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¿Y ahora qué?

El PSOE se ha suicidado. Guárdese ahora Ciudadanos de la tentación de entrar en el Gobierno.

José García Domínguez
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La Historia, como decía Mark Twain, no se repite, pero rima. Hace ahora cuatro años, apenas cuatro años, en junio de 2012, el nuevo líder del Movimiento Socialista Panhelénico, cierto Evangelos Venizelos que había orillado con no muy buenas artes a su antecesor Andreas Papandreu, decidió, por primera vez desde la fundación del partido, apoyar a un líder de la derecha, Antonis Samaras, para juntos formar un Gobierno de coalición. Acuerdo al que se sumó raudo un tercer partido que se decía de centro reformista, Izquierda Democrática, organización hoy en trance de disolverse tras no haber obtenido ningún diputado en el actual Parlamento griego. Samaras, que había ganado en las urnas gracias a un audaz programa electoral que prometía bajar los impuestos a todo el mundo y, al tiempo, aumentar considerablemente las pensiones y el importe del salario mínimo, presentó aquel pacto como un hito memorable que, al fin, haría posible llevar a cabo las perentorias reformas para sacar al país del atolladero. Por lo demás, el establishment local en pleno, desde los banqueros y los editores de los grandes medios de comunicación a la jerarquía de la Iglesia Ortodoxa, celebró con esperanzado alivio el pacto. En medio del contento general, solo hubo una nota discordante que empañaría la jornada. El Ayuntamiento de Atenas, controlado por una coalición de extrema izquierda de reciente constitución llamada Syriza, aventó desde el primer momento la movilización en las calles ante la traición, clamaban, de Venizelos. Y como el lector conoce de sobra el resto del guión, mejor vayamos a un punto y aparte.

El PSOE acaba de pasar por el tubo con esa obediencia mansa de las ovejas cuando las conducen al matadero. ¿Y ahora qué? Ahora, no queda otro remedio más que jugar la carta Venizelos por soleares, si bien al vergonzante modo, esto es, a escondidas y por debajo de la mesa. Lo único factible ya a estas alturas del descrédito del sistema es un Gobierno de gran coalición pero sin coalición ninguna, ni grande ni pequeña. A lo que todavía quede en pie del Partido Socialista dentro de medio año, que será poco, le va a tocar interpretar el papelón del Partido Campesino de Polonia cuando en el Kremlin nunca se ponía el Sol. Cualquier otro escenario se antoja, simplemente, inconcebible. Porque inconcebible sería que, tras investir a Rajoy, el PSOE (renovado) incurriera en la tentación infantil de juguetear con la idea de tumbarle el Presupuesto, disfrazarse otra vez de Robin Hood para eludir el nuevo tijeretazo de cinco mil millones que ha ordenado Bruselas o cualquier otra alegría iconoclasta por el estilo. Eso no va a pasar por una razón simple: porque no puede pasar. Ergo, aquí vamos a tener una oposición de pega, que será la señora de Sevilla, y una oposición de verdad, que será Podemos. Algo, la oportunidad de desposeer por completo al PSOE de las señas de identidad sentimentales de la izquierda, que ha entendido antes que nadie ese talento del circo mediático que responde por Pablo Iglesias. El PSOE reinventado a toda prisa en vísperas la Transición, un partido que no tiene nada que ver con aquel otro de Largo Caballero, Negrín, Prieto y Besteiro que desapareció para siempre tras la guerra, es un apéndice más del statu quo. Pero la suprema pericia escénica de sus dirigentes, desde González a Sánchez, ha radicado en no parecerlo. O por lo menos, en no parecerlo mucho. Y es que el PSOE siempre ha necesitado a la izquierda volátil, que era la que se tapaba la nariz para votarles, a fin de ocupar la Moncloa. Pero la izquierda volátil, ¡ay!, ha volado, y para siempre.

Con la propaganda política ocurre lo mismo que con los modelos en Economía: hay que comprenderla, pero no hay que creérsela. Y aquí, me temo, hay demasiados que, a fuerza de repetirla, se han acabado creyendo su propia propaganda. Da la sensación de que en algunos despachos importantes han terminado pensando en serio que la crisis española es endógena y no exógena, política y no económica, coyuntural y no estructural, episódica y no crónica, centrada en la identidad nacional y no generada por una fractura social. Algo, un desajuste profundo, que, sin embargo, podría ser susceptible de resolverse por medio de un abanico de reformas técnicas impulsadas por gestores honestos y competentes. Lo mismo que barruntaba Venizelos de Grecia y sus problemas en 2012. A los españoles nos gusta engañarnos; siempre nos ha gustado. De ahí que ya nadie parezca recordar a estas horas que España, su economía, no se acaba de desmoronar por el efecto combinado de dos azares artificiosos: el precio tirado de un petróleo que puede remontar en cualquier instante y los tipos de interés por los suelos que, de momento, mantiene el Banco Central Europeo. Un soma que no puede ser eterno, so pena de que quiebre el sistema financiero europeo. Más pronto o más tarde, la tormenta, pues, reaparecerá con toda su virulencia . Y cuando llegue, ahí estará el jefe de la pista de circo para recoger los frutos. El futuro del PSOE no se llama Susana Díaz, sino Evangelos Venizelos. Guárdese ahora Ciudadanos de la tentación de entrar en el Gobierno. Guárdese muy mucho si no quiere acabar como los terceros de Atenas.

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