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337.794 votos neutralizan, en estas horas infaustas, cualquier asomo de sonrisa.

José María Albert de Paco
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337.794 votos neutralizan, en estas horas infaustas, cualquier asomo de sonrisa.
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Ha sido una lástima que los diputados del PP enarbolaran las banderas catalana y española para escenificar su rechazo a la sedición, porque hasta ese instante las cámaras de televisión mostraban el hemiciclo dividido en aproximadamente dos mitades: a la izquierda, la bancada golpista; a la derecha, la demócrata. (Y entre ésta y aquélla, el seráfico promedio, ay, entre golpismo y democracia). La imagen, no obstante, se ha hecho trizas en cuanto Albiol y los suyos han convertido el Parlamento en una suerte de fondo norte, ignorando, una vez más, que al hooliganismo no se le combate con hooliganismo, y que la rojigualda no es, no puede ser, el gato de Los Suaves. Cuánto más eficaz habría sido el desprecio a los facciosos si las señorías del PPC se hubieran limitado a puntuar la algarada del modo como lo han hecho los representantes de Ciudadanos y del PSC: aguantando el chaparrón entre sofocos. Sofocos, sí: el pleno ha ilustrado hasta qué punto el celebrado prestigio de la política catalana ha sido una superchería. Véase Anna Gabriel, la diputada de la CUP, quien, tras su "bon dia a tothom" (buenos días a todo el mundo), ha creído necesario aclarar que con tothom aludía a hombres y mujeres ("Homes. Dones", ha puntualizado enigmáticamente), quizás porque la fórmula "señoras y señores" no le parece suficientemente revolucionaria. A esta oclusión, necesariamente intestinal, han quedado reducidas las ínfulas europeas de Cataluña. Entre las razones que han movido a Gabriel a declarar obligatoria la felicidad destacaban, como es habitual en esta clase de soflamas, las estrictamente literarias. Así, antes de llegar al minuto 1 de su intervención, la cupaire ya había recurrido dos veces al sintagma "sufrimiento-del-pueblo-catalán" (cómo habrá de ser ese sufrimiento que ha acabado por convertirse en un siniestro ritornelo, en una muletilla sin más sentido que el de su reverberación en el púlpito: cintorismo, en fin, en sede parlamentaria). En esa vorágine (re)creativa, la realidad apenas ha devenido en orificio donde clavar la pértiga: "[sic] Aquellas niñas que iban a trabajar a la fábrica y se subían a una caja de madera para poder llegar al telar, esas mismas niñas a las que en la escuela les decían que el catalán era una lengua que no merecía ser hablada ni pensar en ella, y estas niñas que no entendían que la lengua en que las quería su madre (tan cansada de tanto trabajar) pudiera ser tan pisoteada [sic]". El carácter netamente escolar, como de taller de Semana Cultural, de la lectura de Gabriel, se ha hecho patente asimismo en la paráfrasis de Jaume Sisa y su grácil "Qualsevol nit", si bien la incontinencia más llamativa es la que le ha llevado a decir, de los "torturadores" de Vía Laietana, que eran unos "sádicos", sin sospechar siquiera que los estaba ennobleciendo. Gabriel, en fin, ha confirmado punto por punto una sentencia de Juan Domingo Perón que, sin ser tan célebre como su geografía del ridículo, es igualmente instructiva. "Nada peor", esculpió el mandatario argentino, "que un bruto con inquietudes". Con todo, 337.794 votos neutralizan, en estas horas infaustas, cualquier asomo de sonrisa.

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