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José García Domínguez

¿Y después de Rubalcaba qué?

La gran paradoja es que el genuino heredero de Zapatero, no otra cosa resulta ser Iglesias Ful, ha nacido extramuros del PSOE.

José García Domínguez
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La gran paradoja es que el genuino heredero de Zapatero, no otra cosa resulta ser Iglesias Ful, ha nacido extramuros del PSOE.

La biología importa. Claro que importa. Nadie puede aspirar a un puesto de trabajo cumplidos los cincuenta. Nadie. Guste o no, el libre mercado funciona así. Y tampoco nadie, al menos en España, este jardín de infancia vocacional, puede aspirar a la Presidencia del Gobierno con sesenta y ocho años a sus espaldas. Sesenta y ocho, la edad que tendrá Alfredo Pérez Rubalcaba en 2019, cuando, prescrito el ciclo clásico de dos legislaturas, el partido de la leal oposición vuelva a disponer de alguna oportunidad razonable de recuperar La Moncloa. A Rubalcaba lo ha defenestrado su libro de familia, no la crisis de identidad de la socialdemocracia. Y es que don Alfredo es demasiado viejo, demasiado calvo y quizá demasiado inteligente también para poder ganar unas elecciones con la marca del actual PSOE.

A falta, pues, de algo remotamente parecido a una confrontación de ideas, dispongámonos a disfrutar del espectáculo de navajeo entre clanes, facciones y bandas para designar sustituto. Sórdida reyerta de despachos y pasillos en la que están llamados a colisionar el poszapaterismo, esa quintaesencia de la nada que ahora se ha reencarnado en Chacón y el mozo Madina, y una de las ramificaciones periféricas del entramado clientelar de siempre, la reagrupada en torno a Susana Díaz. Un combate de final mucho más incierto desde que, a última hora, se ha colado en escena un invitado imprevisto: Pablo Iglesias Ful. La gran paradoja es que el genuino heredero de Zapatero, no otra cosa resulta ser Iglesias Ful, ha nacido extramuros del PSOE. Al cabo, si por algo se define el zapaterismo, esa enfermedad infantil del izquierdismo, es por el recurso a la pornografía sentimental como invariable sucedáneo del pensamiento político. De ahí, por cierto, que su terreno de juego predilecto fuesen los platós.

Y en ese campo, el del humo audiovisual, por mucho que se esfuercen, ni Madina ni Chacón le llegan a los talones a Iglesias Ful. Podemos, contra lo que todo el mundo había interpretado, no le siega la hierba bajo los pies a Izquierda Unida, sino al PSOE. A fin de cuentas, ese Iglesias Ful no es hijo ni de Marx ni de Lenin, como barruntan tantos simples de la derecha, sino de la telebasura. Razón última de su éxito, Podemos se maneja en el lenguaje simplón, primario y emotivo de la tele, no en el de los viejos tratados teóricos. Mayo del 68 significó el certificado de defunción de los partidos comunistas en Europa Occidental. La nueva generación, simplemente, hablaba otro lenguaje. Y la Gran Recesión de 2008 puede representar lo mismo para la socialdemocracia. Su seña de identidad, la alianza interclasista en torno al Estado del Bienestar entre los cuellos blancos de las capas medias y los trabajadores manuales, los cuellos azules, se está fracturando por el flanco de los nuevos excluidos. Esta maldita crisis se va llevar por delante a una generación entera, nuestra generación perdida. Es ese seísmo silencioso, no las cutres reyertas palaciegas entre Carme, Susana, Edu y Patxi, lo que está royendo, poco a poco, los cimientos sociológicos del PSOE. Una demolición por derribo que apenas acaba de empezar. Echaremos de menos a Rubalcaba. Al tiempo.

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