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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

Vida y mentira de Jean-Paul Sartre

"Más valía equivocarse con Sartre que tener razón con Aron" fue, y sigue siendo, uno de los sofismas más oscurantistas de la progresía. Puede verificarse de nuevo estos días, en los que se conmemora el centenario del nacimiento de ambos, lo cual es a todas luces sintomático de la miseria intelectual ambiente. Para seguir combatiendo la obra del paladín de la servidumbre voluntaria al totalitarismo propongo estos fragmentos del prólogo de mi libro Vida y mentira de Jean-Paul Sartre, que, pese a mil dificultades y censuras, logré publicar en 1996 (Nossa y Jara), confiando en que otros comenten la extensa y apasionante obra de uno de los pocos pensadores liberares contemporáneos: Raymond Aron.

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Ningún escritor habrá conocido, durante su vida, tanta fama y ejercido tanto magisterio como Jean-Paul Sartre. Y ello desde tres puntos de vista: fama del escritor, reconocimiento del filósofo y, sobre todo, magisterio del ideólogo, teórico de la revolución y de la rebeldía. La fama y la influencia de Sartre, que se ha extendido prácticamente al mundo entero, tienen dos orígenes: el primero, y probablemente el más importante, es el de sus admiradores incondicionales, a veces fanáticos, que aman sus novelas, su teatro, se entusiasman con sus escritos políticos procomunistas, tercemundistas, antiburgueses. Algunos prefieren este libro a este otro, sus ensayos a su teatro, o viceversa, pero todos le consideran globalmente como un escritor genial y un gran moralista. Una conciencia despierta e intransigente, en un mundo de tinieblas.
 
Pero también los hay, o, mejor dicho, los hubo, que, servidores que se creían de una "causa", utilizaban a Sartre con fines propagandísticos, apreciando más o menos su obra. Y, a menudo, menos que más. Vienen a decir, o han dicho, algo así: "La prueba de que nuestra causa es justa es que incluso Sartre debe reconocerlo". Sartre podía ser un intelectual burgués, un filósofo, un existencialista decadente, pero se vio obligado a reconocer que la causa de la URSS, de las luchas tercermundistas, de las guerrillas latinoamericanas o de la Gran Revolución Cultural china eran justas. Esta utilidad operativa, instrumental, de Sartre, explica en parte su inmensa popularidad. Incluso los que no compartían sus ideas filosóficas ni se entusiasmaban con su obra literaria le citaban como referencia y plebiscitaban su nombre por doquier. La imagen que ha querido dar de sí mismo, imagen de independencia política y de espíritu crítico, se ha cotizado muy alto en la Bolsa de valores progres. Cuando Castro, por ejemplo, declara que la Revolución cubana es socialista y, por lo tanto, justa y necesaria, eso no puede convencer más que a los castristas convencidos. Pero si Sartre, con su prestigio, dice lo mismo, eso convence a muchos más. Se trate de Castro, de Stalin o de Mao, de las diversas pero semejantes experiencias totalitarias del siglo XX, los escritos políticos de Sartre han desempeñado un peculiar papel. En este sentido ha sido más útil al comunismo que los intelectuales comunistas, grises funcionarios, más útil incluso que Louis Althuser, el asesino ilustrado, quien también tuvo su hora de gloria (...). Mucho más útil, claro, que los escribidores del marxismo-leninismo, como Fernando Claudín, Rossanna Rossanda, Lucio Magri y otros Paramios.
 
Las dudas e interrogaciones en la intelectualidad comunista, al haber, si no comenzado, sí cobrado un carácter más grave, poco después de la muerte de Stalin, con la llegada caótica al poder de Jruschov, la insurrección húngara, la disidencia china, el desarrollo de la lucha armada en el Tercer Mundo, etcétera; resultó evidente, para muchos, que ya no podían satisfacerse únicamente con los informes de los Congresos de los diferentes partidos comunistas, ni con sus publicaciones oficiales. Pasaron los tiempos en los que el manual de estética de Jdanov, por ejemplo, era palabra de Evangelio para todos.
 
Ante tanta fe vacilante e inquietud difusa, había dos caminos para no avanzar por la vía de la crítica radical, para permanecer inmersos en el océano del marxismo-leninismo. Había, por un lado, el camino de la búsqueda de una ideología aún más doméstica que el propio estalinismo pero que se las daba de más sediciosa, a la par que su continuación: el maoísmo. Dicho sea de paso, intentar hacer del famoso Libro rojo del pensamiento de Mao Zedong la Biblia, el Corán y la Torá, el nuevo Manifiesto comunista y las Tablas de la Ley, todo a la vez, constituye una de las operaciones de emasculación del pensamiento más portentosas de la Historia, y sin embargo miles y miles de intelectuales –y no sólo comunistas– se han sometido, jubilosos, a tan bárbara negación de la libertad del espíritu, al placer masoquista del sacrificio en aras de un Libro sagrado. Reconozcamos que una "Revolución cultural" que se resume y se identifica con un único libro, compendio de ilustres sandeces, resulta algo así como curioso... Ni siquiera Las cuestiones del leninismo, de Stalin, otra cumbre del dogmatismo contemporáneo, han producido, creo, tal abismo de aberración religiosa entre los fieles.
 
El otro camino, más sutil y, por ello, más peligroso, ya que el delirio maoísta en torno al libro de las revelaciones, por violento que fuera, no podía ser duradero, era el camino de la aparente heterodoxia, el sistema de la duda positiva, la monda del árbol del saber marxista, para que florezcan nuevos brotes. El panorama en este aspecto es más variopinto. Notemos, de paso, en el caso de Althusser, un intento de añadir ciertos aportes del estructuralismo al marxismo-leninismo, con la desaparición del hombre como sujeto de la filosofía. Otros intentos, con o contra el propio Althusser, subrayan el interés de los escritos del "joven Marx"; los hubo también que, ebrios de audacia, se atrevieron a leer e incluso a comentar autores malditos y condenados (asesinados a veces), tales como Trotski o la oficialmente reconocida como miembro de la familia aunque ampliamente censurada Rosa Luxemburgo. Etcétera. En esta marisma, que aún perdura y hasta prospera, Sartre desempeñó un papel esencial. Cosa perfectamente lógica, ya que Sartre jamás fue miembro del Partido Comunista francés, con lo cual demostró una independencia de espíritu portentosa... Pero, al mismo tiempo y a partir del momento en que hizo de la política (o de lo político) su preocupación fundamental, siempre defendió la marcha ineluctable y justa de la Historia hacia el comunismo, permitiéndose el lujo de criticar algunos aspectos de esa marcha triunfal, no para frenarla, sino, al revés, para impulsarla, y de paso situarse él, su personaje histórico, no allá bajo, en el barro, allá donde hay que ensuciarse las manos, sino en lo alto de un monte Sinaí, dictando las nuevas Tablas de la Ley. Con una permanente y peculiar obsesión, que no ha sido suficientemente señalada, a mi modo de ver, ni por sus pocos críticos ni por sus numerosos admiradores: su obsesión por el terror revolucionario como vía obligatoria hacia la "liberación". Y esta idea reaccionaria recorre toda su obra, desde su dramón Las manos sucias hasta una de sus últimas entrevistas políticas, en febrero de 1973, en el mensual Actuel.
 
Es cierto, por otra parte, que la estatua de Sartre, disfrazado de Simón Bolívar, el Libertador, se está resquebrajando y aparecen grietas cada vez más profundas. (...) El problema (...) puede resumirse de manera tan evidente como sencilla: la caída del Muro de Berlín, el derrumbamiento del Imperio totalitario mal llamado "soviético", el simple hecho de que, de pronto, millones y millones de hombres y mujeres se hayan lanzado a la calle gritando: "¡No queremos seguir siendo esclavos!", la rapidez y amplitud con que todo ello ha ocurrido hicieron, finalmente, reflexionar a algunos –no a demasiados–. Pero bueno, la teoría dominante, tanto en Europa Occidental como en América Latina, sin ir más lejos, según la cual el progreso de la Humanidad pasaba obligatoriamente por el marxismo-leninismo y el "marxismo-leninismo" era la URSS y demás países totalitarios, si no se ha venido totalmente abajo, ya no prevalece en los diversos ámbitos intelectuales. Sartre, que formaba parte del paisaje anterior, figura de proa singular de la dominación conformista y dogmática, se ve lógicamente lesionado y maltrecho, debido al hundimiento de los valores y sobre todo de los Estados comunistas. Lo cual enfurece aún a muchos y explica cuán difícil es criticar a Sartre, incluso en nuestros días.
 
(...)
 
Catorce años después de su muerte, Jean-Paul Sartre nunca se ha parecido más a la Josefina de Kafka. Recordad aquella cantante, la más famosa de su época, que en realidad era una ratita, que en realidad no cantaba, sino que emitía extraños sonidos que, en realidad, nadie estaba seguro de haber oído y que, sin embargo, era la cantante más popular y famosa de su época (...).
 
 
Carlos Semprún Maura, Vida y mentira de Jean-Paul Sartre, Madrid, Nossa y Jara Editores, 1996, 378 páginas.
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