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José Luis Roldán

El parto de Susana

Transparencia, entonces, ¿para qué? Ya los conocemos, y sabemos de sobra qué hacen con nuestros dineros.

José Luis Roldán
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Transparencia, entonces, ¿para qué? Ya los conocemos, y sabemos de sobra qué hacen con nuestros dineros.

Ahora sí. Susanita tiene ya su ratón. Aunque la gestación de la criatura ha emulado la de la elefanta (¿qué otra cosa podía esperarse de quien tardó diez años en hacer Derecho?), el producto ha sido, sin embargo, una mísera ratona a la que ha llamado Ley de Transparencia. Hace más de un año que la Suprema –entonces sólo Susana la Magna- anunciaba con su característica retórica anacolutense el deseado advenimiento; decía sobre la gestación: "Está marcando un antes y un después en la elaboración de los proyectos de leyes (…) y se desarrolla bajo el convencimiento de que todo lo público es público"; y sentenciaba: "Mucha luz es la mejor vacuna contra la corrupción, que lamentablemente es uno de los elementos que está contribuyendo al descrédito de los ciudadanos". ¡Genial! Para no refutar a Samaniego, ella, como los montes de la fábula,

con estilo fanfarrón y campanudo
nos anuncia ideas portentosas;
pero suele a menudo
ser el gran parto de su pensamiento,
después de tanto ruido, sólo viento.

Pues eso es la primogénita del susanato, una ruidosa ventosidad totalitaria. Reúne todos los elementos: mentiras, propaganda y Partido. Es una ley -como todas las de este régimen- de chiringuitos aparentes (fantásticas escorias eminentes) para colocar adeptos. Como todo en el régimen, para que nada escape al control del partido. Todo remite al dedo omnipotente del líder. En cuyo nombre el Comisario Político por antonomasia, esto es, el consejero de la Presidencia (para que se hagan una idea: Manuel Gracia, Gaspar Zarrías o la propia Susana Díaz), dirige una tupida red de unidades, órganos y organismos diseñados para ejercer un control sutil; es decir, para garantizar en última instancia la opacidad.

La transparencia queda en la Junta en manos de la Comisión General de Viceconsejeros, que preside -¡cómo no!- el Comisario Político del Partido; y como no hay enchufados en San Telmo (que hasta los cocineros son de libre designación), se crea una secretaría de la transparencia (aquí podremos colocar a 15 o 20) para coordinar las 11 jefaturas (con rango mínimo de servicio, dice la ley) y las 11 comisiones de transparencia de las consejerías (aquí colarán no menos de un centenar, incluido el diezmo parasitario de IU).

Como órgano de control se crea el Consejo de Transparencia, aunque podría haberse llamado HAL 9000 o Big Brother o, en castizo, la ZCG, la Zorra al Cuidado de las Gallinas. Este consejo se proclama autoridad independiente, cuando lo que verdaderamente lo caracteriza es su sumisión y dependencia del poder. Su composición endogámica y gremialista apunta a los de siempre: el Parlamento (PSOE-IU), la Junta (PSOE-IU), los sindicatos (PSOE-IU), las universidades (PSOE), los consumidores (PSOE), los ayuntamientos (FAMP-PSOE) y los "expertos" o "personas de reconocido prestigio" (reconocido por el partido). ¿Suena la fórmula? Ha dado al régimen muy buenos resultados.

En suma, todo procede del mismo dedo: el del que mande en el PSOE.

Y por si no fuese suficiente tanta luz, que nos ciega, se crea también la Comisión Consultiva de Subvenciones (pero ¿todavía hay alguien por colocar?); se supone que con el objeto de organizar de modo eficaz la destrucción de los expedientes de ayudas fraudulentas, y ponerlos lejos del alcance de los jueces antes de que sea demasiado tarde, tal como ha denunciado a la policía el represaliado funcionario responsable del departamento.

No obstante, lo que para mí resulta más llamativo es que el PP haya perdido el culo para apoyar la ley. Cada vez se me antoja más claramente que a lo que aspiran es a heredar el cortijo. De otro modo no se entendería tanta abyección.

Y mientras todo esto sucede vamos conociendo que la UGT era una organización para delinquir (delincuir, en chaviano), que estafaba a los andaluces. Y va siendo patente que la Junta de Susana la Fea es cómplice de la sindicalista Carmen la Guapa en esa descomunal estafa; pues sigue sin incoar expediente sancionador a los mangantes.

Transparencia, entonces, ¿para qué? Ya los conocemos, y sabemos de sobra qué hacen con nuestros dineros.

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