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LOS HIJOS DE LA LUZ

César Vidal en estado puro

Sorprende que César Vidal presentara esta novela a un concurso cuyo jurado presidía un conocido rojeras. No sólo la condena absoluta y sin paliativos de la revolución francesa le garantizaba el rechazo de Bonald, sino que un mínimo conocimiento del pensamiento y la obra de Vidal llevan a una rápida identificación del autor. Y es que en esta novela están presentes la grafología, las virtudes del protestantismo, la maldad de la masonería y la aversión al totalitarismo.

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Los hijos de la luz es una novela policíaca ambientada a finales del siglo XVIII entre Baviera y Francia. Está estructurada en torno a dos investigaciones policiales y la presencia de un testigo horrorizado ante los excesos revolucionarios, sin aparente relación con las pesquisas que tienen lugar en la localidad de Ingolstadt; episodios separados por el tiempo pero entretejidos en la narración. Esta estructura permite a César Vidal mantener el interés del lector en todo momento, pues cada uno de los relatos paralelos suele dar paso a otro en el momento más interesante, cual serial radiofónico de antaño.
 
De los tres, el más interesante y logrado es el retrato que pinta con unas pocas pinceladas del Estado totalitario que fue la Francia revolucionaria. No es de extrañar que horrorizara “ideológicamente” a Caballero Bonald, pues ningún comunista puede estar cómodo ante un vistazo honesto a la realidad –que no de las siempre benévolas intenciones– que las revoluciones de izquierdas han traído siempre consigo. Vidal nos deja asomarnos a una ejecución en la guillotina, al hambre provocado por el régimen o a la venganza de unos campesinos hartos de revolucionarios.
 
Sin embargo, quizá donde más se le pone a uno la piel de gallina es cuando Vidal baja a las relaciones entre los habitantes de esa Francia sumergida en el miedo. Nadie se atreve a hablar, por temor a una incentivada delación. Comprar o vender comida se convierte en un acto que te puede acarrear prisión. El tratamiento que se da a los convictos en la cárcel recuerda en su crudeza y brutalidad al Archipiélago Gulag narrado por Soljenitsin y a los trenes que llevaban a los infelices hacia el campo de concentración.
 
César Vidal.La parte más policíaca de la novela se centra en la infructuosa investigación de un crimen en que la víctima fue violada previamente y en la búsqueda de Espartaco, desconocido autor de una especie de manifiesto progresista cuyas intenciones son capaces de inquietar al meticuloso policía Wilhelm Koch. Éste solicitará los servicios de un sabio del lugar especializado en grafología, cuya ciencia va siendo desvelada al lector mediante pequeños injertos en la novela que llevan por epígrafe 'Del cuaderno de estudios científicos del profesor Lebendig'.
 
La capacidad casi profética que se atribuye a la grafología requerirá cierta suspensión de la incredulidad; un lector avezado de novelas de fantasía y ciencia ficción, como es un servidor, no tendrá demasiados problemas para hacerlo, aunque no es de descartar que pueda disgustar más a otros.
 
Muy pronto, Lebendig convencerá a Koch de que Espartaco pertenece a una logia masónica. La descripción de esta sociedad secreta muestra a un autor que, por decirlo suavemente, no es muy partidario de la misma. Por eso, pese a que la novela es principalmente una obra de entretenimiento, no es difícil ver en ella una hija intelectual de Los masones. Puede que esto dificulte su disfrute entre lectores de izquierda, si su sectarismo es mayor que el de los de derecha, que se han tragado El Código Da Vinci como si tuvieran hambre atrasada a pesar de que, supuestamente, debería ofenderles en grado sumo.
 
No obstante, al igual que la obra de Dan Brown, y pese a la mucha mayor solidez de su trasfondo histórico, Los hijos de la luz es una obra de entretenimiento, y en el arte de entretener triunfa con honores. Es una apasionante novela de misterio, con una pareja de investigadores de caracteres bien distintos pero que se aprecian y respetan y un final que, como afirmó Zoe Valdés, "da una forma diferente de ver el mundo".
 
No está mal que, además, prevenga contra los iluminados, los que pretenden saber cómo arreglar el mundo con tal arrogancia que creen justificado hacerlo a costa de nuestra libertad, sean o no masones.
 
 
César Vidal: Los hijos de la luz. Plaza y Janés, 2005. 344 páginas. Obra galardonada con el premio Ciudad de Torrevieja. Incluye un relato de Zoe Valdés.
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