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'El País' y Zoe Alameda

Uno de los efectos más inquietantes del caso Zoe concierne a la precariedad de la vida intelectual española.

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Uno de los efectos más inquietantes del caso Zoe concierne a la precariedad de la vida intelectual española. Cualquiera de los doce artículos que la exmujer de Carlos Mulas publicó en El País debería mover a este periódico a reconsiderar los criterios bajo los que apadrina a un autor. Apadrina, sí: el aire elogioso que presidían las menciones a la autora invita a pensar, más allá de la flojera de las aduanas, en un espaldarazo a su carrera. Sólo así se explica que Juan Cruz la incluyera invariablemente, y a modo de rutilante promesa, en artículos dedicados a la joven narrativa española. O que Juan José Millás, tras la lectura de la novela Sueños itinerantes, opera prima de Zoe, dijera estar "sobrecogido", según nos cuenta la misma autora. O que se publicara una carta al director cuyo firmante decía, sin inmutarse: "Vista la clara lucidez de esta joven reflexiva de 33 años...". O, como bien advertía Arcadi Espada, que el crítico Francisco Solano afirmara que la mencionada novela revelaba a

una autora de portentosos registros, de ambición desmesurada, de una potencialidad verbal irrefrenable, con un estilo invisible capaz de recoger el desquiciamiento mental de nuestro tiempo.

Lejos de mi intención fingirme escandalizado por los artículos de Zoe. Entre otras razones, porque no es infrecuente que los diarios traigan basura. Lo que no traen, no obstante, son trabajos de la ESO:

Mientras para Zapatero el hombre es bueno por naturaleza (Rousseau) y la sociedad se basa en la libre voluntad de convivencia, para Rajoy el hombre es malo, un lobo para sí mismo (Hobbes: Homo homini lupus), y la función del Estado consiste en la represión moral, la vigilancia y el castigo.

Habrá quien considere que el hecho de que los artículos de Zoe sean anémicos no impugna la posibilidad de que sus novelas sean magníficas. Yo tiendo a pensar que no hay dos inteligencias, una para la ficción y otra para la no ficción, y hasta hoy, tanto Suso de Toro como Mario Vargas Llosa me han dado la razón.

Sea como sea, que El País haya consentido y aun celebrado artículos de esa naturaleza es un (nuevo) síntoma de la degradación que viene sufriendo el periódico, que, no obstante, no es la única institución que ha quedado retratada. No en vano, y además de articulista de El País y novelista de fuste, Irene Zoe Alameda es investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Con el presidente de dicha entidad, precisamente, mantiene una conversación a propósito de las relaciones entre ciencia y literatura, en un artículo auspiciado por Cruz. Así, que Zoe llegara a dirigir la delegación sueca del Instituto Cervantes resulta una mera decantación curricular, y acaso evidencia que no se ha terminado de calibrar la influencia de aídos y pajines en el menudeo de cargos vinculados a la Administración. Porque eso, una pajín con glamour, es lo que hay tras el pseudónimo de Irene Zoe. 

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