron a Rivera a padecer del célebre mal de altura, con las consecuencias por todos conocidas. Esto otro que ahora les vaticina Tezanos, en cambio, es lo lógico. Y que la lógica política se reconcilie con la realidad debe ser siempre un acontecimiento a celebrar por las personas sensatas. Ciudadanos es una marca común bajo la que conviven dos partidos distintos, el catalán originario y el del resto de España, que en el fondo tienen poco que ver entre sí. El primero ha sido desde sus orígenes el contenedor llamado a aglutinar a una Cataluña hastiada de nacionalismo pero que en ningún momento ha dejado de seguir reconociéndose de forma muy mayoritaria en un marco mental propio de la socialdemocracia europea. Algo que, guste o no a sus actuales cuadros dirigentes, sitúa al partido catalán en una porosa frontera al otro lado de cuya línea divisoria se encuentra siempre el PSC.

Ese mismo PSC que ahora le va a hacer pagar muy caro a Arrimadas los erráticos bandazos estratégicos de su jefe en Madrid. Por el contrario, al otro lado del Ebro la marca Ciudadanos agrupa a un espacio político nuevo, el que se define por rasgos generacionales, de estilos de vida, nivel socioeconómico medio-alto y, sobre todo, por su común hábitat urbano. Y eso no es el PP. O ya no es el PP. La buena noticia, decía, es que Ciudadanos no va a desaparecer. La mala, por el contrario, es que el partido semeja condenado a depender hasta la eternidad del hiperliderazgo personalista de Rivera, un dirigente dotado con gran facilidad natural para la retórica y el uso instrumental de los medios de comunicación audiovisuales pero carente, en cambio, del poso intelectual preciso para poder definir un proyecto ideológico consistente. Un cordón umbilical vitalicio, el que nace y se retroalimenta del esfuerzo constante por tratar de rellenar el vacío doctrinal con el sucedáneo de la figura del líder, que dificulta en extremo la transición de jefaturas, al no existir ninguna argamasa más allá de la identificación personal con la figura de Rivera que dote coherencia interna a la organización. Por eso, y pase lo que pase el 10 de noviembre, Rivera no se podrá ir.

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