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'INTELLECTUALS AND SOCIETY'

Los intelectuales según Sowell

Al poco de publicarse el Intelectuales de Paul Johnson, Thomas Sowell comentó en una entrevista que su próximo libro versaría sobre el mismo tema. "¿En qué se diferenciará?", le preguntaron. "Yo no seré tan benévolo", respondió. Veinte años después, ha cumplido su promesa.

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Han sido muchas las ocasiones en que se ha intentado responder a la pregunta de por qué los intelectuales son mayoritariamente de izquierdas. El más notable intento quizá haya sido el de Robert Nozick en su ensayo "¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo?", que concluía que la causa era la nostalgia de los susodichos por el periodo escolar, donde sus méritos eran recompensados por el profesor, frente al mundo real, que premia a cada uno según el valor que tiene para los demás lo que ofrezca; desgraciadamente para ellos, ser capaz de entender a Wittgenstein no aporta mucho a los demás y no se paga muy bien. Los ojitos derechos de la maestra quieren seguir siendo los mejores de adultos, y como el mercado no los considera como tales, pues apoyan al Estado –grande– que sí lo haga.

Thomas Sowell contesta a esta pregunta de un modo algo más riguroso en su Intellectuals and Society. Empieza definiendo al intelectual como la persona dedicada a trabajar con ideas para la producción de otras ideas. Esto le permite diferenciarlo de los médicos, los ingenieros o la mayoría de los científicos, cuyo trabajo no ofrece como resultado algo meramente abstracto, sino una aplicación de las ideas al mundo real, así como de los actores, los escritores de ficción y artistas de todo tipo, que tampoco puede decirse que trabajen con ideas.

Esta definición le permite estudiar el esquema de incentivos a los que está sometida una ocupación así y averiguar por qué piensan los intelectuales como piensan. Así, la principal y radical diferencia entre los intelectuales y quienes trabajan con su intelecto en el mundo real es que estos últimos están sujetos al escrutinio de fuentes externas: si un puente se cae, da lo mismo lo interesantes o novedosas que fueran las ideas del arquitecto, porque está claro que no funcionaron. Sin embargo, las ideas de los intelectuales solo están sujetas al escrutinio de sus pares. El valor de la obra de un deconstruccionista siempre será medido por otro deconstruccionista, que tendrá en cuenta, por ejemplo, si es novedosa, elegante u original, pero no habrá una prueba externa que la valide. Y cuando alguien de fuera como Alan Sokal los pone en ridículo... pues no pasa nada: ni se retractan, ni pagan las consecuencias en términos de prestigio.

Los intelectuales han hecho de la necesidad virtud, acuñando conceptos como autonomía universitaria o libertad de cátedra, que convierten la impunidad en un derecho inalienable: para lo malo, no son responsables de nada de lo que digan o escriban. Sus equivocaciones no les impiden tener carreras exitosas. Sartre volvió de Alemania en 1939 diciendo que no había nada que temer de los nazis, y Ehrlich aseguró hace 40 años que a estas alturas de la película estaríamos todos muertos de hambre; pues bien, los dos prosiguieron con su trabajo como intelectuales como si nada.

Sowell retoma el trabajo de Hayek sobre el conocimiento –así como su propia teoría de las visiones– para recalcar que los intelectuales tienden a dar una importancia sobredimensionada al conocimiento especializado que poseen y a despreciar el conocimiento mundano y no articulado, por más importante que este sea para la toma de decisiones correctas en el mundo real. Al fin y al cabo, ellos valoran y son valorados de acuerdo con su superior conocimiento específico. Esta actitud los lleva a cometer errores, por los que no pagan el menor precio.

Un ejemplo reciente es el caso de los jugadores de lacrosse de la Universidad de Duke acusados en 2006 de violación. Sorprendió la rapidez con la que Sowell empezó a dudar de la versión de la supuesta violada, en contra de lo que afirmaba la práctica totalidad de los medios, por no hablar de los propios profesores de Duke, que hasta firmaron un manifiesto de condena. La razón de aquella parcialidad era clara: ellos eran blancos y ricos y ella era negra y pobre; aquello era perfecto, tenían casi todas las cruzadas habituales de la progresía en un solo suceso. Así que la condena fue unánime, o casi: quienes más los conocían dudaron siempre, entre ellos el equipo femenino de lacrosse, especialmente sus integrantes de raza negra, que no dudaron en defender a los acusados. Los medios las llamaron estúpidas, ignorantes, idiotas: gente que vivía a centenares o miles de kilómetros de distancia del lugar donde acontecieron los hechos estaba segura de que los acusados eran culpables merced a su raza y clase social... y a las ideas comunes entre los intelectuales. Resultó que Sowell tenía razón, porque hizo más caso a quienes tenían más conocimiento real de los hechos.

Intellectuals and Society es un buen libro para diseccionar las actitudes de esta alegre muchachada... pero no más que el resto de los textos que ha escrito Sowell para exponer y explicar su teoría de las visiones. Su definición de intelectuales es correcta, y las actitudes que atribuye a la mayoría de ellos, bien reales; ahora bien, su teoría tiene algún que otro punto débil. Así, por ejemplo, reconoce que muchos intelectuales que sobresalen en sus propios campos, como Bertrand Russell en las matemáticas o Chomsky en la lingüística, caen en el error de considerar que su conocimiento en esas áreas les concede una capacidad especial en materias como la política o la economía. Sowell cree que rara vez sucede lo mismo con otro tipo de genios, como "grandes maestros de ajedrez o prodigios musicales". Y sin embargo se deja fuera al artisteo, a todos esos cantantes y actores que compran y regurgitan la mercancía de los intelectuales como si supieran de qué hablan.

Quienes admiramos a Sowell disfrutaremos de este libro, tan repleto de ejemplos y sabiduría como todos los suyos. Pero quienes no conozcan su obra posiblemente harían mejor por empezar por otros, como Conflicto de visiones o The vision of the anointed.

 

THOMAS SOWELL: INTELLECTUALS AND SOCIETY. Basic Books (Nueva York), 416 páginas.

DANIEL RODRÍGUEZ HERRERA, subdirector de LIBERTAD DIGITAL.

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