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La urna de los idiotas

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Resulta enfermiza la manera en que muchos, al interpretar los resultados electorales, tratan a los electores como si fueran tontos de baba, incapaces de decidir qué es lo que les conviene o qué es lo que prefieren.

Imaginen a dos fabricantes de lavadoras compitiendo por obtener la mayor cuota de mercado. E imaginen que uno de ellos consigue arrasar a su rival. ¿Qué opinarían Vds si el perdedor dijera “los compradores se han equivocado al elegir”? Por definición, en un mercado libre, los compradores no se equivocan nunca: cada persona compra lo que le da la gana. Te pueden engañar, pero salvo ese supuesto de publicidad engañosa, el comprador siempre adquiere lo que le place. E incluso cuando existe publicidad engañosa, no es el comprador el que se está equivocando, sino que es el vendedor el que está cometiendo una estafa. Sólo hay una persona en el mundo que sepa lo que quiere comprar cada persona: el propio comprador.

Los ciudadanos toman todos los días decenas de decisiones de compra, mirando siempre por su bien, por su felicidad y por su propio bolsillo. Y a nadie se le ocurriría poner en duda su capacidad de decisión.

¿Por qué, entonces, hay gente que se atreve a poner en duda la capacidad de las personas a la hora de decidir qué gobierno prefieren? Cuando alguien afirma que los electores se han equivocado, está comportándose como ese fabricante de lavadoras que achaca su fracaso a que los compradores son idiotas. ¡No, hombre! El idiota será Vd, que teniendo una lavadora mejor no ha sabido explicar sus ventajas. O a lo mejor es que lo que está Vd ofreciendo sólo le parece una buena lavadora a Vd, porque el resto del mundo percibe que, en realidad, es una mierda.

En democracia, como en un mercado libre, los electores no se equivocan nunca, por definición de democracia: eligen, de entre todas las opciones, aquella que consideran más conveniente, mirando siempre por su bien, por su felicidad y por su propio bolsillo. Hay gente que parece no entender que la democracia NO consiste en elegir entre todos el mejor gobierno, porque no existe una definición única de qué significa la palabra “mejor” en ese contexto. La democracia consiste, simplemente, en elegir al gobierno preferido por una mayoría.

Y si a alguien no le votan, ese alguien tendrá que hacer examen de conciencia y pensar por qué no le votan. Pero lo que no puede nunca es poner en duda la capacidad de elegir del votante, ni descargar en éste la responsabilidad de su propio fracaso.

Tomemos el asunto de los populismos. “¡Es que los populistas son unos demagogos, que aprovechan el malestar de la gente para satisfacer su ansia de poder!”. Sí, ¿y qué? Si pueden aprovechar el malestar de la gente, es porque ese malestar existe. ¿Qué ha hecho Vd. para eliminar o atenuar ese malestar? ¿Se ha preocupado Vd. de averiguar qué le molesta a la gente, y corregirlo? ¿O simplemente le ha ofrecido a los votantes más de lo mismo, porque en realidad le importa un pepino lo que los votantes sufran o dejen de sufrir? Si Vd. pierde ante los populistas, el problema no es que la gente sea idiota, sino que Vd. la lleva tratando mucho tiempo como si fuera idiota. Y el aguante de la gente tiene un límite.

Y no me cuente el rollo de que el populismo no es sino publicidad engañosa, porque ya me lo sé. Sí, muchos populistas son simples estafadores, que venden humo a la gente y la engañan con promesas irrealizables. Pero incluso en ese caso, el tonto no sería el votante, sino de nuevo Vd. ¿No está tan claro, no resulta tan evidente, que esas promesas de su rival populista son puro humo? Entonces, si está tan claro, ¿cómo es posible que Vd., que es tan listo, no haya sido capaz de hacérselo ver a la gente? ¿O es que en realidad no resulta tan evidente que sean humo?

¿Y si el problema está, en realidad, en otra parte? ¿Se le ha ocurrido a Vd. plantearse que a lo mejor la gente es perfectamente consciente de que el populista es un vendedor de humo… y que no le importa? A lo mejor resulta que la gente sabe a la perfección que el populista está mintiendo cuando dice que su lavadora admite 15 kilos de ropa, porque en realidad solo entran 3. Pero a pesar de todo prefiere la lavadora populista, porque al menos lava, mientras que lo que Vd ofrece es una lavadora que carece de toma de corriente.

O peor aún: ¿se le ha ocurrido a Vd. pensar que la gente sabe a la perfección que el populista es un completo estafador y que, a pesar de ello, le votan simplemente porque a quien no aguantan es a Vd.? ¿Se le ha ocurrido pensar que a lo mejor la gente no olvida cómo Vd. les humilló la última vez que entraron en su tienda a ver una lavadora? ¿Se le ha ocurrido pensar que a lo mejor la gente está harta de que Vd. se considere más listo que ella y no soporta su soberbia, y que por eso prefiere comprar una lavadora peor, aunque solo sea por la felicidad de ver la cara de bobo que se le queda a Vd. al perder esa venta que daba por segura?

La gente no se equivoca en democracia. Por definición. Quienes se equivocan son los que se muestran incapaces de convencer a la gente. Y los últimos grandes fiascos en materia de voto popular (Brexit, referéndum colombiano, presidencia de Estados Unidos) tienen, todos ellos, un rasgo en común: la gente ha utilizado su voto para darle una patada en el trasero a tanto prepotente soberbio que mira a la gente por encima del hombro.

El mundo ha cambiado. Cada votante individual tiene hoy mucho más poder, gracias a las redes sociales y a la comunicación móvil, del que nunca ha tenido. Así que permítanme un consejo todos aquellos que se creen más listos que la gente: o tratáis a los electores con respeto y perdéis el culo para averiguar qué les hace felices y dárselo o, si continuáis tratando a la gente como idiota, la gente terminará demostrándoos, con su voto, que los auténticos idiotas sois vosotros.

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