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Entre españoles, ninguna otra corrupción ha tenido más prestigio que la que hacía por desintegrar España.

José María Albert de Paco
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Es costumbre que los nacionalistas catalanes a quienes la justicia pide cuentas se presenten ante el juez acompañados de cincuenta, cien o doscientos abajofirmantes. Así ocurrió en 2000, cuando el rector de la Universidad Rovira i Virgili, Lluís Arola, procesado por sancionar a una profesora que tradujo al castellano las preguntas de un examen, se personó en el juzgado arropado por otros catorce rectores y centenares de correligionarios. Según consignaba la noticia de El País,

el contraste con la otra parte, la denunciante, era total; Josefina Albert llegó a los juzgados acompañada de su abogado y un amigo.

En 2013, el entonces número dos de CDC, Oriol Pujol, hizo el paseíllo en compañía de la plana mayor del partido, que, sin ningún asomo de rubor, defendía que la mediación del hereu en el reparto de estaciones de ITV era un "servicio público". En 2015, con la declaración de Artur Mas, llevado en volandas ante el TSJC por una cohorte de alcaldes afines y otros dos mil desocupados, la cíclica romería convergente alcanzó su más alta cota de barroquismo. Como es sabido, el precursor de esta clase de kermeses, el arquitecto del relato que ha devenido, a su vez, en fuente de legitimación de este virreinato calabrés, es Jordi Pujol, quien, a raíz de la querella de Banca Catalana y su reelección como presidente en 1984, realizó el trayecto desde el Parlamento a la Generalitat escoltado por ochenta mil personas. Del carácter intimidatorio, profundamente reaccionario, de aquella manifestación puede dar fe el socialista Raimon Obiols, al que la muchedumbre llenó de salivazos al grito de "botifler". Desde entonces, repito, CDC y sus restos del naufragio han tratado de presentar los muchos casos de corrupción en que se han visto envueltos como un ataque a Cataluña. Es probable que no haya en España un partido que haya sido investigado por un repertorio tan variado de delitos. Lo que parece seguro es que ninguna otra formación ha respondido ante los jueces con la misma bravuconería.

Ahora imaginen que el PP hubiera salido en tromba a defender a Rita Barberá. Y que le diera por organizar un cortejo a las puertas del juzgado para reivindicar su inocencia. Y que Mariano Rajoy (secundado por Soraya, De Guindos, Hernando) se autoinculpara en nombre de España. Porque de esto y no otra cosa estamos hablando. El diputado Francesc Homs no tendrá ningún problema para sentarse de nuevo en el Congreso o donde quiera que el aparato lo destine. Y eso a pesar de haber recibido, siquiera simbólicamente, un sms que reza "Sigues fort, Quico". El mérito del separatismo es haber persuadido a sus adversarios (sobre todo, a sus adversarios) de que el remitente de ese sms es Cataluña. Y el demérito del Estado, haberlo consentido. Homs no-ha-robado-como-Bárcenas, pero la naturaleza de lo que se le achaca es, para lo que nos ocupa, irrelevante. O tal vez no: al cabo, y entre españoles, ninguna otra corrupción ha tenido más prestigio que la que hacía por desintegrar España.

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