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El espíritu de la Transición

Encarnó todas las virtudes (y también casi todos los defectos) de aquella sociedad: impaciente por iniciarse en la política pero convencida de que la política no lo es todo.

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A Adolfo Suárez se le pueden reprochar muchas cosas. No fue capaz de crear un partido de centro derecha y la UCD, un conjunto poco hilvanado de grupos y aspirantes a estrellas, acabó contribuyendo a la destrucción de su creador, y a la de cualquier posible partido de centro derecha durante mucho tiempo. A Suárez, fiel reflejo en esto de lo que era y sigue siendo el centro derecha español, tampoco le interesó la elaboración de una posición ideológica, con lo que durante mucho tiempo el centro derecha español no tuvo nada que oponer a la izquierda en términos de ideas y de propuestas.

También es posible que, si hubiera sido capaz de promover un partido consistente, o un conjunto de ideas claras, no hubiera sido capaz de hacer lo principal, que era transitar pacíficamente, sin una etapa revolucionaria, de una dictadura a una democracia. A menudo se le ha reprochado a Suárez su falta de voluntad para sacar las lecciones de la historia, pero es posible que Suárez tuviera muy en cuenta lo ocurrido en 1931, otra transición pacífica que desembocó muy pronto en un régimen de intransigencia y de exclusión.

La figura y la labor de Suárez fundamentaron la posibilidad de la convivencia de una forma completamente original. Suárez, efectivamente, además de ser el artífice práctico de la Transición era la encarnación viva del centro político: su persona abría la posibilidad del diálogo entre posiciones discrepantes y, por eso mismo, hacía posible la discrepancia.

Siendo un político absoluto, sin mezcla de cualquier otro interés que no fuera la política, Adolfo Suárez representó como nadie la España de los años sesenta y setenta: una España sin miedo ni complejos, dispuesta a superar cualquier obstáculo y abierta a un mundo muy distinto de aquel en el que la dictadura habría querido mantenerla. Ni la ruina de las instituciones de la dictadura ni la ruina económica del país, más grave aún que la presente crisis, le detuvieron, como no detuvieron a los españoles de aquellos años.

Desde esta perspectiva, Suárez encarnó todas las virtudes (y también casi todos los defectos) de la sociedad de su tiempo: impaciente por iniciarse en la política pero convencida de que la política no lo es todo. ¿Ingenuidad? Es posible, pero también ahí, en ese espacio de libertad, se jugó el éxito de la transición a la democracia.

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