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José T. Raga

Cabe una envidia sana

En España no sólo no dimite nadie, sino que cuando hay que cesar a alguien se le busca un empleo con más remuneración y menos responsabilidad.

En España no sólo no dimite nadie, sino que cuando hay que cesar a alguien se le busca un empleo con más remuneración y menos responsabilidad.
Boris Johnson en la puerta de Downing Street | EFE

Naturalmente que sí. La propia Real Academia Española distingue nítidamente dos tipos de envidia: el primero es el que consideraríamos pernicioso, como tristeza o pesar del bien ajeno. Una envidia que no se circunscribe a desear el bien que tienen los demás, sino que el bien obtenido por otros, devenga en mal irreparable.

De aquí que la envidia, en esta acepción, sea uno de los siete pecados capitales. Para Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, la envidia es un absoluto moral, dado que no tiene medida; no se puede tener poca o mucha envidia, sino que desde su existencia, no tiene límites generando, además, odio con el envidiado.

La otra acepción en el Diccionario de la RAE es la emulación, el deseo de algo que no se posee. Podría ser también moralmente perversa, cuando derivase en codicia. Sin embargo, por sí misma es el deseo intenso de imitar e incluso superar las acciones ajenas, y ello por medios lícitos que se centrarán, en último término, en el esfuerzo del emulador.

Este es mi caso en este momento, envidiando a países a los que desearía que se emulasen en el nuestro. Reconozco que desde mis dieciséis años que disfruté de una beca del Ministerio Español de Asuntos Exteriores (Dirección General de Relaciones Culturales) para un colegio en Hertfordshire, tengo un cierto componente anglófilo, sin privarme de mi españolidad.

Dicho esto, me permito formular una pregunta para que los lectores den la respuesta que consideren más acertada. ¿Cuántos Ministros, Secretarios de Estado o Directores Generales han conocido en el Gobierno del Presidente Sánchez que hayan presentado su dimisión irrevocable? Más aún, ¿si alguno lo ha hecho, cuántos lo hicieron porque su conciencia no estaba tranquila?

Supongo que ya saben por dónde voy. Me refiero a la dimisión del Primer Ministro Británico, Boris Johnson, forzado por las numerosas dimisiones de Ministros y Altos Cargos, motivadas, a su vez, por las razones explicitadas de sus decisiones.

¿Acaso esperan también los españoles integridad por parte de su Gobierno, tal como dijo Rishi Sunak, Canciller de la Hacienda en el Gobierno de Boris Johnson, que esperaban los británicos del suyo?

En España no sólo no dimite nadie, sino que cuando hay que cesar a alguien por razones bien fundadas se le busca un empleo con más remuneración y menos responsabilidad. ¿Responsabilidad? ¡Vaya eufemismo!

Aquí, nadie es responsable de nada ni ante nadie. Los ministros, en cuantía notable, se enfrentan al Presidente que los ha nombrado, y éste mira hacia otro lado, sin tomar medidas que penalicen su actitud crítica o rebelde.

A estas y otras cosas semejantes se debe la imagen deteriorada de nuestro país, y, contrariamente, es por lo que yo admiro al Reino Unido. Aquí, el Presidente (poder ejecutivo), domina por los pactos y la esclavitud de la disciplina de voto a Las Cortes (poder legislativo) y trata de dominar, mediante los nombramientos, al Poder Judicial, que es el único que nos queda a los españoles.

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