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BENOIST Y LOS TOTALITARISMOS

Comunismo y nazismo

"Si como actor político el monstruo ha muerto, sigue bien vivo como fenómeno cultural. Cayó el muro de Berlín, pero no en las mentes". Las 192 páginas de Comunismo y nazismo, el ensayo de Alain de Benoist que acaba de editar en castellano Áltera, constituyen un intento de encontrar la explicación a la paradoja que constata Jean François Revel en esas dos frases. La abyecta asimetría que el canon cultural europeo ha impuesto a la hora de fijar un juicio moral sobre las dos ideologías más sanguinarias de la historia de la Humanidad, ése es el tema del libro que nos ocupa.

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Así, desde la primera página, el lector se topa con un esfuerzo de la inteligencia para explicar lo inexplicable; para tratar de romper el cordón sanitario que nuestras factorías del imaginario social han tendido entre la memoria colectiva del comunismo y la verdad. Porque lo que De Benoist persigue aquí es la razón de la absolución ética que disfruta una doctrina, la comunista, que comenzó a matar antes que el nazismo, que mató más que el nazismo y que aún sigue matando hoy, medio siglo después de que desapareciera el nazismo.
 
Se inicia el texto con un inventario exhaustivo de los lugares comunes que quieren establecer una dicotomía moral entre nazismo y comunismo; los que han conseguido extender la percepción antagónica de los dos primos hermanos que sembraron de tumbas el siglo XX europeo. De entrada, pues, De Benoist escruta la producción intelectual que ha logrado ocultar a la vista pública ese vergonzante parentesco; la labor ingente de la ortodoxia dominante por eludir la verdad histórica; por disimular, en palabras de François Rouvillois reseñadas en el libro, que "lo que hace criminal al nazismo no es lo que lo distingue del marxismo, sino muy al contrario lo que comparte con él". Recopila, por tanto, las coartadas que niegan la naturaleza intrínsecamente genocida del marxismo-leninismo, todas esas notas a pie de página que siguen redactando los admiradores de Máximo Gorki a esta frase suya que rescata el autor: "El odio de clase debe ser cultivado como una repulsión orgánica respecto al enemigo en cuanto ser inferior. Mi convicción intima es que el enemigo es realmente un ser inferior, un degenerado en el plano físico, pero también en el moral".
 
Detalle de la portada de COMUNISMO Y NAZISMO.Completado el catálogo de las cataplasmas que cubren la evidencia –que los regímenes comunistas practicaron el crimen masivo no contra sus principios, sino desde ellos–, De Benoist explora la dimensión religiosa del totalitarismo. Ahí, inspirándose más de lo razonable en reflexiones previas de un filósofo que no cita, Françoise Chatelet, aborda otra componente, la mesiánica y milenarista, que comparten ambas ideologías. Si para Hitler la lucha del hombre ario responde a las "leyes eternas de la Naturaleza", en Lenin la autoridad suprema cambia de nombre, se llama Historia, mas responde a idéntica esencia. En ambos casos, la certidumbre teológica de ser parteros de una nueva era. En ambos, la "ciencia", ya social o natural, usurpando el trono del Dios bíblico. En ambos, la promesa del paraíso terrenal en forma de un nuevo orden social por crear. En ambos, la orientación radical, innegociable, hacia lo absoluto. En ambos, en suma, la doctrina política secularizando el espacio de la fe en las almas de los creyentes.
 
A continuación, disecciona con fino bisturí argumental la garra más peligrosa de la bestia bifronte: su carácter absolutamente moderno, en tanto que hija bastarda de la Ilustración. Porque, recuerda De Benoist, fue precisamente la Revolución Francesa la primera que instauró la masacre como corolario ineludible de un enunciado político. Y es que la Modernidad también nace en la región de Vendée: 180.000 hombres, mujeres y niños exterminados por el mero hecho de haber nacido. A partir de ese instante germinal, Lenin y Hitler podrían escuchar a Courthon declarando, el 10 de junio de 1794: "Se trata menos de castigarlos que de aniquilarlos".
 
Un siglo más tarde, Octubre de 1917 significaría la revancha de Robespierre, en la misma medida que la revolución nazi supondría para Alemania su propio "momento jacobino". La movilización total de las masas, la demolición sistemática de la sociedad civil, el universalismo invertido –lo "francés" como sinónimo de "universal"–, el afán obsesivamente centralizador, la concepción prometeica de la nación, el horror institucionalizado, todo eso se gestaría entonces. De ahí que Marcel Cachin, tras asistir al nacimiento de la URSS, declarara con naturalidad: "Un francés no tiene nada que renegar de la revolución rusa, la cual, en sus métodos y en su proceso, reanuda la Revolución Francesa".
 
En suma, libro más que recomendable el de este francés atípico, y que puede alcanzar la calificación de notable con la ayuda del lector. Para otorgarle sin reparos ese grado, bastará con que usted arranque las cuatro páginas del epilogo en las que De Benoist publicita su ignorancia enciclopédica sobre la naturaleza del liberalismo. Porque el liberalismo, lejos del parentesco en tercer grado que el autor pretende endosarle con los dos prejuicios cainitas que ocupan su atención, no es una ideología. Por el contrario, se empeña en mostrarse groseramente empírico, es decir, humano. Y no cabe en la filosofía liberal, contra lo que supone De Benoist, corsé doctrinal que sujete el pensamiento cuando quiere acercarse a la realidad. De ahí su gran, extraordinaria, virtud: no prometer la felicidad a nadie.
 
Salvada esa objeción final, cabe reconocer que la obra contiene una reflexión rigurosa que ayuda a conocer mejor a los principales actores de un tiempo de crímenes e ignominia. Sin ir más lejos, a Santiago Carrillo Solanes.
 
 
Alain de Benoist, Comunismo y nazismo. 25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989), Barcelona, Áltera, 192 páginas.
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