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DOS LIBROS DE (RE)LECTURA OBLIGADA

El archipiélago Orwell de la educación

El archipiélago Orwell es el título de un libro sobre la educación española que se publicó en el año 2001. Su autora, Mercedes Rosúa, catedrática de Lengua y Literatura de enseñanza secundaria, hacía un inteligente juego de palabras con el título de la más conocida obra del escritor ruso Alekxandr Solzhenitsyn, Archipiélago Gulag, y el autor de 1984, George Orwell, para describir las consecuencias que había tenido la implantación, en 1990, de la Logse, elaborada por los primeros gobiernos socialistas de Felipe González.

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Rosúa expresaba en este libro la frustración de toda una generación de profesores que, tras la publicación de la Logse, y a pesar de que mayoritariamente se consideraban de izquierdas, fueron arrollados por una recién llegada tribu de pedagogos, sindicalistas y profesores mediocres que se vieron convertidos en comisarios políticos y guardianes del pensamiento oficial de la reforma socialista, una reforma que quería ir mucho más allá de la adaptación del sistema educativo a los cambios sociales y políticos que se habían producido en España.

1984 fue publicada en junio de 1949. Seis meses después, el 21 de enero de 1950, hace ahora sesenta años, moría su autor. Puede considerarse, pues, esta obra como el testamento de ese escritor de personalidad inaprensible que fue George Orwell.

En un país imaginario, Oceanía, se ha hecho con el poder un partido único, el IngSoc (English Socialism),cuyo jefe supremo, el Gran Hermano, permanece invisible pero siempre vigilante en aras de imponer un régimen totalitario. El instrumento necesario para alcanzar tan perverso fin es un nuevo idioma, la neolengua(Newspeak). "Lo que se pretendía –explica Orwell– era que una vez la neolengua fuera adoptada de una vez por todas y la vieja lengua olvidada, cualquier pensamiento herético, es decir un pensamiento divergente del IngSoc, fuera literalmente impensable, por lo menos en tanto que el pensamiento depende de las palabras".

El protagonista de 1984, Winston Smith, trabaja como funcionario del Ministerio de la Verdad en la elaboración del diccionario de la neolengua. Odiaba al Gran Hermano e intentaba llevar una doble vida con el fin de reservarse una parcela de intimidad, tanto en su vida afectiva como en lo moral o intelectual. O'Brien, un sagaz comisario político del Partido Único, comenzó a desconfiar de él al darse cuenta de que en sus trabajos se deslizaban, con demasiada frecuencia, expresiones prohibidas, propias de la "vieja lengua".

Finalmente, Winston será encarcelado y sometido a un duro y cruel proceso de reeducación, del que se encargará el malvado e inteligente O'Brien. En tu reintegración, dice O'Brien a Winston, debemos pasar por tres etapas: "Primero aprender, luego comprender y, por último, aceptar"(There is learning, there is understanding, and there is acceptance). Lo que el protagonista de 1984 debe comprender, para más tarde aceptar, es que el individuo no vale nada en sí mismo, que el ser humano es derrotado "siempre que está solo, siempre que es libre", y que para alcanzar la inmortalidad ha de "escapar a su propia identidad" y someterse plenamente a la voluntad del Gran Hermano. La inteligencia y el poder de O'Brien terminarán con la resistencia heroica de Smith, que, tras comprender, aceptará con lágrimas su derrota.

El testamento de George Orwell no pudo ser más pesimista: para sobrevivir en una sociedad en la que se ha matado el deseo de pensar, hablar y vivir libremente sólo cabe la rendición. George Orwell creó a Winston Smith y probablemente se identificó con esa lucha tan dolorosa como estéril de su protagonista por conservarse libre en un mundo que no lo es, por conservar su raciocinio y su individualidad en un país que ha renunciado a la libertad de expresión, donde el poder de un Gran Hermano y un poderoso partido de burócratas dirige el trabajo, la vida y la conciencia de una ciudadanía colectivizada.

Orwell, que en 1984 imaginó e ironizó, con una sobrecarga de pesimismo y amargura que se trasluce en todas las páginas de la obra, lo que llegaría a ser el mundo de continuar la ortodoxia política que reinaba en la Inglaterra de 1948, sabía que la colectivización de las conciencias se puede alcanzar con la imposición de un lenguaje apropiado. Para el célebre autor inglés, el régimen del IngSoc necesitaba la neolengua, no sólo para que sus habitantes tuvieran un idioma propio, sino para que, al final, triunfara el pensamiento único.

No pudo estar más acertada Rosúa en la elección del título de su libro. Con la Logse, el mundo educativo, con sus múltiples expertos en educación para la salud, educación medioambiental, educación para la ciudadanía, educación para la paz, educación vial, constituyó una especie de archipiélago con múltiples intereses y pequeños colectivos, en el que, con el fin de lograr una única forma de pensar, se implantó una jerga peculiar que en un principio sirvió para separar a los simpatizantes de los críticos, más tarde permitió identificar y marginar a los heréticos y ahora, veinte años después, podemos decir que ya ha sido definitivamente aceptada.

Aquella jerga que empezó siendo ridícula y sobre la que se escribieron artículos y se hicieron chascarrillos (recuérdese aquel que ironizaba sobre los segmentos de ocio en que se habían convertido los recreos), hoy es imprescindible para que los expertos, burócratas, profesionales y otros miembros del mundo de la educación se entiendan entre sí.

Veinte años después de la imposición de aquella neolengua logsista, no se producen ya transgresiones. A nadie se le ocurre, por ejemplo, volver a llamar asignatura a las asignaturas, sino áreas, materias o módulos. Sólo un ignorante llamaría hoy programa a los programas, porque todo el mundo sabe que currículo tiene un significado mucho más rico y complejo. Sólo un imprudente se atrevería a decir, si es que queda alguien que lo piensa, que la palabra programa es mucho más clara y elocuente a la hora de expresar qué es lo que un alumno debe aprender y un maestro enseñar. Nadie osará llamar guardería a una guardería, pues está universalmente aceptado que escuela infantil es la denominación obligada, por ser más progresista, más social y más educativa.

Si se pide hoy a un experto en temas educativos que escriba algo con un lenguaje que cualquiera pueda entender, el bloqueo es de tal calibre que después de una larga jornada de trabajo entrega dos cuartillas en un galimatías que intenta ser literario pero que resulta indescifrable. La mentalidad gramofónica de la que hablaba Orwell se ha impuesto y los expertos en educación sólo son capaces de producir discos iguales con una sintonía psicopedagógica y burocrática que todos dicen comprender pero que ninguno es capaz de explicar.

George Orwell tuvo el mérito de atreverse a criticar duramente el régimen soviético, por totalitario y liberticida, cuando hacerlo resultaba política e intelectualmente inaceptable. La descripción que hizo de la lucha fracasada de Winston Smith corresponde a los testimonios que, desde la aparición de Archipiélago Gulag, hemos ido conociendo de gentes que vivieron al otro lado del Telón de Acero, en países dominados por el estalinismo soviético. Por otra parte, Orwell fue de los pocos intelectuales de su época que alcanzó a comprender que la imposición de cualquier totalitarismo, de cualquier régimen liberticida, pasa por la colectivización de la sociedad, por la eliminación de todo ciudadano que pretenda reservarse una parcela de individualidad, que pretenda preservar su inteligencia y su afectividad de la imposición del pensamiento único.

Releer 1984 sesenta años después de la muerte de su autor puede servir para recordarnos que no es banal la imposición de una cierta forma de expresión, que a través del lenguaje se puede manipular el pensamiento y que luchar por el derecho a expresarse libremente es combatir por la defensa de la verdad y de la libertad.
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