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Torra no quiere tumbar a Sánchez

Unas elecciones ahora solo se traducirían en un mayor afianzamiento mítico de la figura de Junqueras, elevado en el universo sentimental catalanista a protomártir de la patria tras la petición de la Fiscalía.

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Quim Torra | Cordon Press

Solemne, engolado y campanudo como suele, el testaferro Torra acaba de proclamar que ellos, el pueblo de Cataluña (el resto de los que vagamos por aquí, es sabido, somos turistas), no piensan apoyar los Presupuestos Generales del Estado. Aparatosa bravata retórica de la que, sin embargo, en absoluto procede inferir que los diputados catalanistas en el Congreso vayan a votar en contra de esos mismos Presupuestos Generales del Estado. Y de ahí que el mandado del Payés Errante se haya guardado muy mucho de especificar qué forma real y concreta adoptará ese repudio genérico suyo a las cuentas de Sánchez. Porque, más allá del posado gallardo que exige esa sobreactuación escenica permanente tan propia de la política española en el instante actual, el doméstico de Puigdemont es sabedor, al igual que su histriónico jefe, de que un adelanto electoral en nada les beneficiaría. Más bien al contrario. Inmersos en una batalla sorda entre apocalípticos e integrados –los hiperventilados de la partida irredenta del ido frente a los pragmáticos del interior, los herederos del espíritu mercantil y fenicio de la difunta Convergencia–, los cuadros dirigentes de Junts per Catalunya son conscientes de que la inopinada moderación y el realismo presentes de la Esquerra cada vez van ganando más apoyos entre ese 47% del electorado catalán que, pese a todo, aún se mantiene fiel al bloque separatista.

Desde la particular perspectiva de Junts per Catalunya, unas elecciones ahora solo se traducirían en un mayor afianzamiento mítico de la figura de Junqueras, elevado en el universo sentimental catalanista a protomártir de la patria tras la petición de la Fiscalía. Únicamente a eso. Así las cosas, y tras los alardes testiculares de rigor para consumo exclusivo de los sectores más acéfalos de su base electoral, lo más probable es que, llegado el momento de la votación, los diputados catalanistas opten por ausentarse del Congreso al airado modo, número circense que, permitiéndoles salvar la cara ante su clientela, serviría al tiempo para no tener que condenar al Gobierno de Sánchez. Por lo demás, bufonada que sería bien recibida por todos. A fin de cuentas, y pese al ubicuo ruido mediático en sentido contrario, a nadie interesan hoy unas elecciones anticipadas. Por razones obvias, no está interesado en ellas el bloque de la izquierda. Pero tampoco al PP de Casado le convendría ese escenario.

Tras una convocatoria andaluza en la que los resultados de la lista del debutante van a ser malos, la definitiva consolidación de la autoridad personal del nuevo líder entre las organizaciones territoriales del partido aún tardará en producirse. Y mientras eso no ocurra, verse forzado a encabezar antes de tiempo una campaña por la Moncloa podría resultar letal para él. Pero para que no se produzcan esas elecciones que en realidad nadie quiere tiene que haber unos números aprobados. Y la única manera de que los haya va a ser que Ciudadanos lo posibilite con una abstención de circunstancias a última hora. Secreto favor al resto de los partidos de oposición presentes en la Cámara que Rivera seguro sabrá capitalizar con las concesiones que, sin duda, Sánchez estará dispuesto a dar con tal de salir de ese atolladero. Tras todo el ruido y la furia que siempre exige el guión de la novísima farsa, es lo que con (casi) toda seguridad va a pasar.

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