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LECTURAS

El libro único

Hay en Ginebra, a media ladera de la empinada Grande Rue, un bello y sobrio palacio dieciochesco con gran puerta cochera y patio despejado, donde actualmente se encuentra la Société de Lecture. Ese palacio fue edificado por el arquitecto Billon en 1743 para sede del Residente de Francia, que lo ocupó hasta 1794. Los sucesos revolucionarios de París tuvieron eco en Ginebra, donde se produjo una situación de desorden a la que puso fin, en 1798, la entrada de las tropas francesas.

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Ginebra quedó incorporada a la República Francesa una e indivisible como capital de la Prefectura del Lemán, a cuya sede se destinó el bello edificio que hasta cuatro años antes había ocupado el Residente representante del Rey Cristianísimo y en el que Napoleón dio audiencia la víspera de la batalla de Marengo. Por este gabinete de lectura han pasado muchas celebridades, y creo recordar que Baroja, cuando reunía materiales y observaciones para El mundo es ansí, encontró una papeleta de lector rellenada por su pariente Aviraneta. La Société de Lecture ocupa dos pisos superiores de una de las alas del edificio, y a su entrada, al rematar la ancha escalinata, puede leerse esta frase: Timeo hominem unius libri.
 
Siempre me llamó la atención leer esa frase en pleno corazón de la ciudad de Calvino, y nadie me quita de la cabeza que no pensara en él la persona que la profirió. Pues si en país protestante hay un libro, ése es el Libro por antonomasia, fuera del cual a los fieles, sobre todo en tiempos de Calvino, era peligroso aventurarse. Fue en Alemania, y en un medio luterano, donde oí este chiste: una señora a la que le preguntaron si quería un libro de regalo contestó que no, que ya tenía uno en su casa. Sea como fuere, la frase, aparte de estar en un edificio de la Ilustración, tiene ciertos ecos de Trento.
 
Y esto lo digo menos por Diego Laínez, que dijo aquello de Timeo plebem en alusión a los otros padres conciliares, que por Benito Arias Montano, que en su informe sobre el divorcio en aquel Concilio optó por rebatir a los protestantes en su terreno, en el de su libro único, la Biblia, sin mencionar para nada la doctrina de los Padres de la Iglesia.
 
Por todo lo antedicho, me es imposible decir cuál es el libro que más ha influido en mi vida. A mí, por supuesto, se me puede temer o aborrecer, pero no es ciertamente por ser hombre de un solo libro. Hay libros, desde luego, que me gustaría haber escrito y que releo, pero eso de las relecturas va por temporadas, del mismo modo que en cada época de la vida tiene uno un libro de cabecera distinto. El libro no tiene por qué ser libro; puede ser una revista de cine o un periódico infantil, y los primeros libros que se leen son los que uno hereda de las personas mayores o recibe de ellas como regalo.
 
Así cayeron en mis manos a muy temprana edad libros inolvidables, como Corazón o Cien mil leguas de viaje submarino o Los misterios de la India, libros que, de niño, leí más de una vez. También entonces tenía preferencia por los versos a mi alcance, fábulas dieciochescas en general y, cuando pude leer en francés, que fue muy pronto, la poesía heroica o narrativa del XIX. La colección aquella de Novelas y cuentos, con formato y papel de periódico y portadas de Manolo Prieto, me abrió más ventanas librescas en la niñez, y, puesto a destacar títulos, recuerdo en especial Juanita la Larga, El doncel de don Enrique el Doliente, Bestias, hombres, dioses, Oliverio Twist, Rob Roy, Ivanhoe o Las inquietudes de Shanti Andía.
 
Luego, ya adolescente y con la veleidad de la versificación, pasé sucesivamente por el culto ciego e imitativo de Espronceda, Bécquer y Rubén Darío hasta dar en el de Juan Ramón y Antonio Machado. Cuando aprobé la Reválida conseguí que mi padre me regalara un libro del que ahora está de moda hablar mal: Platero y yo, en aquella edición de tapas azules de Losada con ilustraciones de Norah Borges. Fue para mí el colmo de la felicidad, y aquel verano, el de 1948, que pasé junto al mar, en Portugalete, tuve la revelación de que había pasado de versificador a poeta.
 
Aquel verano, por cierto, leí en inglés Kim, de Kipling, esa gran novela que sólo supe apreciar al releerla muchos años después. Debo decir que por aquel entonces, alumno ya del Instituto Británico, leí en el original Hamlet y Romeo y Julieta. Los comienzos fueron más modestos: lo primero que leí en el idioma de Shakespeare fue Then and now, una novela de Somerset Maugham sobre Maquiavelo que en realidad era una especie de adaptación novelística de La mandrágora. No puedo recordar, en cambio, qué fue lo primero que logré leer en francés.
 
Una vez me preguntaron qué libros me habría gustado escribir, y yo dije que dos: El obispo leproso y El gatopardo. Podría muy bien haber añadido Las inquietudes de Shanti Andía o El mundo es ansí. La novela de Miró me la regaló Fernando Quiñones a mi paso por Madrid, camino de Cambridge. No sé cómo llegó a sus manos ese ejemplar que había pertenecido a Juan Antonio Espinosa, que puso además algunas anotaciones a lápiz en los márgenes. A "Juan Antonio Espinosa" está dedicado el soneto de Alberti 'A un capitán de navío', y tampoco sé por qué nunca se me ocurrió preguntarle quién era a la única persona que me podría haber contestado.
 
Ese libro se sumó a El espectador y a la Farsa y licencia de la Reina Castiza que me había regalado para Reyes una persona para mí muy querida a la que di muy mal pago. Yo creo que esos tres libros, el de Miró, el de Ortega y el de Valle, que me acompañaron siempre desde los tiempos de Cambridge, me influyeron bastante, aunque, en esto de las influencias, las más hondas son las más inconscientes. Algunas, descubiertas muy a toro pasado, fueron las de los Episodios nacionales, que tenía mi tío el médico de Zufre y cuya primera serie me leí un otoño que hube de pasar con un hermano mío en ese pueblo.
 
Es cierto que, a partir de cierta edad, el aficionado a la lectura prefiere releer, pero, cuando la afición es auténtica, también a cierta edad se producen sorpresas que infunden confianza en el porvenir de la literatura. Por un lado están los nuevos valores, y por otro valores ya consagrados a los que llegamos con retraso. Con un retraso enorme he llegado yo a la lectura de El nudo gordiano, de Jünger, ensayo aparecido en 1953, fecha en que la ensayística para mí sólo tenía un país, Francia, una ciudad, París, y un barrio, el Barrio Latino. Me consuelo pensando que, con más retraso aún con respecto a la fecha de su publicación, he leído la Divina Comedia o el Quijote, y no hablemos de la Biblia, ese libro que, si para mí también es único, es por lo que tiene de extraordinario.
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