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ZAPATERO EL ROJO

Cuando todo está permitido

¿En qué piensa, a dos meses de las elecciones, el jefe del Ejecutivo? ¿Cómo entiende la teoría, la política, el gobierno? Son pocos textos los que nos permiten tener una idea aproximada de qué es lo que piensa, y cómo, Rodríguez Zapatero.

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Acudamos en primer lugar al prólogo del libro de Jordi Sevilla De nuevo socialismo (2002), donde Zapatero dejó constancia de qué entiende por teoría política:
Ideología significa "idea lógica" y en política no hay ideas lógicas. Hay ideas sujetas a debate que se aceptan en un proceso deliberativo, pero nunca por la evidencia de una deducción lógica. En política no sirve la lógica, es decir, en el dominio de la organización de la convivencia no resultan válidos ni el método inductivo ni el método deductivo, sino tan sólo la discusión sobre diferentes opciones sin hilo conductor alguno que oriente las premisas y los objetivos; entonces todo es posible y aceptable, dado que carecemos de principios, de valores y de argumentos racionales que nos guíen en la resolución de los problemas.
Ahora pasemos al libro propagandístico Madera de Zapatero, donde nos da una pista sobre qué entiende por reflexión política:
Pues dedico mucho tiempo a pensar. Suelo pensar tranquilamente. Pocas veces con un papel o con un ordenador, porque me encanta retarme a mí mismo con la memoria, esto sí reconozco que es un defecto.
Sobran las risas. Ambos textos nos proporcionan una certeza indudable: la política de Zapatero carece de principios políticos y morales; más aún, parece despreciarlos profundamente. En su discurso, aquéllos son sustituidos por intuiciones, sensaciones, sentimientos. Difiere en esto radicalmente de José María Aznar: éste representa la ética de la responsabilidad y la convicción; aquél, el rechazo explícito de cualquier límite moral a la decisión política del día a día.
 
Fruto de la ausencia de cualquier idea o principio político y moral es una práctica sin límites ni prudencia, sensatez o cordura. Sin ideas lógicas, sin referencias externas, todo está permitido. Y esto es lo que se desprende del libro Zapatero el rojo, de Juan Carlos Escudier y Esther Jaén, pese al intento de éstos de defender lo que sus propias revelaciones hacen indefendible.
 
Lo que caracteriza la vida política de Rodríguez Zapatero es el desprecio explícito y reconocido de cualquier escrúpulo o miramiento en la lucha por lograr el poder o defenderlo. Cree que no ha de rendir cuentas a nada ni a nadie; sólo a sí mismo y a las necesidades del momento.
 
"Lejos de ser simple, la personalidad de Zapatero es bastante complicada, fronteriza con el maquiavelismo. Premia la lealtad, pero la sirve como venganza, en plato frío" (pág. 38). Las primeras víctimas del presidente hay que buscarlas en su propio partido. En el año 2000, cuando asumió el bastón de mando en el PSOE, tras pasarse catorce años sentadito en el Congreso, carecía de proyecto. Pero conocía de sobra los mecanismos de funcionamiento del partido, los clanes, las familias, los equilibrios en cada federación socialista. No le hizo falta un proyecto político para la izquierda; le bastó con manejar con destreza los instrumentos necesarios para acabar con cualquier oposición y recabar apoyos, entre promesas, repartos y chantajes.
 
Esa capacidad despiadada de maniobrar entre los suyos se amplió pronto al resto de españoles: primero durante la guerra de Irak; después, en marzo de 2004; por fin, en el proceso de negociación con ETA, que es donde se pone de manifiesto su rechazo total a cualquier tipo de norma o principio. Lo que Zapatero el rojo cuenta del ascenso del biografiado se acaba reflejando brutalmente en las páginas que relatan los apaños con ETA.
 
En el proceso se refina el recurso a la maniobra subterránea, a las medias verdades, a las traiciones y los engaños. Los contactos de Rodríguez Zapatero con ETA comenzaron bastante antes de 2006, y de 2004. Para cuando el presidente recibe la carta de ETA y se celebra el mitin de Anoeta –supuestos gestos etarras–, las negociaciones estaban ya avanzadísimas (pág. 321). Y desde el principio Zapatero deja todo claro: "Diremos que es cosa tuya y que no sabíamos nada" (pág. 316), le espeta al negociador en previsión de que la cosa salga mal. Y es que allí se discutía de todo: de presos, de autodeterminación, del PP, de Navarra. Con una mano Zapatero firmaba el Pacto Antiterrorista, y con la otra dibujaba con ETA la reconfiguración política de Euskadi. Y eso que aún no era presidente del Gobierno.
 
Zapatero impulsó el proceso a escondidas hasta marzo de 2004, y cuando todo estaba pactado preparó con ETA la puesta en escena ante los españoles. El "proceso de paz" de 2006 no es el inicio, sino la culminación de los tratos con ETA, su punto culminante. La podredumbre de este proceso se huele en las páginas del libro, pese al intento de los autores por disculpar lo que no tiene disculpa, incluido un oscuro episodio del que o ellos o Pérez Rubalcaba deben dar explicaciones:
Antes de la tregua, en una de las últimas reuniones en Txillarde, confirmaron que Rubalcaba, que ya había sustituido a Alonso en la cartera de Interior, velaba por su seguridad. Otegi se dirigía al caserío cuando la Guardia Civil le hizo detener su vehículo. Tras comprobar la identidad de los ocupantes, el guardia civil saludó marcialmente y les instó a seguir adelante; "puede usted continuar, señor Otegi" (pág. 336).
En los datos que sobre la negociación ofrecen Escudier y Jaén se observa con claridad la falta de escrúpulos intelectuales y morales antes citada. Durante meses, Zapatero se dedicó a engañar a los populares, a los socialistas navarros ("Se plantearon varias fórmulas. Una de ellas pasaba por revitalizar Udalbiltza, la asamblea de municipios vasco-navarros, a la que se sumaría el PSE y, presuntamente, los socialistas navarros", se lee en la página 337), a su propio partido. A pactar cómo legalizar Batasuna, a reformar la Constitución y el Estatuto. Todo ello de la mano de ETA, y desde una premisa compartida por Otegi: mantener el secreto del apaño hasta que éste fuese irreversible.
 
Pese a que Zapatero el rojo no cuenta todo sobre el proceso de negociación con ETA –concesión al biografiado–, lo que cuenta acabaría con la carrera de cualquier otro dirigente occidental: mentiras, ocultaciones, tratos furtivos, reuniones clandestinas con asesinos... Bien es cierto que el propio Zapatero los considera, abiertamente, instrumentos válidos, pero sólo el despiste de una sociedad española alienada hasta el tuétano impide que el escándalo sea histórico.
 
En el fondo, negar la existencia de principios políticos y morales ante los que rendir cuentas implica que todo está permitido. Esto es lo que ocurre con el proceso de negociación política con ETA. ¿Por qué no negociar con los torturadores de Miguel Ángel Blanco, con los asesinos de niños, con los que extorsionan a los empresarios? ¿Por qué no dedicarse a perseguirlos en tiempo electoral, o a hacer como que se les persigue? Rodríguez Zapatero, huérfano jubiloso de cualquier referencia política o moral, ve igualmente válido perseguir al terrorista que pactar la reforma territorial con él. Volverlo a perseguir y volver a pactar, si se tercia. No le temblará la mano, ni en un caso ni en otro.
 
La ausencia de principios, reconocida y alentada, no es incompatible con una acción política implacable e inflexible; más bien es su condición. Zapatero el rojo es la plasmación diaria de una verdad política eterna; el desprecio de los principios precipita la acción política en el cinismo y la arbitrariedad, pero sobre todo en la acción despiadada e implacable.
 
 
JUAN CARLOS ESCUDIER Y ESTHER JAÉN: ZAPATERO EL ROJO. Foca (Madrid), 2007, 399 páginas.
 
ÓSCAR ELÍA MAÑÚ, analista del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES).
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