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La denigración de España es tan habitual en Cataluña que al menos tres generaciones de catalanes la perciben como un fenómeno atmosférico.

José María Albert de Paco
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La denigración de España es tan habitual en Cataluña que al menos tres generaciones de catalanes la perciben como un fenómeno atmosférico.

La denigración de España es tan habitual en Cataluña que al menos tres generaciones de catalanes la perciben como un fenómeno atmosférico, como si, en cierto modo, se tratara de uno de esos calabobos frente a los que uno no cree necesario guarecerse. En el caso de los medios de comunicación catalanes, no obstante, el empapamiento no guarda relación con la sutileza de la llovizna, sino con su carácter antediluviano. Desde que tengo uso de razón, España y todo aquello que llevara el lacre de lo español (un gobernador civil, sí, pero también una soleá o una cereza del Jerte) han estado imbuidos de un halo de maldad que les ha hecho acreedores, como poco, de una broma fugaz e inaplazable, de esas que se zanjan con la mitja rialleta.

Una de las formas más distinguidas de ese desprecio por España es el afán de redención, actitud que, como saben, se funda en la presunción de que el redimido es inferior al redentor, así con las putas como con las países. No, no sólo me refiero a Cambó, al Maragall de la "Oda a España" o a su nieto, el de la Oda al 3%. La misericordia catalana para con lo español alcanza al mismísimo David Fernández (Don Sandalia, sí), que va alardeando por ahí que él no tiene nada contra las gentes del resto del Estado, como si el grado evolutivo de esos especímenes no fuera suficiente para captar la mucha bonhomía que entraña la demolición del Estado por el que son ciudadanos en lugar de boletaires.

Pero lo habitual, ya digo, es que esa superioridad se exprese de una forma más indisimulada y chabacana. Y que, si la escaramuza rebasa el umbral de lo que una sociedad como la catalana, fervorosamente enferma, considera tolerable la reprimenda no vaya más allá de los cinco minutos en la silla de pensar. ¿Recuerdan el programa Bestiari Il·lustrat, en el que aparecía un individuo que simulaba tirotear al rey de España, a Salvador Sostres y a Fèlix Millet? Pues bien, esto es lo que dijo el CAC en aquella ocasión, acaso más impelido por las circunstancias ambientales, eso que Cruyff, en uno de sus hallazgos, llamó el entorno, que por la moralidad de sus consejeros:

La violencia que caracteriza el universo creativo del invitado se refería sólo a las palabras, como también [sic] las armas eran de atrezzo.

Una disculpa, en efecto. Tras un benévolo "hombre, hombre…", tan eufónicamente entonado como lo haría Serrat, la Junta de Censores exhibía los presuntos atenuantes a que, en todo caso, había de acogerse el catalanismo ante el obvio linchamiento que estaba sufriendo Domínguez a manos del españolismo. Así discurren.

Numerosos opinantes de signo nacionalista han señalado en más de una ocasión el riesgo que entraña banalizar el fascismo. No puedo estar más de acuerdo, y así mismo lo he hecho constar más de una vez. Emparentar Cataluña con el nazismo es un error, sí. Ocurre, no obstante, que esta misma semana el coche de Victoria Fuentes, dirigente de C’s en Tarragona, amaneció embadurnado de mierda. Se trata, por cierto, de la misma Victoria Fuentes a la que un tipo, tras identificarla como militante de ese mismo partido, propinó un puñetazo durante unas fiestas de pueblo, a principios de julio. Y claro, a eso hay que ponerle un nombre. Y el nombre que más se le aproxima no es otro que nazismo. Siempre, claro está, que las palabras no sean de atrezzo.

En cualquier caso, esos opinantes saben perfectamente de qué les hablo, tanto como Artur Mas sabía de qué le hablaba Maragall cuando le espetó que tenía un problema. No en vano, y por más que esa estrategia retórica resulte temeraria, también ellos la utilizan. Así, por ejemplo, el periodista Vicent Partal, director de Vilaweb, trató de explicar, en sesión continua, por qué el PSC basculaba hacia el fascismo, yermo habitado por el PP y C’s; achacó la fabricación de pruebas contra la familia Pujol (¿?) a "la marca del franquismo"; o acusó a los dirigentes del PP de ser "franquistas sin franquismo". Del mismo modo que Salvador Cot, director de Nació Digital, emparentó a PP, C’s y Falange dos días antes del 12-O; o convino, con el dibujante Jap, en que la curva de A Grandeira en que descarriló el tren de Santiago era, en efecto, una curva Marca España. ¿Y qué, le faltó decir?

A ellos, por descontado, el CAC no les levantará la mano.

(Si creen que lo que antecede es pura demagogia, ya les digo yo que no: la demagogia viene ahora. El presupuesto de la Junta de Censores para 2014 es de 5,2 millones de leuros, que diría Carlos Herrera, de los que casi 700.000 corresponden a altos cargos. O lo que es lo mismo: estos seis individuos se repartirán 700.000 -más 200.000 para colaboradores-. El segundo de la columna de la izquierda se parece sospechosamente a Daniel Sirera, pero yo sigo diciéndome que no, que es imposible que sea él).

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