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OCCIDENTALISMO

El Islam, contra Occidente

A nadie se le escapa que la gran amenaza a que se enfrenta Occidente es el Islam. Evidentemente, esto no es del todo cierto, porque hay quien piensa aún que la religión del Corán sólo predica el amor al prójimo y trata a las mujeres como las feministas desearían. Nada más lejos de la realidad: la yihad pretende exterminar a los infieles para, en las cenizas de la civilización occidental, erigir el Imperio de Mahoma.

Gorka Echevarría Zubeldia
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El libro que comentamos esta semana, Occidentalismo, es un interesante análisis de las ideas que mueven a los seguidores de Ben Laden, principalmente, porque rastrea en el legado que los propios occidentales han brindado a los asesinos de Alá.
 
Fueron precisamente occidentales quienes comenzaron a criticar el sistema de libertades en que vivían. Empezando por los románticos alemanes, que renegaban del mundo moderno y miraban atrás en búsqueda de una Arcadia feliz, la izquierda y la extrema derecha se unieron en su deseo de destruir el materialismo reinante.
 
De hecho, como señalan los autores, según esta visión sesgada de la realidad, "Occidente adora la materia; su religión es el materialismo y la materia, a ojos del maniqueísmo, es el mal (…) Por este motivo, en 1998 Osama Ben Laden hizo un llamamiento a todos los musulmanes para que participasen en una guerra santa contra las 'satánicas' tropas de Estados Unidos y los demoníacos aliados que las respaldaban". Por su parte, Marx calificó a los capitalistas judíos de "ladillas" (sic).
 
Sin duda, ambos, tanto el líder del terrorismo islamista como el mentor de los genocidas soviéticos, partían de un mismo resentimiento hacia la sociedad de los derechos humanos y las libertades: uno, aun habiendo vivido en Alemania buena parte de su vida; y el otro, pese a haber disfrutado de una educación exquisita en ese maldito mundo secular.
 
Para ambos, lo ideal tenía que llegar de la mano de la fuerza que acabara con la corrupción de la actual Sodoma. La purificación vendría, en el caso de Marx, del proletario, el elegido para efectuar el cambio preciso que superara el estadio capitalista. Osama, en cambio, creía que sólo su versión del Islam podría cauterizar las llagas putrefactas de un Occidente henchido de amor al dinero y desprecio a la verdadera religión. Sólo las suras de Mahoma traerían la verdadera paz social y la igualdad de todos.
 
El resultado del marxismo fue atroz. Según los autores, los jemeres rojos "dejaron Phnom Penh convertida en una ciudad fantasma". Las escuelas fueron transformadas en cámaras de torturas, y "más de dos millones de personas" fueron pasadas a cuchillo. Años más tarde, los talibanes afganos cortaban los testículos al presidente Najibulá y lo asesinaban sin miramientos. A continuación, establecieron la sharia de forma brutal y aniquilaron todo signo de decadencia occidental, como cortarse el pelo o llevar ropa sensual.
 
El muftí de Jerusalén llegó a reclutar musulmanes para las SS.En nombre de un ideal puro, el comunismo y el islamismo se decidían a cambiar el mundo. En el papel, todo parecía perfecto. El amor y la solidaridad primarían entre los hombres. No habría guerras. En suma, un vergel hecho realidad. Sin embargo, el derramamiento de sangre fue espectacular.
 
El sino totalitario también tomó otras sendas que, curiosamente, sirvieron como fuente de sabiduría para los yihadistas: el nazismo. De ahí que antiguos miembros de las SS nombraran hijo predilecto a Ben Laden hace un par de años. No fue casual. Ni que el gran muftí de Jerusalén, familiar de Arafat, fuera íntimo de Hitler.
 
En el fondo de estas llamadas al sacrificio humano late una sed de heroísmo que no ofrece una sociedad como la occidental, donde prima la libertad y la tolerancia. Para algunos, ese tipo de vida tranquila no era suficiente. Necesitaban una idea por la que luchar y a la que dedicar sus tristes vidas. Sólo con ello resurgirían y harían despertar a los drogados por el opio materialista.
 
Un buen ejemplo de esta visión del mundo lo encontramos en el egipcio Sayid Qutb (1906-1966), activista de la Hermandad Musulmana. Para Qutb, "desde el decadente El Cairo hasta el bárbaro Nueva York" se hallaban "sumidos en un estado" de "codicia, conducta inmoral, desigualdad y opresión política". Ante tal situación, sólo cabía, a su juicio, gobernar el planeta por las leyes de Dios. Como apuntan los autores de este libro, "la oportunidad de morir en una guerra santa permitiría a los hombres superar las ambiciones egoístas y también a los opresores corruptos".
 
El wahabismo, doctrina musulmana de Muhammad Ibn Abd al-Wahhab e Ibn Saud, también sirve como botón de muestra, puesto que es la corriente del Islam imperante en Arabia Saudí y de la que bebe Ben Laden. El objetivo de esta variante de la religión de Mahoma era establecer un Estado coránico para purificar aquel reino. Hoy este país es la cuna de los terroristas islámicos, porque obtienen sus fondos del Gobierno o porque se han criado ahí, como es el caso del líder de las hordas que arrasaron con las Torres Gemelas.
 
Muchos pueden decir que todas estas ideas, que someramente hemos extraído de la obra de Buruma y Margalit, son la reacción lógica al imperialismo occidental y al hambre que padecen buena parte de los países que hoy se han rendido al fanatismo religioso. Pero a todos ellos les conviene leer este libro, porque ninguna de esas causas pseudomarxistas sirven para entender el increíble poso de odio que crece día a día entre quienes quieren destruirnos.
 
Ni todo el dinero del mundo haría que países como Irán, Irak, Palestina o Siria se apartaran del totalitarismo. Da igual las veces que Rodríguez Zapatero ofrezca una "alianza de civilizaciones". Si el aceite y el agua no se pueden mezclar, ¿cómo va a ser posible que nos llevemos bien con nuestros potenciales asesinos?
 
 
Ian Buruma y Avishai Margalit: Occidentalismo. Breve historia del sentimiento antioccidental. Península, 2005. 160 páginas.
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