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El 18 de julio y la redirección del odio

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Ayer, 18 de julio, fue el aniversario de un hecho poco conocido de la historia de Madrid: la matanza de religiosos de 1834.

La noche del 17 al 18 de julio de aquel año, una turba (entre la que había miembros de la propia Guardia Real) asaltó varios conventos de la capital, asesinando a más de 70 frailes e hiriendo a muchos otros. El pretexto para el asalto fueron los rumores de que la epidemia de cólera, que había llegado a Madrid el mes anterior, era debida a que los religiosos habían envenenado las fuentes públicas.

El episodio es similar a muchos otros ocurridos por toda Europa, antes y después. Por ejemplo las matanzas de judíos de 1348 en Alemania y otros países europeos, con el pretexto de que la epidemia de peste se debía a que los judíos envenenaban las fuentes. O las matanzas de judíos, por el mismo motivo, en agosto de 1391 en Barcelona.

Cuando la gente ignora la causa de sus males, resulta fácil manipularla buscando chivos expiatorios hacia los que redirigir el odio. Y ese es un recurso especialmente útil para los gobernantes en apuros. La matanza de religiosos de 1834 en Madrid se produce en un momento en que el Gobierno y la Corona se encontraban especialmente débiles, en plena regencia de María Cristina y con los carlistas alzados en armas. Igual que la matanza de judíos de Barcelona en 1391 tiene lugar en unas fechas en que el resentimiento de las clases populares contra la nobleza había alcanzado un punto explosivo. La redirección del odio permite que las masas descarguen su ira sobre el chivo expiatorio, reduciendo la presión sobre los gobernantes y las oligarquías.

Hoy en día sabemos que ni el cólera ni la peste se producen por envenenamiento. A cambio, siguen existiendo lagunas de conocimiento que permiten explotar la ignorancia de la gente. Si ni los propios economistas son capaces de ponerse de acuerdo, ¿cómo esperar que la gente de la calle entienda a qué se debe tal o cual crisis económica? ¿Cómo esperar que los simples mortales comprendamos la razón última de que hayamos perdido el trabajo o nos hayan quitado la casa?

Es normal, por tanto, que unas cuantas consignas bien esgrimidas puedan dirigir el odio de los damnificados hacia cualquier chivo expiatorio que se elija. ¿Que las cosas van mal? Es culpa de los mercados, que nadie sabe qué son. O de los comunistas, que tienen cuernos y rabo. O del neoliberalismo, que suena muy malévolo. O de la casta, que es muy corrupta. O de España, que nos roba. O del imperialismo yanqui, siempre al acecho. O de los populistas, amantes de la sangre y de la revolución. O de los alemanes, nostálgicos de su pasado nazi. O de los frailes, tan homófobos ellos. O de los musulmanes, que quieren matar a todos los infieles. O de los inmigrantes, que nos roban el trabajo.

Cuando las realidades son complejas, es necesario recurrir a simplificaciones para comprenderlas y transmitirlas. Pero todos, y yo el primero, tendemos a sobrepasar las líneas rojas en esa labor de simplificación y terminamos cayendo en la consigna hueca, aunque eficaz. Deberíamos cuidarnos muy mucho de cruzar las líneas rojas demasiado, o demasiado a menudo.

Pero existe una diferencia fundamental entre la consigna por simplificación y la consigna por interés. La consigna por simplificación (la del que está convencido de que los frailes son malos y cree sinceramente que serían capaces de envenenar los pozos) puede llegar a ser destructiva y criminal, pero al menos es sincera. Por el contrario, la consigna por interés (la del que sabe que los frailes no envenenan los pozos, pero ve la ocasión de redirigir el odio de la gente) es, además de destructiva y criminal, doblemente canalla. Porque el que la difunde es el verdadero responsable de al menos una parte de los males que aquejan a la gente y trata de eludir sus responsabilidades derivándolas hacia el chivo expiatorio.

La próxima vez que alguien les señale un culpable, pregúntense dos cosas. La primera es: "¿Tiene este hombre algún argumento racional que añadir a la consigna?". Si no existe un mínimo atisbo de racionalidad en la consigna, no permitan ustedes que nadie les manipule, jugando con sus emociones.

Pero la segunda pregunta es la más importante: "¿Tiene alguien algún interés en que yo vuelque mi malestar sobre un chivo expiatorio?". Si la respuesta es sí, entonces no dejen ustedes que nadie se vaya de rositas por el sencillo procedimiento de redirigir el odio de la gente hacia otros.

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