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Leyenda del equidistante

La tensión que agarrota la política española, alimentada en Cataluña por el sector independentista y en el resto de España por el Gobierno, está llegando a extremos preocupantes.

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La tensión que agarrota la política española, alimentada en Cataluña por el sector independentista y en el resto de España por el Gobierno del Partido Popular, está llegando a extremos preocupantes. Mientras los primeros vienen amenazando con proclamar una república independiente, los segundos no han hecho sino acrecentar el malestar de una significativa mayoría de catalanes.

Las probables deficiencias de la ley de transitoriedad, también llamada "de desconexión", no deben hacernos perder de vista que el presidente del Gobierno ha despachado con indiferencia, y aun cabría decir que con una clamorosa ausencia de calidez, las legítimas demandas del pueblo catalán, que han discurrido siempre, conviene no olvidarlo, por cauces estrictamente pacíficos. Y si bien es verdad que el catalanismo, antaño razonable y constructivo, se ha escorado en bloque hacia un radicalismo cuando menos inquietante, y que el Govern se halla condicionado por un partido, la CUP, cuyo encaje en la vida institucional presenta alguna que otra complejidad; aun siendo eso verdad, no lo es menos que ese radicalismo no sólo tiene sus causas en la existencia de un sustrato independentista, sino también en la cerrazón que lo ha reverdecido.

El tan cacareado choque de trenes, presagio de un desenlace abrupto (confiemos en que no se produzca ningún brote de violencia, siempre condenable vddv) del conflicto entre España y Cataluña, remite a su verdadera raíz, cual es el desencuentro entre obtusos de uno y otro signo. El PDCat y ERC deberían poner fin a su deriva arbitraria, por más que ello suponga sacrificar su programa de máximos y defraudar a sus votantes, y Rajoy debería tender la mano a Puigdemont, pero no para retirársela en cuanto éste pronuncie la palabra independencia, sino para, con ese gesto, iniciar un diálogo que desbloquee el contencioso.

Sólo el mutuo reconocimiento en la discrepancia y la adopción de una política más asertiva, más empática (especialmente por el lado del Partido Popular) podrán amansar unas aguas que, a estas alturas, bajan ya demasiado revueltas.

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