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ESPAÑA, 1808

La nación que surgió de la guerra

En las reflexiones sobre la historia de la cultura y de las ideas políticas en la España contemporánea se tiende a obviar a los magníficos hombres de letras que poblaron el país a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Son personajes forjados durante la Ilustración española, o cobijados en ella hasta la revolución liberal, ensombrecidos por la lejanía y la logomaquia que proporciona a algunos la visión del Ochocientos hispano.

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Aquellos pensadores, escritores, propagandistas y políticos no desmerecen, cuando no superan, en espíritu y contenido a los mejores de nuestra contemporaneidad. La recuperación de sus biografías y textos parece un asunto ineludible para un país que insiste en preguntarse quién es cada veinticinco años. Y esto es notable cuando la memoria histórica, mezclando de forma injusta una reivindicación humana con un interés partidista, deja en el imaginario colectivo la impresión de que la historia de España gira en torno a la Segunda República, la Guerra Civil y el general Franco. A esto habría que sumar las negativas interpretaciones sobre la perenne decadencia, la excepcionalidad y la teoría del péndulo que, sostenidas por los dos extremos historiográficos, han dominado la visión que se ha tenido durante el siglo XX de la historia de España. Al contrario, es precisa una interpretación que se aleje, como ha escrito Carmen Iglesias, de la visión de la historia "en blanco y negro, sólo buenos y malos, rojos y azules; [de esa] creencia de que al fin la llegada al poder de un bando permitirá empezar desde cero una nueva era".

En esta línea, es preciso afirmar que la Guerra de la Independencia dio la oportunidad a los liberales formados en la Ilustración española para dar rienda suelta a sus proyectos, dotar de un sentido revolucionario al levantamiento y cambiar el país. Este objetivo les llevó a participar activamente en la vida política. Pronto constataron que no era suficiente influir en el gobierno nacional, la Junta Central, sino que era necesario crear una opinión pública liberal. Y se dedicaron a escribir folletos y periódicos, como el Semanario Patriótico, El Patriota, El Voto de la Nación Española o El Tribuno del Pueblo Español. Además, dieron su visión de la guerra y de la revolución que se estaban produciendo: la nación había iniciado una revolución, que tomó la forma de juntas provinciales, que asumieron la soberanía nacional y crearon un órgano nuevo, la Junta Central, con el objetivo de reunir Cortes y elaborar una Constitución como nuevo marco jurídico para la independencia y la libertad. Insistían todos, por otro lado, en los pilares dogmáticos de la nueva situación: iusnaturalismo, pactismo, separación de poderes y constitucionalismo. Un conjunto, en definitiva, que situaba a España en la vanguardia política europea.

Esos hombres, aquellos liberales de 1808, dieron a la imprenta textos impagables, escritos en plena guerra y hoy de difícil o imposible acceso. La Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad ha recogido algunos de ellos, seleccionados en este libro por Ricardo Martín de la Guardia. La obra comienza con Romero Alpuente y "El grito de la razón al español invencible", que es un típico texto de propaganda: su peculiaridad, ahora, es que aquel aragonés inventó un diálogo en el que Fernando VII hacía alarde de un patriotismo liberal que luego queda palmariamente desmentido. La obra reúne los planteamientos de ese primer liberalismo radical, que con el tiempo convirtió a algunos de sus defensores en obstinados conspiradores.

Fue el caso de Flórez Estrada, que respondió al llamamiento de la Junta Central para el envío de propuestas sobre la reforma de las leyes con una "Constitución para la nación española". Este texto contiene elementos que luego aparecieron en las Cortes de Cádiz por la sencilla razón de que el autor formó parte, en 1808 y 1809 y en Sevilla, del grupo conocido como la Junta Chica, al que pertenecieron Quintana, Blanco White, Antillón y Argüelles, entre otros, siendo este último, como es conocido, uno de los padres de la Constitución de 1812. Pero a todos ellos les cobijó hasta 1810 el ilustrado Jovellanos, que se apoyó en los liberales para contener a quienes representaban "lo más rancio y cerrado de la tradición", como ha escrito García de Cortázar en el prólogo a este libro. Jovellanos dio a la imprenta un texto, recogida su primera parte en esta selección, conocido como Memoria en defensa de la Junta Central, en el que respondió a las críticas que se le hicieron desde el campo reaccionario pero también del liberal –alguno hubo.

Valentín de Foronda, también presente en la recopilación, era embajador español en Estados Unidos en 1808, y desde la lejanía escribió varios textos interesantes, recogidos hace unos años por Ignacio Fernández Sarasola, profesor de la Universidad del País Vasco. En su obra "Apuntes ligeros sobre la nueva Constitución", el alavés Foronda hacía una defensa del liberalismo democrático, aunque con contradicciones al referirse al derecho de propiedad, ya que sostenía que el ciudadano "deberá ceder a la sociedad sus tierras, sus casas, siempre que sea necesario" (p. 46).

Martínez de la Rosa y Alcalá Galiano reflexionaron sobre la revolución liberal en dos textos muy sugerentes, titulados "La revolución actual de España" e "Índole de la revolución de España en 1808", respectivamente. Ambos, tras el desastre del Trienio Liberal, fundaron el partido moderado, concienciados, según ha estudiado Seco Serrano, de la contraposición "entre el espíritu del siglo XVIII, prolongado en los primeros años del XIX, y el que se está definiendo" en el XIX, y de la necesidad de ser ecléctico para "hermanar el orden con la libertad".

La nación quedó representada en las Cortes, una asamblea unicameral que Foronda, en el texto citado, propuso llamar Junta Intérprete de la Voluntad General. Afortunadamente, no le hicieron caso. Era lo correcto, pues así se mantenía la continuidad histórica que Martínez Marina contó en su Teoría de las Cortes, cuyo prólogo recoge este libro. José Antonio Maravall escribió de Martínez Marina: "En rigor, es entre nosotros el primer historiador del pensamiento político". Seguidor de Hooker, Locke, Mariana y Saavedra Fajardo, entre otros, la obra de Marina dio el anclaje histórico preciso a los constituyentes de Cádiz. Como a Argüelles, cuyo "Discurso preliminar a la Constitución de 1812", en el que colaboraron Muñoz Torrero, Pérez de Castro y Ranz Romanillos, es el texto que mejor resume las ideas liberales del periodo, verdadero legado de aquel liberalismo –mucho más que La Pepa.

La necesidad de llevar la Constitución, en espíritu y letra, a todos los rincones del país motivó acciones institucionales, como la propuesta por el catalán Campmany de rebautizar cada plaza del país "Plaza de la Constitución". Además, la propaganda fue muy interesante: en este recopilatorio se recoge una muestra, en una de las fórmulas con más éxito de la primera mitad del XIX español: el catecismo a modo de diálogo. Se trata del "Catecismo político arreglado a la Constitución de la monarquía española", escrito por José Caro Sureda.

"La guerra abrió el paso a la revolución de nación", dice el profesor Portillo Valdés; una revolución en la que los liberales dotaron de contenido político a lo que era una nación "antiguorregimental", una nación de vasallos. Ese cambio, esa transformación irrefrenable, encaminó España hacia la libertad, como nos enseñan los textos recogidos en esta obra.


VVAA: LA NACIÓN SE HIZO CARNE. ESPAÑA, 1808. Espasa Calpe (Madrid), 2009, 369 páginas.
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