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He leído tantas exageraciones en la segunda muerte de GGM que no reconozco el terreno que piso.

Juan Carlos Girauta
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Ahora lo entiendo todo. A la muerte de GGM se les ha disparado la lírica retenida de cuando leían, porque cuando leían eran jóvenes y se comían el mundo y descubrían por primera vez cada metáfora y sus dotes se desperezaban y todo era Macondo. Ahora lo entiendo, cuando me topo estupefacto con los delirantes ditirambos, que son cantos, obvio es, a sí mismos, son la ilusión de un coto cerrado de libros donde no han envejecido ni se han descuidado ni el tiempo ha corrido ni otros han metabolizado diez veces sus lecturas antes de cumplir los veinticinco. A sus cincuenta y trece. Joder.

He leído tantas exageraciones en la segunda muerte de GGM que no reconozco el terreno que piso. Resulta que esos jefes de opinión y esos guardianes de la profesión y esos estirados puntillosos con visera virtual dejaron de leer o dejaron de entender hace treinta años largos. Con la democracia, digamos. Ahora que viene la democracia, no tendremos que abrir más libros, debieron decirse. Y se recuerdan boquiabiertos, tocados en la fibra de un ritmo verbal y de unos colores vocales y de unos arrullos consonantes y de unas visiones psicotrópicas que cierta literatura americanizante ha explorado de antiguo, con éxito. Admitamos la debilidad por los amores de juventud. Por los amores propios, los narcisismos, los onanismos de juventud, que es de lo que se trata en realidad. Pero hombre, hombre, hombre, quedarse ahí y ponerse histéricos ahora con GGM, qué delación de las propias carencias. Vaya cagada.

Borges le da quinientas vueltas en todo, aunque es cierto que para hacer un reloj suizo con palabras es más adecuado el relato corto que el género de la novela, que el argentino nunca exploró. Borges era demasiado pudoroso para escribir historias de amor (con apenas una excepción, discretísima), pero ni borracho lo imagino acudiendo a Corín Tellado para asesorarse, como hizo GGM cuando preparaba lo de los tiempos del cólera. Corín Tellado. Y luego está el título favorito de los redactores españoles: crónica de tal. "Me has matado", decía aquel. Qué escena. No sé si pensar en Tarantino o en Tintín ("Ramón Tortilla, tú me has matado". La oreja rota). No culparé al doblemente muerto de esa manía de sus lectores con puesto en redacción, que lo convierten todo en la crónica de algo anunciado. Pero vale para reconocer el fenómeno del literato al que leen los que no leen. Como era literato de verdad, les tocó muy adentro. Ahora no pueden disimular el dolor por todo lo que han dejado de hacer. Lo siento, lo siento. No haberse descuidado tanto.

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